domingo, 11 de septiembre de 2016

Omano ohóvo, se me muere mi lengua materna


Solo aquel que ha vivido muchos años en una sociedad distinta a la suya –y para sobrevivir ha tenido que adaptarse a otra cultura, a otras lenguas, a otras costumbres– sabe lo que es ir perdiendo la lengua materna. Yo creía que la mía viviría conmigo hasta el último día de mi vida, pero me temo que no va a ser. Siento decirlo, también ella me va dejando huérfano. Aún no lo ha hecho del todo, pero he perdido la costumbre de hablarla con agilidad. He olvidado algunos vocablos y he perdido la capacidad de escribir sin mirar el diccionario, como si estuviera redactando en una lengua extranjera.
La semana pasada se celebraba en mi país el “Guarani ára”, el día de la lengua guaraní, que es, junto al español, el idioma oficial del Paraguay.
No hace mucho, al decir que era bilingüe, me preguntaron si yo pensaba en guaraní o en español. Les respondí que la mayor parte del tiempo lo hago en la lengua cervantina. Esto no siempre fue así. Llevo casi nueve años en España, pero llevo fuera de Paraguay más de diez años. Desde el primer momento en que llegué a este país, lo primero que hice fue acercarme a la gente de aquí. No me encerré en mi habitación, con mi lengua. Pese a mi timidez, necesitaba salir fuera y buscar el modo de ganarme la vida. Mi primer jefe era de un pueblo de Grado, y hablaba medio español y medio bable. Y el acento asturiano es, después del aserehe, lo más pegadizo que hay. Enseguida adquirí el acento asturiano. Mi lengua materna, el guaraní, el que acaparaba mi vocabulario personal, se fue apagando poco a poco como una fogata al que le falta oxígeno. No la usaba mucho.
Hace cuatro años mi pensamiento empezó a producirse casi solo en español. Antes, cuando iba caminando solo al trabajo o paseando por la ciudad o el parque, solía ir murmurando en guaraní. Ahora lo hago en español y no me doy cuenta. Para colmo, hasta me enfado en castellano. Y como los españoles, suelo decir “tacos” o palabrotas en castellano.
Estoy seguro que la gente que nunca ha vivido fuera del Paraguay no entenderán la situación de los que estamos viviendo en el extranjero. Te empiezan a criticar y a tachar de “kupera” si por si acaso tienes acento argentino, o dices las coletillas que usan los argentinos, como “viste?”, “boludo” y cosas así. O si como en mi caso dices, al igual que los españoles, “mola un montón”, “hala”, “si, ho”, “cojones”, “Ye verdad”, o simplemente pronuncias un poco más la zeta, tus paisanos te empezarán a mirar raro y a refunfuñar como si fueras un extraño. Y es que acaso ya eres un extraño para ellos. Ay amigo, se ríe de las heridas quien no las ha sufrido jamás.
Con tal de intentar evitar sentirme un extranjero en mi tierra, lo que hago es hablar en guaraní, aunque ya lo hable mal. ¡Y yo que era tan guarango! Y aun así te critican y para colmo, lo hace gente que nunca habla en guaraní.
Muchos no entienden que quienes nos vemos obligados a salir fuera de casa tenemos que aprender diferentes formas de hablar para adaptarnos a otras culturas. Eso nos facilita la convivencia con las personas con las que convivimos habitualmente. Y no es cosa fácil dejar aquello a lo que estamos acostumbrados. Se necesita esfuerzo, romper barreras. Nos adaptamos a una sociedad para que en ella nos adopten como uno más, aunque corramos el riesgo de perder algo nuestro, como la lengua materna. Lo ideal sería aprender la lengua nueva pero sin dejar de mejorar la propia.  
La lengua no conoce de patriotismo, no tiene fronteras. No podemos imponerle barderas, ni razas. La lengua es una herramienta de comunicación y aceptarla no es cuestión de elegir o no. Es una necesidad sobre todo. La lengua sobrevive gracias a los hablantes. Y cuando mayor es el grupo de hablantes de una lengua determinada, esta sobrevive mejor. Al contrario, aunque sea tu lengua materna, la lengua de tus sentimientos primeros, si no te tiene quien la hable, quien la enseña, muere lentamente. Los hablantes somos lo primero en sentir cómo agoniza, cómo se apaga. Muere de soledad y de silencio. Dirán algunos que podemos reanimarla escuchando polka paraguaya todos los días, hablándola en casa, si es que tienes con quien, o leyendo libros escritos en guaraní. Que ocurra esto último es más difícil todavía. La lectura de libros, y menos aún si están escritos en lengua guaraní, no es nuestro fuerte. Para colmo, algunos paraguayos ni siquiera pueden oír a alguien hablar en guaraní.    
Si realmente queremos que la lengua materna de muchos paraguayos no agonice, si queremos evitar que muera rápido, tendríamos que hacer, los hablantes y el Paraguay en este caso, mucho esfuerzo e inversión. Como hicieron, por ejemplo, en los años sesenta los exiliados españoles: fundar una escuela en el país anfitrión (Francia o Alemania) para que los hijos aprendan la lengua de sus padres. Ellos sabían que no era suficiente con hablarlo en casa, si es que al menos lo hacen. Pero todos sabemos que abrir una escuela de guaraní es un proyecto casi utópico.
Cada día que pasamos fuera de nuestro país la hablamos menos y nos vamos olvidando de su abecedario, de su tono, de su música… Afortunados los que estáis en Paraguay y podéis conversar en guaraní, aprender en guaraní, escribir en guaraní, pensar en guaraní, sentir en guaraní, vivir en…  

