jueves, 8 de diciembre de 2016

Tras las «migas» de Gabriel Insausti

 
Ya se sabe que los libros de aforismos no se leen, se picotean. Después de la lectura de cada aforismo, el lector ha de detenerse a pensar, a reír, a hacer algo o no hacer nada, pero no seguir leyendo inmediatamente para no atragantarse (lo recomendable es leerlo acompañado de un vaso de algún líquido, lo ideal sería agua o vino) o simplemente para evitar caer en el tedio.
Se sabe también que el aforismo es una forma de creación cuyo auge se vio impulsado por la lectura fugaz de los usuarios de las redes sociales. Anteriormente solo lo podíamos encontrar metido, como virutas, en medio de textos.
La mayoría de los escritores que utilizan las redes sociales publican de vez en cuando frases ingeniosas. Como el poeta Carlos Marzal, Karmelo Iribarren, Felipe Benítez Reyes, Manuel Neila, Enrique García-Máiquez, el cubano León Molina, etc. Todos ellos han recogido esas ocurrencias en libro. Pero hay muchos otros que no publican libros de aforismos y, sin embargo, suelen dejar entres sus prosas o poemas alguna línea para que el lector se sorprenda al leerlo, maestros como, José Luis García Martín (en alguna página de sus diarios leemos: «También para el amor propio debería existir el divorcio») o Javier Almuzara (en su maravilloso Catálogo de asombros abundan frases como «La belleza es imperfección con encanto»).
Este nuevo escaparate de las redes sociales ha llevado a algunas editoriales a crear una colección expresamente dedicada a este tipo de escritos. Solo por citar algunas: Renacimiento, Cuadernos de Vigía, La Isla de Siltolá. En esta salió publicado El hilo de la luz, del poeta y narrador Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), el último libro de aforismos que acabo de leer.
Los aforismos de Insausti, como la mayoría de los que he estado leyendo, oscilan entre la reflexión, la ocurrencia, lo chistoso y lo paradójico, a veces con un toque poético. Insausti es uno de los pocos autores de frases cortas que merece ser llamado aforista. Su libro, lleno de gracia, y buenas ocurrencias, es uno de los mejores libros de aforismo con los que he podido toparme. He aquí algunas «migas» como los llama el autor. A ver si te llevan, querido lector, hasta El hilo de la luz:

«¿Distraído? Es que estoy atento, pero a otras cosas».
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«Hacerte feliz, no: acompañar tu felicidad».
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«A veces el mejor insulto es una simple descripción».
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«En el poema es primero la cirugía y después el organismo».
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«El rencor es un boomerang».
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«No se pierde la fe, se cambia de dioses».
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«El que nunca ha tirado una piedra, que tire la primera piedra».
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«Pero, ¿cómo va a pensar claro un tipo llamado Confucio?».
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«Hay cosas de la vida en que buscar es el camino más rápido y seguro para no encontrar».
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«Las personas, al contrario que los objetos, cuanto más cerca se ven más pequeñas».
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«OBSTÁCULO: (sust.) dícese del pretexto que concedemos a nuestra pereza».
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«Cuando el amor se marchita cambiamos de amante. Quizá deberíamos cambiar de amor».
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«Envejecer es un lento striptease».
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«La mosca está convencida de que el tozudo es el cristal».
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«Lo increíble es que sea el periodismo el que tenga mala prensa».
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«El buen maestro enseña a no necesitar maestros».

 

 

 

jueves, 24 de noviembre de 2016

«Los hombres proyectan el futuro; las mujeres lo hacen»


