sábado, 4 de febrero de 2017

Paraguay y los Papeles americanos de Cobo Borda


 
El poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948), bajo el título Papeles americanos (Instituto Caro y Cuervo, 2015), reúne ensayos y reseñas sobre escritores que marcaron con sus obras la literatura hispanoamericana del siglo XX. Este volumen, un homenaje de un lector a los autores que más admira, es el resultado de una relectura, de una vuelta a los grandes maestros. Un viaje literario que empieza con los argentinos Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato. De este último, traza su semblanza y hace una concisa reflexión sobre su trayectoria literaria. Luego pasa a los chilenos Pablo Neruda y Nicanor Parra. Destaca en primera línea la influencia de Altazor (1931) en los antipoemas de Parra. Compara a Octavio Paz y Julio Cortazar en sus centenarios, los dos nacidos en 1914, los dos admiradores del Che Guevara, los dos apasionados por la pintura, los dos excelentes traductores. Relee además a Carlos Fuentes, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Cabrera Infante, Ernesto Cardenal… Sobre todos ellos escribe y reflexiona y como resultado nos ofrece una lectura amena, no academicista. No quiere demostrarnos que es un erudito (aunque lo sea), un maestro y un gran lector. Lo que pretende es precisamente una conversación entre lectores para ofrecernos nuevos puntos de vistas, nuevos autores, olvidados algunos, inolvidables otros. Rescata nombres menos conocidos, como el de Rubem Fonseca y su obra El seminarista. Relee las obras del brasileño Mario de Andrade, como Macunaíma, un héroe sin carácter, al que considera como un “libro grande e inclasificable donde la selva y la ciudad son los polos de este delirante viaje” (p. 107). Es importante subrayar además “Presencia árabe en el caribe colombiano”, un estudio en el que rescata los nombres fundamentales de autores colombianos de origen árabe: Luis Fayd, Meira Delmar, Giovanni Quessep, Raúl Gómez Jattin… Menciona asimismo la presencia árabe en la vida de Gabriel García Márquez, cuya infancia (y toda su obra) estuvo marcada por la lectura de Las mil y una noches. “García Márquez de algún modo tenía, en su hogar, su cocina y su lecho, una vinculación inmediata con el mundo árabe y su cultura” (p. 130). En “El café, la universidad de Álvaro Mutis”, Cobo Borda ofrece una breve historia de las figuras literarias que de alguna manera se hicieron escritores y poetas en las tertulias de los cafés bogotanos, autores como Ricardo Rendón, Luis Tejada, León de Greiff y, sobre todo, Álvaro Mutis, una de las figuras que luego destacaría en el exilio.  
            En Papeles americanos, Juan Gustavo Cobo Borda observa  Paraguay a través de las crónicas de Germán Arciniegas, cuya prosa sigue cautivando a los lectores porque “se mantiene viva, alegre, batalladora” (p. 152). Al releer las crónicas y ensayos de Arciniegas sobre Paraguay, Cobo Borda destaca la curiosidad de su compatriota y sobre todo la amistad que unía a Arciniegas con el expresidente paraguayo, Juan Natalicio González (1897-1966), que también era poeta, novelista y un destacado ensayista. Arciniegas, invitado por el entonces presidente, llega a Asunción y “descubre la riqueza vital y creativa del pueblo paraguayo” (p. 152). Profundizará así en la historia del país y se maravilla con la fortaleza de las mujeres paraguayas, que reconstruyeron el país, arruinado después de la Guerra de la Triple Alianza. (Lo mismo le había pasado a Rafael Barrett y hace pocos días el propio Papa Francisco enaltecía a nuestras madres).
Se resalta la figura de un escritor metido en política, como la de Juan Natalicio González, que no solo destaca por haber sido presidente durante cinco meses, sino además nos recuerda a otros autores que fueron tentados y se metieron en el mundo político (Juan Bosch, Rómulo Gallego, Vargas Llosa...).
Juan Gustavo Cobo Borda descubre por así decirlo a Juan Natalicio González, uno de los autores paraguayos que no solo perdurará en la historia de Hispanoamérica por haber sido uno de los primeros escritores en ser presidente de un país americano, sino sobre todo por su importante afán de divulgador cultural como editor de las editoriales “India” y “Guarania”. Juan Natalicio González “divulgó en Paraguay, Argentina y México [y en toda Hispanoamérica] los escritos de los cronistas de Indias y los estudios de Gomperz sobre los pensadores griegos en tres tomos y la gran historia de la filosofía griega de Zeller en seis tomos” (págs. 153-154).
Con este mapa literario que es Papeles americanos, Cobo Borda nos invita a seguir su camino, a releer a nuestros clásicos hispanoamericanos, y volver también la mirada hacia autores olvidados, como el propio Arciniegas o Juan Natalicio González, cuya prosa también sigue vigente y viva, aunque se haya mantenido un poco olvidada. Sin duda alguna, fue uno de los preclaros y más lúcidos prosistas que dio el Paraguay. Rescatar su figura siempre viene bien para hacernos recordar que tuvimos líderes con un nivel cultural y humanista que merece nuestra admiración.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Jugar con fuego