 

domingo, 21 de agosto de 2016

Carlos Bazzano en busca de la musa perdida


La poesía es una búsqueda del hombre a sí mismo como también un diálogo consigo mismo. Eso es lo que nos enseña Ñasaindy, cuadernillo de dieciocho poemas (con ilustraciones de Charles Da Ponte) y una muestra de lo más nuevo que ha publicado hasta ahora el poeta paraguayo Carlos Bazzano (Asunción, 1975).
Ñasaindy (vocablo guaraní que significa “luz de luna”) describe el mundo del poeta en dos días. Nos ilustra sobre su hábitat, sus miedos, sus sueños, el transcurrir de su vida en la ciudad. Aborda temas como la muerte, la soledad, el paso del tiempo (véase el esquema del cuaderno dividido en “Noche”, “Mañana”…), el amor, la desesperación ante el vacío y el silencio, etc.
El tema predominante es la soledad, a la que describe como algo visible, palpable, como si fuera de carne y hueso. En el poema “Habitación”, nos dice la soledad que siente ante la ausencia de la amada. A eso parecen aludir las palabras: “silencio”, “sin futuro”. Destaca la omnipresencia del término “silencio” en los poemas, con él sugiere la soledad, la muerte, la ausencia de la inspiración.
En “Tiempo roto”, la soledad lo acompaña en forma de la hija que nunca tuvo su amada y él. Con la hija imaginaria desayuna todas las mañanas. Ella le despierta y le ofrece el día como algo imposible de rechazar. Se levanta porque ha de hacerlo. Bazzano sabe que la “ciudad enferma” le espera fuera. Y todas las mañanas, antes de salir a la calle, busca los ojos amados, las llaves para abrir el día y que entre la luz. Se va a la calle con las manos vacías, va a buscar poesía y vuelve con algunos versos. La realidad es su mina de oro.
La poesía de Bazzano nace de la realidad misma. En el primer poema (“Amanece”) nos quiere hacer entender que la realidad es el agua fría con que la Vida nos despierta cada amanecer. La inspiración la busca Bazzano observando el mundo sentado en una plaza y al mismo tiempo se observa a sí mismo dialogando con sus pensamientos.
Debemos destacar el lenguaje llano que utiliza Bazzano, el tono coloquial e íntimo. A veces parece que está susurrando su desesperación. Procura que la poesía se contagie del mundo real, de ahí el lenguaje de la calle.
Pero su poesía es de una sencillez engañosa. No nos dice siempre lo que creemos leer. Debemos detenernos a pensar en lo que nos sugiere cada poema. Por ejemplo, en “Una paloma” la paloma muerta no alude acaso a la paz mundial —aunque tampoco lo podemos descartar—, sino a la paz del hombre que nos escribe estos versos. La paloma simboliza para Bazzano la palabra misma. Yo llegaría a creer que el poeta muchas veces encuentra que el público o “el barrendero” desprecian, no valoran sus versos. Los tiran en la basura porque no saben su valor. ¡Cuántas cosas nos sugieren los poemas de Bazzano! Y es que muchas veces en poesía, lo que leemos es solo la punta del iceberg.
Si hablamos de realidad, no podemos olvidar Asunción, ciudad en la que vive el poeta. Una ciudad no solo estancada en la realidad, sino, como algunos repiten, estancada en el tiempo. En estos poemas, la ciudad respira como un ser humano. Esta le obliga a correr como un caballo sediento, cargando como su conciencia, hasta llegar cansado a casa. Ni siquiera su ciudad lo entiende. Por eso, el poeta se desespera. Se siente incomprendido en su terruño. Se da cuenta de que tampoco él, el poeta, entiende a su ciudad y de que para sobrevivir se ha de guiar por los instintos. La ciudad es una especie de selva donde él es un animal que para salir adelante se guía por el instinto, instinto poético, aquella voz que nace de forma innata desde lo más profundo de su ser.
            En “Oiméneko” (“Quizá”), uno de los poemas en guaraní de Ñasaindy, el poeta parece resignarse ante el paso del tiempo. Sabe que todo es pasajero aunque parezca eterna una enfermedad, el hambre o la alegría. Bazzano se pregunta por eso “Oiméneko sapy’ánte oikarãi mborayhu” (“Quizá solo a veces araña el amor”). Bazzano sabe, como diría Borges, que un idioma, en este caso el guaraní, es “un modo de sentir la realidad”. Por ese motivo usa además su otro idioma, quizá el que más le acerca a la realidad paraguaya.
            El poema “Madrugada”, prosa poética, es uno de los más logrados del libro. Aquí Bazzano, convierte la soledad, mejor dicho, la presencia invisible de la amada en poema (“me hablás, y sé que estoy ante un poema […] te miro poema, me mirás, y te susurro poema”). Quizá era eso lo que tanto buscaba, lo que lo volvía loco: la soledad en la que le deja la musa que al final aparece convertida en un poema. Destaca en estos versos el juego de contrastes: “Tus ojos que no están me observan fijamente […] tus labios que no están se acercan a mis labios […] tu piel que no está eriza mi piel […]”.
Cuando acabamos de leer Ñasaindy, nos queda en la conciencia la sensación de que los dos días que narra el poeta describen la búsqueda de la poesía. Ese era su objetivo. Nos lo dice claramente en “Monólogo”: “Quizá tras los golpes aparezca la poesía, a la vuelta de la esquina, invitando a un abrazo”. La poesía como esperanza, como salida, como camino, como la luz de luna que se extiende sobre nuestra conciencia. La poesía que Carlos Bazzano busca y encuentra como Ñasaindy.
A continuación algunos poemas del cuaderno:

Una paloma

Recuerdo una paloma muerta
aquí en esta plaza
una tarde como hoy
Estuve mirándola
hasta que un barrendero la tomó de un ala
y la arrojó al cesto
de basura
yo era un duro mendrugo de pan
todas las palabras eran una paloma
 

Insomnio

Una vez me casé
No nos casamos ante ningún dios
No nos casamos ante ningún estado
No hicimos promesas vanas
Solo fue un cruce de miradas
Y luego fue difícil no dormir juntos

 

 

viernes, 5 de agosto de 2016

Dios revisa su Facebook


Ayer por la tarde, mientras me sentaba a tomar mi sidra de todos los viernes —es una nueva costumbre que tengo en verano—, en la terraza de un bar, cerca de casa, escuché a una señora y a su marido quejarse de la noticia que está acaparando todos los medios: los ataques terroristas. “Estamos en guerra…Una guerra santa”, repetía la buena señora. El marido cogía unos cacahuetes y los iba metiendo en la boca mientras trataba de oír a su mujer, que buscaba conseguir su aprobación, una señal de que también él estaba asustado o al menos sorprendido por lo que está pasando en Europa y Oriente. Algo musitó el señor para corresponder a la queja de su señora. Yo no diría que sea una guerra santa, pensé. En verdad, ninguna guerra puede ser santa. Enseguida llegó mi amigo Pelayo a acompañarme con la sidra. Bueno, en realidad, a él no le va la sidra, sino la cerveza. Le comento lo que acababa de escuchar. Me dijo que se está  matando a gente en nombre de un Dios y ningún Dios hace nada para defender a las víctimas. Yo lo oía mientras se quejaba. Y es que la sociedad no ha mejorado mucho. Se sigue matando a gente como se hacía ya hace siglos. Ningún Dios dejará lo que está haciendo para resolver los conflictos de los hombres. Siempre encontrará un pretexto para esquivar todo trabajo. Solo trabajó seis días en su vida y después ha decidido descansar por toda la eternidad y dejar que los hombres se maten entre ellos. En ese momento me imaginé a Dios frente a un ordenador gigante, sentando en su sillón de nubes azules, revisando su Facebook, ese mundo virtual en el que podemos ver casi todo lo que pasa. Lo veo moviendo la pantalla táctil. Lo imagino suspirando, aburrido, con desgana, sin poner un “me gusta” o un “Me enfada” o un “me divierte”. Lo imagino riéndose de un video que muestra a uno tropezar contra una farola, intentando atrapar un Pokemon Go. Lo imagino quitándose unas pelusas de nubes que le habían quedado entre los dedos. Lo imagino limpiando los dientes con la punta de un rayo que se ha sacado de entre las blancas barbas. Mientras el mundo se cae a pedazos y las mujeres y los niños corren aterrorizados hacia un naufragio mortal y él revisando su Facebook sin desconectarse nunca, aunque en su estado ponga “No disponible”. Lo imagino sin poner nunca un “Like” o un “Dislike” para saber si nos sigue o no, o simplemente para dar señal de vida.
“No entiendo esa obsesión del hombre por lo inservible”, me dice Pelayo. Y le dicto la frase de Blas de Otero: “De tanto hablarle a Dios, se ha vuelto mudo mi corazón”. Y es verdad, el corazón del hombre no es capaz siquiera de escuchar el llanto de los niños y de las madres. Me pregunto si algún día dejaremos a la religión fuera de nuestras vidas para poder vivir realmente como hermanos, hijos de la misma madre: la madre naturaleza, la única que nos da el sustento y nos cobija antes y después de la vida.   