Volver a casa con la frente cansada porque las calles te han venido siguiendo durante horas y no te han dado respiro. Abrir la nevera y coger la cerveza que está más a mano. Destaparla. Beber un sorbo y suspirar y sentir cómo la sed se retuerce en tu cuerpo y muere poco a poco. Que tu mujer, tu amiga, tu compañera en esta vida, te salude, te pregunte qué tal te ha ido, te consuele. Darle un beso a tu hijo y que el mundo sea otra vez un plácido presente. Dirigirse luego a la pequeña estantería de libros y coger uno al azar, uno que se lea enseguida, que no sea un mamotreto, que ese libro sea, por ejemplo, Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, y sentarse luego junto a la ventana y beber el tercer sorbo de la callada cerveza. Empiezas la lectura y sientes cómo la sed y el cansancio se van apagando en ti. Porque las buenas historias y la buena literatura tienen ese algo que nos cautiva y nos cura a la vez: nos educa. Dejar la cerveza a un lado y sentirse cautivado por la alegría y el carisma de Nora, la protagonista principal de la obra. Sin darte cuenta, vas sintiendo una admiración, un amor hacia ese personaje. Te gusta porque ella quiere ser dueña de sí misma, quiere sentirse amada realmente y eso significa que la dejen libre. Quiere mantenerse erguida, con la frente en alto, sin que la tengan que cortar la cabeza. Ella consigue liberarse del hombre que no le deja ser feliz.
Pasan las horas y acabas el libro y al final te das cuenta de que todavía te queda media botella de cerveza y, aunque caliente, la acabas porque tu lectura ha acabado también. Nora decide irse de la casa conyugal y abandonar la cárcel que la aprisiona. Es una mujer valiente. La quieres aún más. Cuántas mujeres hoy podrían abandonar al hombre que las oprime, desasirse de esta sociedad que las estrangula. Y te dices: «Nunca antes te habías enamorado de un personaje literario». Nora me ha robado el corazón y ya no puedo dejar de pensar en ella. La verdad es que a cuántos lectores y lectoras les habrá robado el corazón este símbolo de la mujer libre, de la mujer que decide escapar de la opresión del marido, del que se cree el dueño de la casa y de la vida de su mujer, la que cría y cuida a sus hijos, su compañera. A cuántos habrá enseñado el final de este libro. Te gustaría que todas las mujeres fuesen como Nora.
El 25 de noviembre se celebra el día de la no violencia contra la mujer. Me quedo pensando, imaginando un mundo donde ellas sean tan libres como el hombre. Sin un moretón en el rostro, en el alma. Sin una lágrima de dolor y de abandono. Una mujer amada, que camine junto al hombre y no arrastrada por este y pisoteada por aquel.  Enseñemos a nuestros hijos que el machismo es uno de los delitos sociales que afectan a todo el mundo. Que no hay nada menos hombre que ser machista. Ya lo decía Rafael Barrett: «Los hombres proyectan el futuro; las mujeres lo hacen. Amadlas, y vuestros hijos encontrarán menos odio sobre la tierra. Si le hacéis traición se hará traición a vuestros hijos. Si no tenéis compasión de ellas, no habrá compasión para vuestros hijos. Si las abandonáis, abandonáis el mundo a la casualidad, y la casualidad no tiene entrañas».

 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La cuna de los niños

 El sábado por la tarde, salimos a pasear con Martín. Le gusta respirar el aire de fuera y escuchar el ruido del mundo. Al igual que nosotros, se agobia si está mucho tiempo dentro de casa. ¡Qué pronto se ha acostumbrado a la vida! Llegamos a la Plaza del Conceyín de la Corredoria y allí compramos unas castañas asadas. Con este frío que ha llegado de repente, nada abriga mejor las manos (y el estómago vacío) que unas castañas asadas.
Hace poco más de un año que vivimos en La Corredoria. Recuerdo que, cuando nos mudamos aquí, empecé a añorar el bullicio del centro de Oviedo. Llevo cambiando de piso más de cinco veces en estos ocho años que llevo en Asturias. Al principio se me hacía fácil. No tenía tantas cosas con que cargar, un poco de ropa y algunos libros. Al pasar los años, he ido adquiriendo más y más cachivaches, de los que ahora cuesta despegarse. Sobre todo, algunas ediciones de libros que con el tiempo aprendes a valorar, la mayoría encontrados en librerías de viejo. Los he adoptado para que vivan conmigo y hacerme las tardes un poco más llevaderas.
Ya en nuestro nuevo hogar (y con un arrendador generoso: especie en vía de extinción), un piso nuevo, sin humedad, soleado, poco a poco la sonrisa y la ilusión fueron apoderándose de nuestro ánimo. Me di cuenta de que en la misma manzana donde vivimos había muchas parejas jóvenes, como nosotros, la mayoría con hijos. Y fueron los niños, jugando en la pequeña plaza, los que nos devolvieron de alguna manera la ilusión. Me olvidé de los bocinazos y rugidos de motores, a los que ya me había acostumbrado en el centro de Oviedo. Ahora era la algarabía de la infancia la que entraba por la ventana y recorría los pasillos de nuestra casa, animándonos. Y sí, la paternidad es contagiosa también. Un año después, nos hemos convertido en padres. ¡Quién nos lo iba a decir! Ahora recorro las calles empujando un carrito de bebé, es el carro de mi vida además. Y es que La Corredoria es como la guardería de Oviedo. Sus plazas, sus calles están llenas de carritos de bebés y niños que van de la mano de los padres. La semana pasada, Marta fue a visitar a su matrona y esta le comentó que en una semana tuvo treinta nuevos embarazos.