 
Me preguntan qué libro publicado en este 2016 merecería ser destacado. Entre las mejores publicaciones del año, yo destacaría principalmente la recuperación en facsímil de los once números de la revista Jugar con fuego (Ediciones Ulises, 2016). Todos en un solo tomo. Una revista de poesía y crítica literaria, fundada y dirigida durante los años 1975 y 1981 por el poeta y crítico José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, Cáceres, 1950).
            Como una especie de Feijoo, radicado en un rincón de Avilés, se mantuvo al tanto de todas la novedades literarias. Para ser más exactos, no solo dirigió la revista, sino que escribió en gran medida todo el contenido, especialmente en los primeros números. Pero la parte crítica, que era (y sigue siéndolo hoy) la más destacada, estuvo íntegramente a cargo del genio de García Martín. Las reseñas llevaban la firma de Alfonso Sanz Echevarría y Bernardo Delgado, dos de los heterónimos del José Luis García Martín. Al principio nadie sabía que esos dos nombres eran los heterónimos de García Martín, un escritor pessoano, capaz de imitar los estilos de cualquier poeta. Un poeta camaleónico. Por suerte, hoy tenemos la ventaja de contar con las aclaraciones de Pablo Núñez, que hace la introducción del facsímil, para evitar hacernos un lío con los pseudónimos, lío que seguramente tuvieron los lectores de los años 70.
            La crítica de García Martín en estos últimos cuarenta años de poesía española se ha vuelto no solamente válida y objetiva, sino necesaria para el lector y también para el escritor mismo. Jugar con fuego quizá sea la obra maestra de García Martín. En ella se hizo conocer el primer libro de Víctor Botas y estudios sobre la poesía de autores del 50 y del 70 (como Ángel González, Ángel Crespo, José Ángel Valente, Francisco Brines y tantos otros) que forman parte ya de la historia de la literatura española contemporánea. Pero además en sus páginas aparecieron los poemas de Juan Luis Panero, Juan Gustavo Cobo Borda, José Kozer, etc.
            En el epílogo del facsímil, García Martín confiesa: «En Jugar con fuego, una revista que no dependía de nada ni de nadie, jugué a decir lo que muchos pensaban pero nadie decía, o solo lo decían en voz baja y entre amigos» (pág. 785). Lo cierto es que García Martín es uno de los últimos de su especie, un crítico valiente, de los que no venden gato por liebre al lector. Por eso es uno de los críticos más admirados (y temidos) de España. Con Jugar con fuego empezó todo y sus páginas siguen encandilando al lector de hoy en día. Como ayer mismo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Tras las «migas» de Gabriel Insausti