 

Un autor inédito: Carlos García Llera

Estas vacaciones de verano las estoy aprovechando para ayudar a la catalogación de la correspondencia que José Luis García Martín ha donado a la Biblioteca “Ramón Pérez de Ayala” de Oviedo. Son más de seiscientos corresponsales. Mi labor consiste en sintetizar los datos literarios. En este tipo de trabajo, descubres mucho más de lo que realmente son los escritores. En las cartas se sinceran y dicen lo que piensan sin máscaras. Una oportunidad que estoy aprovechando al máximo. Es un lujo leer, por ejemplo, una carta de Vicente Aleixandre o una de Eugénio de Andrade o de Dionisia García y de tantos otros escritores con los que García Martín ha mantenido correspondencia desde comienzos de los años setenta. Por suerte, cualquier investigador lo podrá hacer ahora. Solo necesitará pedir permiso al bibliotecario para acceder a la sección “Biblioteca José Luis García Martín. Poesía española siglo XX”.
Hay mucho que descubrir en esta correspondencia. De todas las cartas que hasta ahora he leído, la que más me ha llamado la atención, las que más me ha alegrado encontrar lleva la signatura "Mss 232" y está firmada por Carlos García Llera.
En su carta, mecanografiada, de 1996, menciona que había oído el nombre de José Luis García Martín leyendo un artículo de Juan Manuel de Prada. Luego averiguó su dirección y le escribió esta carta, realmente entrañable. El segundo párrafo resume su vida y un sueño conquistado, que podría devolvernos la sonrisa. Dice: “Permítame un brevísimo curriculum vitae: Tengo 86 años. El año pasado aprobé el ingreso a la Universidad para mayores de 25 años y, a continuación, obtuve plaza en la Facultad de Psicología.”  Un fragmento que nos saca sonrisa de la admiración.
Más adelante pide a García Martín algún ejemplar atrasado de la revista Clarín. “Lo recibiría con sumo agrado y aun con el temor de que pueda inducirme a más inertes reflexiones”, escribe. Unas líneas ante citaba a Séneca: “la búsqueda de la verdad deja extenuado al hombre. Y esa es mi frustrante pasión”. Estas palabras me recordaron a Alonso Quijano.
 ¿Quién es este escritor?, pensé. En seguida tecleé en google su nombre. No me aparecía nada. Excepto la referencia a que falleció en 2010. Pero no estoy seguro de que sea la misma persona. Ahora mismo tendría 106 años. En el remite pone que vive en la calle Pepín Rodríguez, de Colloto.
Pero su carta no era la única sorpresa para mí. El sobre guardaba otro papel que contenía unas líneas escritas con mayúsculas. Eran reflexiones, unos aforismos que me recordaron a Rafael Barrett, a Baroja, a Unamuno. Sentí la misma alegría que cuando leí por primera vez los textos del autor de Moralidades actuales.   
Las frases, que seguramente nunca se publicaron, las leí con suma admiración. Sabía que su autor era un sabio, aunque haya esperado 86 años para ir a la universidad. Cito a continuación algunos de los aforismos de García Llera:
“Hay seres que lo único que hacen en su vida es morirse.”
“Cuando el hombre no tiene nada que dar, se queda definitivamente solo.”
“El pueblo solo sirve para aplaudir al paso de las carrozas.”
“No esperes que nadie te eche una mano. Todos las tienen ocupadas en trepar.”  
“Un hombre puede recordar las cosas como fueron y como pudieron haber sido. Lo que no debe es permanecer en el pasado y ser su prisionero.”
“Los viejos nos lamentamos ante el peligro. Los jóvenes, ante las ruinas”.
García Llera había conquistado su sueño de ir la universidad, puede que no fuera su única conquista. Seguramente se trata de un escritor que nunca llegó a publicar nada. Me gustaría salir de la duda. A mí su carta y lo poco que sé de su vida me inspira y emociona. Estas cosas y más podemos encontrar en la biblioteca. Hoy tenemos más tesoros así, esperando que alguien los venga a descubrir: un autor desconocido u olvidado, un poema inédito, una frase que marca la vida de un hombre para siempre. “Al final de la vida no cuenta cuánto se ha soñado, sino cuánto se ha conquistado”.