Yo no sé si el sosiego, la tranquilidad de los bares, la felicidad en los parques, lo que hace que este mi nuevo barrio se convierta en el lugar donde me gustaría vivir muchos años. Un barrio joven, fértil, que pese a la crisis, de su tierra brotan los nuevos edificios y se extienden más y más. Eso sí, la mayoría todavía vacíos porque no todos pueden comprarse un piso. Parece que los niños no traen solo el pan bajo el brazo, sino también la casa. Los niños son misteriosos, como si vinieran de otro planeta y que ya lo tuvieran todo planeado.
Me gusta abrir la ventana y que el sonido que entra por ella sea la algarabía de la infancia en el parque, ese mundo joven que rejuvenece la casa entera y a los que en ella viven.
 Mientras recorro el barrio, Martín duerme al ser mecido, unos gritos de niños en la plaza lo despierta. Martín abre los ojos y mira fijamente su alrededor. Le digo que me gustaría seguir viviendo aquí, no porque odie ya cambiar de casa, sino porque me gusta este sitio, me gusta la biblioteca «El Cortijo», rodeado de jardín y de gente. Y a donde pronto te llevaré, pequeño gigante. Me quedo sentado en un banco de la Plaza Conceyín, saco el libro de poemas Carrusel, de Iona Gruia y le leo a Martín los versos: «Busco tu mano en la noche, / tu minúscula mano, / tu mano de bebé, talismán mío, / para escapar de oscuros pensamientos». Y sí, amigos, los niños nos salvan de nosotros mismos.

 

martes, 15 de noviembre de 2016

#ParaCadaNiño

Nada cura mejor la tristeza que la felicidad de un niño.
Por eso quiero que les dejemos un planeta donde puedan aprender jugando
a ser hombres y mujeres de bien,
protegidos por el amor de sus padres y de toda la sociedad.
Por eso quiero que hereden un mundo con los colores de la vida:
con mares y aires limpios, con bosques en todo su esplendor,
un mundo que sea todo él un jardín para la infancia.
 
 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Leonardo DiCaptrio, Capitán Planeta