 
Ya se sabe que los libros de aforismos no se leen, se picotean. Después de la lectura de cada aforismo, el lector ha de detenerse a pensar, a reír, a hacer algo o no hacer nada, pero no seguir leyendo inmediatamente para no atragantarse (lo recomendable es leerlo acompañado de un vaso de algún líquido, lo ideal sería agua o vino) o simplemente para evitar caer en el tedio.
Se sabe también que el aforismo es una forma de creación cuyo auge se vio impulsado por la lectura fugaz de los usuarios de las redes sociales. Anteriormente solo lo podíamos encontrar metido, como virutas, en medio de textos.
La mayoría de los escritores que utilizan las redes sociales publican de vez en cuando frases ingeniosas. Como el poeta Carlos Marzal, Karmelo Iribarren, Felipe Benítez Reyes, Manuel Neila, Enrique García-Máiquez, el cubano León Molina, etc. Todos ellos han recogido esas ocurrencias en libro. Pero hay muchos otros que no publican libros de aforismos y, sin embargo, suelen dejar entres sus prosas o poemas alguna línea para que el lector se sorprenda al leerlo, maestros como, José Luis García Martín (en alguna página de sus diarios leemos: «También para el amor propio debería existir el divorcio») o Javier Almuzara (en su maravilloso Catálogo de asombros abundan frases como «La belleza es imperfección con encanto»).
Este nuevo escaparate de las redes sociales ha llevado a algunas editoriales a crear una colección expresamente dedicada a este tipo de escritos. Solo por citar algunas: Renacimiento, Cuadernos de Vigía, La Isla de Siltolá. En esta salió publicado El hilo de la luz, del poeta y narrador Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), el último libro de aforismos que acabo de leer.
Los aforismos de Insausti, como la mayoría de los que he estado leyendo, oscilan entre la reflexión, la ocurrencia, lo chistoso y lo paradójico, a veces con un toque poético. Insausti es uno de los pocos autores de frases cortas que merece ser llamado aforista. Su libro, lleno de gracia, y buenas ocurrencias, es uno de los mejores libros de aforismo con los que he podido toparme. He aquí algunas «migas» como los llama el autor. A ver si te llevan, querido lector, hasta El hilo de la luz:

«¿Distraído? Es que estoy atento, pero a otras cosas».
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«Hacerte feliz, no: acompañar tu felicidad».
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«A veces el mejor insulto es una simple descripción».
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«En el poema es primero la cirugía y después el organismo».
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«El rencor es un boomerang».
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«No se pierde la fe, se cambia de dioses».
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«El que nunca ha tirado una piedra, que tire la primera piedra».
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«Pero, ¿cómo va a pensar claro un tipo llamado Confucio?».
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«Hay cosas de la vida en que buscar es el camino más rápido y seguro para no encontrar».
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«Las personas, al contrario que los objetos, cuanto más cerca se ven más pequeñas».
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«OBSTÁCULO: (sust.) dícese del pretexto que concedemos a nuestra pereza».
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«Cuando el amor se marchita cambiamos de amante. Quizá deberíamos cambiar de amor».
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«Envejecer es un lento striptease».
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«La mosca está convencida de que el tozudo es el cristal».
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«Lo increíble es que sea el periodismo el que tenga mala prensa».
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«El buen maestro enseña a no necesitar maestros».

 

 

 

jueves, 24 de noviembre de 2016

«Los hombres proyectan el futuro; las mujeres lo hacen»