 

Cristian David López

 

domingo, 31 de julio de 2016

La andanza poética de Edita Rojas

 
Edita Rojas acaba de publicar su primer libro de poemas: El tiempo andariego (Servilibro, Asunción, 2016). Un conjunto de treinta poemas que sirven para demostrar que la literatura paraguaya no nace únicamente en Asunción y sus alrededores, sino que además hay voces que se quieren hacer escuchar y lo hacen poco a poco en otras regiones del país. Es el caso de Edita Rojas, que escribe desde su residencia en Coronel Oviedo (Caaguazú), donde en estos últimos tiempos se está realizando actividades literarias que van encontrando eco por parte del público.
El tiempo andariego tiene dos caras: amor y dolor.
Estos dos temas se van alternando en el libro. Los primeros poemas tienen un tono más optimista y festivo. En “Vida”, Rojas nos dice que ya no mira hacia el pasado. Ha tornado su mirada hacia el horizonte, hacia un mañana incierto pero esperanzador. Sabe que el miedo es el único obstáculo. Aunque este poema canta a la vida, alude también a la muerte: “Si viene un soplo vegetal / para qué encerrar / mi alma”. Lo vegetal es lo perecedero, lo que muere. Para qué esperar lo que va a llegar tarde o temprano.
Al igual que el primer poema, el segundo comienza con un vocativo: Amor. En los versos de este poema se sugiere lo erótico: “En mi huerto / la tierra canta / los surcos liberan sus tristezas / y las noches se agitan”.
En “Llegas”, el acto de amor pasa a ser poesía, inspiración, algo universal. Una declaración que intenta no caer en lo cursi. Edita Rojas sorprende con el arte de saber hilar los versos para no incurrir en lo ya dicho, en lo repetitivo.
A medida que vamos avanzando en el libro, la voz que nos habla, como si ganara confianza, se libera, y el  amor, que antes era pura sugerencia, se vuelve explícito erotismo, se desnuda y expresa el fervor de la carne, como en “Grito” (“y mi cuerpo se extingue sereno / en tu cuerpo”), “La flor de la pasión” (“mi cuerpo se vuelve poderoso / en tu cima”), “Quién eres”…
Hay que destacar la habilidad de Rojas para sugerir ideas mediante metáforas. Sabe que el poeta puede sacarle mucho provecho al arte de sugerir, porque lo que se persigue es que el lector imagine, complete, es decir, que sea un autor más del poema.
Hablando de lo sugerente, las ilustraciones de Américo Piñanez que acompañan los poemas enriquecen cada texto. Como la metáfora en la poesía, la imagen (líneas, curvas, colores, etc.) sugiere un mundo imaginativo muy rico. En este libro, las ilustraciones y los poemas forman una buena combinación. Podríamos suponer que las ilustraciones fueron inspiradas en los poemas, o viceversa.
El amor, como otros temas, tiene muchas raíces. En “Vida, eternidad de un instante”, se resigna a olvidar un amor que no se puede conservar, porque nos dice que a veces amar es liberar a un amor no correspondido. O en “Quién eres?”, en el que resuena la poesía de Bécquer, explica que amar es esperar: “Eres tú?, te conozco acaso? // El que esperaba desde siempre / vestido de lejanía”.
El otro tema fundamental de este libro es el dolor. En “El dolor”, Edita Rojas nos muestra que la presencia constante del sufrimiento, del dolor que queda habitando nuestra memoria, también hiere porque es el dolor del alma. Esta misma idea se expresa en “Dolor”: “Se escucha su alarido / desde el fondo / de la tierra oscura”.
El dolor y el amor se turnan para ocupar la vida. “Brota en la tempestad” expresa que, en ocasiones, el dolor puede desterrar el amor. El dolor que causa el no poder olvidar  en “Cómo crece el dolor”. Al final, tanta lucha por querer vivir tiene a veces sus momentos de renacer, como la que se produce a partir de “Acaso eres”. El ánimo de la poeta se vuelve más optimista. Como dicen los versos finales de este poema: “Un día, perdida en el páramo / me alejé de tu jardín / y hoy vuelvo a ti”, vuelve con un amor más fuerte.
Los temas de El tiempo andariego no cambian mucho. Aunque a veces encontramos poemas escépticos ante la vida y la muerte (como el poema “Hace tiempo”), otros más optimistas, en los que se desea aprovechar el presente. No esperar nada más del futuro, sino vivir el ahora, poner en práctica el carpe diem (“Quiero vivir”), o intentar buscar en el fondo mismo de la vida ese amor que creía muerto (“porque sé que el amor / aún vive palpitante en mi corazón”).
El tema del dolor aparece junto con el de la muerte, cuyo símbolo más claro es el silencio: poemas como “Muere una paloma” y “Una muerte me ronda”. En “De mí brota la sangre”, nos dice que el silencio se va apoderando de su voz, la voz que cantaba a la vida y al amor. Otro tema, unido al de la muerte, es el del paso del tiempo. Ya el mismo título del libro “El tiempo andariego” alude al inevitable paso de los días y las horas. Pero el tiempo también es su aliado. En este poema, por ejemplo, nos dice que le abrió los ojos, le hizo saber que no era correspondida. El tiempo que todo lo arrasa, le curó las heridas y le enseñó a (re)vivir.
Los poemas de este libro están escritos en verso libre, el ritmo de la lectura fluye de manera natural y uno se deja llevar por cada verso hasta el final del libro.
Estoy seguro que El tiempo andariego irá madurando con los años y su autora escribirá más y continuará su andadura literaria y llegará a muchos lectores porque su poesía habla de la vida y de la muerte (y del amor). Unos temas que comparte todo mundo.
 