Al final esto del calentamiento global o del efecto invernadero, de la destrucción del planeta, nuestro hogar, es un hecho real y no simplemente la imagen que visualizamos en una película de la guerra de los mundos. Creía yo, como la mayoría de la gente, que era un cuento que inventaron para distraernos o para llenar los manuales de ciencias naturales. Supongo que este clima primaveral que tenemos hoy en Asturias en pleno noviembre, es una muestra del cambio climático que debería preocuparnos. Lo mismo los terremotos, las inundaciones, las sequías más atroces en lugares donde nunca llueve, etc. Todo esta inestabilidad del planeta puede empeorar si no hacemos algo ya.
El domingo por la noche proyectaron en National Geographic el documental Before de Flood, de Leonardo DiCaprio, en el cual trataba de concienciar (una más del millón de voces que claman en el desierto) de los daños que estamos causando al planeta.
No estuvo mal el documental. DiCaprio, no solo un reconocido actor, sino sobre todo un hombre preocupado por el medioambiente –como un Capitán Planeta y Mensajero de la Paz–, recorre el mundo entrevistando a científicos y líderes políticos sobre el asunto.
Hay cierto optimismo en su mensaje: todavía estamos a tiempo de recuperar nuestro planeta, no solo para nosotros, sino para nuestros hijos y nietos. Ellos también podrían contemplar los mismos paisajes que hoy aún podemos disfrutar, podrán esquiar en la nieve, pasear por los bosques, bañarse en un arroyo tropical, etc. Y evitar así también la extinción de muchos animales, aunque algunos inevitablemente ya han desaparecido del planeta.
 Aún hay tiempo para mejorar o al menos retrasar el apocalipsis planetario, nos dice DiCaprio. ¿Qué podemos hacer? Lo primero es cambiar nosotros mismos –ya lo sé, suena a topicazo–, pero es algo no siempre difícil de realizar–. Por ejemplo, podemos cambiar nuestra dieta. Consumir pollo es menos contaminante que consumir carne de vacuno, ya que esta emite más metano a la atmosfera, uno de los gases del efecto invernadero.
Before de Flood nos enseña que las decisiones que tomamos en la vida marcan el destino del planeta. Una simple acción como evitar consumir productos que contengan aceite de palma ayudaría a evitar que se sigan talando los grandes bosques asiáticos, unos de los pulmones del planeta y hábitat de los orangutanes. O a la hora de las elecciones votar a un partido cuyo programa contengan proyectos de protección medioambiental, etc. El resto se nos enseña en las escuelas: cómo reciclar y evitar contaminar el ambiente, etc. Puede que no estemos de acuerdo a la hora de proteger a los toros de los toreros y de las encerronas, pero de proteger nuestro aire, y nuestra agua, nuestra casa común, en eso no podemos estar en desacuerdo. Pero todo esto ya se nos viene contando desde hace décadas. Lo que pasa es que no actuamos. Lo hacemos una vez y luego lo dejamos. Lo que quiere el documental es que el cuidado y la responsabilidad medioambiental sean un hábito, una manera de vivir.
La imagen de Halloween que más debería aterrorizarnos es el paisaje apocalíptico que podemos dejar a nuestras generaciones si no actuamos a tiempo.  
 
Se puede ver el documental en:
 

martes, 1 de noviembre de 2016

Hijo

Solo dos sílabas tiene la palabra "hijo". Pero ahora que la pronuncio para llamarte, mientras te observo despertar lentamente, ahora esta palabra parece (es) inmensa. Acapara todo el libro que estoy escribiendo, el libro de mi vida. Buenos días, hijo.

domingo, 30 de octubre de 2016

La poesía de Mónica Laneri



La poesía, la joven poesía paraguaya, todavía está por descubrir para los propios lectores paraguayos. En este siglo XXI, van apareciendo nuevas voces que pueden ofrecernos un testimonio del tiempo que nos está tocando vivir. Notamos la búsqueda de nuevos estilos. Lejos queda ya la mirada modernista que tanto ha influido a los poetas paraguayos. No estaba mal, pero a la larga se volvía cansina. Hoy nos encontramos frente a una generación que busca experimentar nuevas maneras de hacer poesía. Para ello dejan de imaginar un mundo ideal y alejado de la vida cotidiana. Ahora la realidad presente acapara la poesía, no necesariamente de tema social, es decir, combativa y patriótica. Lo que se percibe es una poesía  que acapara las calles, las plazas, los bares, y a veces las escuelas y colegios. Eso se está viendo en Asunción. Es la señal de libertad poética. Se está perdiendo el miedo y la timidez (como se dice en Paraguay: lo koygua) a expresarse. La seguridad en sí mismo es señal de libertad.
Una de las voces de la nueva poesía paraguaya es sin duda Mónica Laneri (Asunción, 1971), que acaba de publicar Razón psiquiátrica (Servilibro, 2016), con prólogo de Osvaldo González Real e ilustraciones de Diego Pusineri. No es el primer libro de Laneri, entre sus obras podemos citar Versos horizontales (2001), Eras dios y te hice hombre (2003), etc.
Si en el siglo pasado el modelo principal para el poeta paraguayo eran Rubén Darío y otros poetas modernistas, ahora la influencia viene de la misma cantera paraguaya (Susy Delgado, Renée Ferrer, Herib Campos Cervera, Elvio Romero…), sin dejar de lado a los poetas extranjeros, como Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Leopoldo Panero, Benedetti, y la presencia de Charles Bukowski, en el caso de la poética de Laneri.
En el fondo todo poeta es un buscador, juega buscando una nueva manera de decir lo ya dicho y de llegar, como en una mina, a lo más oscuro y profundo (quizás lo más puro) de los sentimientos, donde está el diamante, el significado nuevo de la vida que quiere expresarnos. En Razón psiquiátrica, se puede observar ese afán por rebuscar, como dicen los versos “destrozar el poema, / llegar al fondo del sentimiento, / purgar palabras por el verso cometido”. De ahí la manera de señalar explícitamente con un guión prefijos (“in-”, “des-”), que aparecen en la mayoría de los poemas. Laneri busca darle un giro nuevo a las palabras, otro sentido a los significados, a los sonidos incluso. Su escritura, en la cual se experimenta, nos recuerda al César Vallejo de Trilce. Nótese el uso constante de las mayúsculas, los guiones en vez de comas, los paréntesis, los dígitos, los puntos suspensivos, etc. Y es que Laneri a lo que aspira es a demostrarnos que su poesía transmite una libertad expresiva inspiradora. La suya es una poesía que se deja llevar incluso por lo subconsciente, una poesía libre de ataduras, de influencias claras. Es como si quien escribiera algunos de los versos fuera el subconsciente de la autora, que se deja guiar por esa voz que suena –metafóricamente hablando– en un estado de leve borrachera. No pretende que la entendamos, solo quiere que sintamos lo que producen en nosotros las palabras: “Cuando entienda lo que digo, / ese día, / dejaré de escribir / (llegará la recompensa)”. Destaca sobre todo el uso de los guiones entre las palabras. Un guion que parece un puente entre cada término que nos sugieren una forma inusual de inducir ideas a nuestra imaginación: “Decimos miedo / y decimos dejar de amar, / de amar-nos. / Decimos miedo / y decimos dejar de intentar, / de intentar-nos”.
Muchos versos reflejan lo contradictorio, lo paradójico. Es otra forma de buscar nuevos sentidos. “Nadie sabe de nadie / y todos saben de todos”, “El camino es solo aquello que nos / pierde”, “A veces, negar es afirmar”, “Cómo salir / de esta salida / sin callejón”, etc. Sus versos no solo buscan contradecir lo lógico, sino también lo que se nos impone como tradición: “Hay que besar la vida / para que un príncipe / se transforme en sapo”. Llega incluso a la negación de Dios: “Dios está muerto / y, la poesía, / -simplemente- reposa, / expectante, / hasta la hora / del orgasmo”. Dios es un cadáver que pudre al hombre. Más que un cadáver es una prisión.  
Quizá lo que Mónica Laneri busca es no solo encontrar nuevos significados a las palabras, sino a la propia realidad, al presente que le toca vivir. Niega su ahora y a sí misma: “Esto que vez, / y que soy / o, más bien, no soy”.  Su mirada es la de uno que observa el mundo y que trata de desdibujarlo, cambiando sus matices, contradiciéndolo constantemente. Además en los últimos poemas nos habla de volver: “Regresar / es borrar huellas / con abrazos”. Esa vuelta es aprender de los errores y terrores, por eso aclara: “Regresar / no es volver / sobre los pasos”. Es volver con otra forma de pensar, con otra forma de escribir. Prescinde mucho de los adjetivos, que más que decorar, cubren, tapan lo real. No se empeña nuestra poeta en adornar sus versos, la mayoría de los cuales no supera las cinco sílabas. La lectura avanza entre pausas, silencios.
Resulta curioso que las ediciones de Servilibro, sobre todo de poesía, no lleven índice, como en este caso y también en El tiempo andariego, de Edita Rojas y en el libro de ensayo, Elvio Romero, La Fuerza de la Realidad, de Ricardo Rubio. Un índice debe formar parte de un libro, porque no solo sirve para ver el esqueleto del volumen, sino también que es la guía del lector.
La poesía de Mónica Laneri (la poesía de hoy en Paraguay) nace sobre todo de la calle, los bares, las plazas, la intemperie, pero también del recuerdo. Ella tiende observar el mundo (no a imaginarlo) para explicar sus sentimientos y es el mundo hecho poesía el que nos expresa el sentir de Laneri. El mundo es su espejo.