jueves, 28 de julio de 2016

Palabras sobre el esfuerzo

El día 9 de este mes asistí en Valencia a la Fiesta del Libro y de la Amistad, organizada por Liternauta. He aquí las palabras que dije entonces:
Una de las ventajas de viajar por el mundo es que hoy en día el mundo es pequeño y todos los caminos conducen a casa y en cualquier parte puedes encontrar a gente cercana a ti, a gente a quien le gusta lo que haces. Los paraguayos, aunque no seamos demasiado, nos hemos esparcido por el mundo, como semillas que el país expulsa en el aire. Y con nosotros hemos traído lo nuestro, nuestro idioma, nuestros dos idiomas: el español y el guaraní. Nuestra guarania y nuestra polka, nuestra polka jahe’o y el arpa que siempre cautiva. Nuestras galoperas que con “sus cántaros de amor” nos sacian la sed tan lejos de nuestra tierra. Pero también hemos traído con nosotros lo artesanal, el a’o po’i, que vestimos orgulloso; el Ñandutí, un símbolo que nos une a todos en una red invisible, tejido con las manos de penélopes, que esperan siempre, como en Ítaca, nuestro regreso. Todo esto ofrecemos al mundo. Pero la literatura paraguaya es la que menos llevamos con nosotros. En Paraguay también tenemos buenos artistas en este campo. Tenemos nuestra poesía guaraní. Desde que León Cadogán volvió del monte y nos trajo el Ayvu Rapyta (El Fundamento de la palabra), hemos vuelto a recuperar la verdadera poesía guaraní, la que nace de la misma música, de la misma oración que cantaban los guaraníes a la naturaleza, la que está cargada con bellas sugerencias ancestrales y verdaderas y originales metáforas. La poesía guaraní ha renacido y quiere fortalecerse. Pero necesita voz, necesita lectores. Ñamoñe’eva’era jaha jahápe ñane ñe’ê. Nosotros debemos ser los divulgadores de nuestra literatura, los mejores conocedores a ser posible. Debemos esforzarnos. Si no nos gusta la literatura, intentemos aprender nuestro idioma. Jareko ko’ape Luisa Pereira-pe ñanembo’ehagua.
En estos días estuve releyendo el libro ¿Para qué sirve realmente la Ética?, de Adela Cortina (Paidós, 2013). Un libro fundamental en estos tiempos de disturbio y malestar sociológico. Os lo recomiendo. Una de las ideas que más me ha llamado la atención y me ha hecho pensar dice: «Tampoco está de más aprender a hablar y escribir para poder expresar lo que se lleva dentro, no sea que en la vida corriente acabemos diciendo como en la escuela “me lo sé pero no lo sé decir”» (pág. pág. 102). Adela Cortina se refería a los distintos tipos de libertades que ha conquistado el ser humano. Estoy completamente de acuerdo con ella, la ignorancia, el analfabetismo son una forma terrible de opresión. No saber escribir, no saber expresar lo que uno piensa, lo que uno lleva dentro (sus ideas, sus emociones, sus malestares) es una forma de cárcel. Es como si tuviéramos la boca cosida y las manos del pensamiento atadas. La incapacidad de expresión afecta a todos los niveles sociales, pero en especial a la clase más pobre. Adela Cortina explica que esta especie de parálisis expresiva no se “debe a una incapacidad genética, sino a falta de esfuerzo”.
Muchos no tendremos la suerte de nacer en una cuna con la vida y el futuro resueltos, no hemos ido a buenas escuelas, si es que al menos hemos podido ir a la escuela. Pero tenemos la suerte hoy de estar en un país que nos puede ofrecer muchas posibilidades para mejorar. Eso debería motivarnos para mejorar nuestro nivel de vida, nuestra formación. Como dice, Adela Cortina, la libertad se conquista. La facultad de poder hablar y escribir correctamente es la base de la libertad de expresión, por tanto, de la literatura.
En nuestro país. tenemos la suerte de poder expresarnos en dos idiomas: el guaraní y el español. Tenemos así más posibilidades. Pero eso nos exige también un esfuerzo extra para mejorar nuestra expresión, tanto en lo hablado como en lo escrito. Debemos exigirnos aprender bien tanto el español como el guaraní, para poder expresar a todo el mundo lo que somos, lo que pensamos, etc. Así nos entenderán mejor y nos conocerán mejor. Y que nadie me diga que con el guaraní no podemos expresar las ideas más nobles y científicas. Como el español, el guaraní es una lengua viva, capaz de adaptarse, de evolucionar a la par que nuestra sociedad y con la cual podemos expresar lo inexpresable. La poesía más bella resuena en este idioma.
De ahí la importancia de la lectura. Que no digan de nosotros que somos tímidos, porque somos sociables, solo que muchos no podemos expresarnos bien. Y no hace falta ser escritor para saber escribir bien, ni ser político para saber hablar bien. A nuestra gente todavía le falta un poco para conquistar una de las libertades de la que hablaba Adela Cortina en su libro: la libertad de expresión. Por eso debemos esforzarnos en aprender bien nuestros dos idiomas.
Queridos amigos y amigas, hoy me siento feliz de estar aquí. Creo que en esta vida he aprendido que el trabajo es el secreto para conseguir los sueños. Bueno, trabajo y un poco de inteligencia y buena organización y un poco, solo un poco, de suerte. Y que las decisiones que uno toma en la vida pueden marcarlo todo. Por eso es bueno tener presente qué es lo que uno quiere ser el día de mañana. Los sueños crecen en secreto, poco a poco, y como las gotas de agua que caen en un vaso, nos van llenando. Yo soñaba de pequeño con leer libros, y hoy leo un montón de libros, tengo una biblioteca en el barrio donde vivo, a doscientos metros de mi casa. Y creo que estoy aprendiendo a escribir. Puede que un día escriba un gran poema, o un gran relato. Ojalá. Otro de mis sueños era ir a la universidad. Para mí era el sueño más imposible de todos. Pero hoy estoy acabando una carrera. Yo soñaba con conocer Valencia algún día. Ahora mismo estoy en el corazón mismo de Valencia con personas que me hacen sentir feliz. Los sueños son importantes en ese sentido, porque nos guían. Pero vuelvo a reiterar, el esfuerzo es la base de todo. Muchas gracias.

domingo, 24 de julio de 2016

Un cuentero paraguayo: Marco Flecha Torres


            Oriundo de Tacuati (Paraguay), Marco Flecha Torres debuta con su primer libro Chorritos (Cospel, Resistencia, Argentina), un volumen de catorce microrrelatos. 
La historia de Marco Flecha Torres es también la historia de muchos niños paraguayos, niños que crecieron al calor de las historias que les contaba el abuelo, la abuela (como en el relato “Superstición”) o viajeros sedientos que recorren de a pie todo el país, buscando ese algo que nunca encuentran y cuentan historias a cambio de un vaso de agua. El autor nos explica todo eso en el prólogo al libro: “Me hice comunicador, animador y sobre todo cuentero. Y contando cuentos llegué a Sevilla a seguir transitando por estas geografías de la ficción y la realidad…” (pág. 9). Nada más leerlo nos damos cuenta de que el autor parece realmente un personaje más de la literatura. Su biografía también es una historia apasionante y merece ser contada y escrita.
Con los relatos de este breve libro, descubrimos a un autor que al parecer no solo es bueno en la narración oral; también descubrimos a un escritor que tiene madera de narrador, que ha leído y vivido mucho.
Marco Flecha Torres, como una especie de rapsoda, bebe del origen mismo de la literatura, de la oralidad. Y como un verdadero cuentero ha viajado por el mundo, como los sedientos caminantes que recorrían todo el Paraguay. Marco Flecha Torres ha tenido el mismo destino. Solo que él parece saber lo que está buscando, que es deleitar al oyente. En este caso, al lector que no puede asistir a los encuentros que organiza. Justamente en el mes de agosto volverá a Paraguay y pasará también por Argentina para seguir contando cuentos.
Un detalle que quiero anotar antes de seguir. En Paraguay, el término “cuentero” (como en España “cuentista”) tiene connotaciones peyorativas, se dice de la persona chismosa. Pero Marco Flecha Torres es un cuentero en el buen sentido de la palabra, claro está.  
Algunos de los relatos que componen Chorritos (Un gotero de relatos) hablan de la emigración, como “Ostracismo” y “Los oficios de la vida”. Contados con un tono irónico, a veces anecdótico, podemos ver en ellos una crítica a la sociedad.
Unos de los personajes muy recurrentes de la literatura paraguaya es sin duda Alfredo Stroessner, que aparece muchas veces como villano, por más que tome otra apariencia, como la del Doctor Francia, en Yo el Supremo. En el relato “El gran cartel”, de Flecha Torres, se hace hincapié en la influencia de Stroessner que aún existe en la sociedad paraguaya, sobre todo en lo político. Lo que este relato nos quiere decir es que la sombra del dictador es alargada y sigue oscureciendo el rostro del país. El pueblo no ha podido liberarse por completo de sus tentáculos. Se hace referencia a la destrucción de aldeas para construir sojales: el tema de la soja suele estar relacionado con la figura del dictador, o al menos con los que siguen hoy en día su política. Lo cierto es que Flecha Torres demuestra que se preocupa ante todo por los temas sociales. De ahí que en muchos de sus relatos se inspire en cuestiones que aquejan a la sociedad desfavorecida, de ahí que a veces su literatura parezca anecdótica. Pero su relato solo es la punta de iceberg de lo que nos quiere decir. Su mirada objetiva va más allá de lo acontecido. Tiene un trasfondo histórico muchas veces, como el caso de “El gran cartel”.
En mi opinión, los relatos más cortos de este libro son los más logrados; los que más nos sugieren y nos hacen pensar e imaginar. El autor pretende que el lector complete la historia, quiere que nosotros también participemos. Destaco, por ejemplo, “Aleteos”, un relato con un final que da sentido y encaja y se une con el principio del relato. Léanlo ustedes mismo:

“Cruzaron mariposas negra sobre nuestras cabezas. Cientos, miles iban aleteando, como si salieran de alguna aldea de mariposas negras. Trazamos con la mirada un camino hacia su naciente. Vimos el humo tras su vuelo, y más abajo, al terminar la parábola, el fuego sobre el techo de paja de nuestra vecina. De allí brotaban”.     
 
Hay otros microrrelatos que tienen imágenes metafóricas que suenan a poesía, como “Abril”:
 
“La primavera llegó con un temporal. Los vientos agitaron árboles y nos empapamos de flores”.
 
Marco Flecha Torres, un artista hecho a sí mismo, un trotamundos, un viajero de la palabra, de la literatura esencial, pero también una voz que quiere hacernos pensar, pero sin olvidar sacarnos alguna sonrisa en cada cuento. Vale la pena buscarlo y leerlo. Puede que un día pase por vuestra casa y os cuente su historia, su historia de caminante.

 

martes, 19 de julio de 2016

Sandra García Rodríguez lee "La patria del hombre"

     Sandra García Rodríguez acaba de reseñar "La patria del hombre". Creo que es uno de los comentarios más sinceros que se ha hecho sobre el libro. Ha destacado lo que le gustó de la obra pero también lo que no le agradó mucho. Le estoy muy agradecido por su atenta lectura.
     Se puede leer la reseña aquí.