Volver a casa con la frente cansada porque las calles te han venido siguiendo durante horas y no te han dado respiro. Abrir la nevera y coger la cerveza que está más a mano. Destaparla. Beber un sorbo y suspirar y sentir cómo la sed se retuerce en tu cuerpo y muere poco a poco. Que tu mujer, tu amiga, tu compañera en esta vida, te salude, te pregunte qué tal te ha ido, te consuele. Darle un beso a tu hijo y que el mundo sea otra vez un plácido presente. Dirigirse luego a la pequeña estantería de libros y coger uno al azar, uno que se lea enseguida, que no sea un mamotreto, que ese libro sea, por ejemplo, Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, y sentarse luego junto a la ventana y beber el tercer sorbo de la callada cerveza. Empiezas la lectura y sientes cómo la sed y el cansancio se van apagando en ti. Porque las buenas historias y la buena literatura tienen ese algo que nos cautiva y nos cura a la vez: nos educa. Dejar la cerveza a un lado y sentirse cautivado por la alegría y el carisma de Nora, la protagonista principal de la obra. Sin darte cuenta, vas sintiendo una admiración, un amor hacia ese personaje. Te gusta porque ella quiere ser dueña de sí misma, quiere sentirse amada realmente y eso significa que la dejen libre. Quiere mantenerse erguida, con la frente en alto, sin que la tengan que cortar la cabeza. Ella consigue liberarse del hombre que no le deja ser feliz.
Pasan las horas y acabas el libro y al final te das cuenta de que todavía te queda media botella de cerveza y, aunque caliente, la acabas porque tu lectura ha acabado también. Nora decide irse de la casa conyugal y abandonar la cárcel que la aprisiona. Es una mujer valiente. La quieres aún más. Cuántas mujeres hoy podrían abandonar al hombre que las oprime, desasirse de esta sociedad que las estrangula. Y te dices: «Nunca antes te habías enamorado de un personaje literario». Nora me ha robado el corazón y ya no puedo dejar de pensar en ella. La verdad es que a cuántos lectores y lectoras les habrá robado el corazón este símbolo de la mujer libre, de la mujer que decide escapar de la opresión del marido, del que se cree el dueño de la casa y de la vida de su mujer, la que cría y cuida a sus hijos, su compañera. A cuántos habrá enseñado el final de este libro. Te gustaría que todas las mujeres fuesen como Nora.
El 25 de noviembre se celebra el día de la no violencia contra la mujer. Me quedo pensando, imaginando un mundo donde ellas sean tan libres como el hombre. Sin un moretón en el rostro, en el alma. Sin una lágrima de dolor y de abandono. Una mujer amada, que camine junto al hombre y no arrastrada por este y pisoteada por aquel.  Enseñemos a nuestros hijos que el machismo es uno de los delitos sociales que afectan a todo el mundo. Que no hay nada menos hombre que ser machista. Ya lo decía Rafael Barrett: «Los hombres proyectan el futuro; las mujeres lo hacen. Amadlas, y vuestros hijos encontrarán menos odio sobre la tierra. Si le hacéis traición se hará traición a vuestros hijos. Si no tenéis compasión de ellas, no habrá compasión para vuestros hijos. Si las abandonáis, abandonáis el mundo a la casualidad, y la casualidad no tiene entrañas».

 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La cuna de los niños

 El sábado por la tarde, salimos a pasear con Martín. Le gusta respirar el aire de fuera y escuchar el ruido del mundo. Al igual que nosotros, se agobia si está mucho tiempo dentro de casa. ¡Qué pronto se ha acostumbrado a la vida! Llegamos a la Plaza del Conceyín de la Corredoria y allí compramos unas castañas asadas. Con este frío que ha llegado de repente, nada abriga mejor las manos (y el estómago vacío) que unas castañas asadas.
Hace poco más de un año que vivimos en La Corredoria. Recuerdo que, cuando nos mudamos aquí, empecé a añorar el bullicio del centro de Oviedo. Llevo cambiando de piso más de cinco veces en estos ocho años que llevo en Asturias. Al principio se me hacía fácil. No tenía tantas cosas con que cargar, un poco de ropa y algunos libros. Al pasar los años, he ido adquiriendo más y más cachivaches, de los que ahora cuesta despegarse. Sobre todo, algunas ediciones de libros que con el tiempo aprendes a valorar, la mayoría encontrados en librerías de viejo. Los he adoptado para que vivan conmigo y hacerme las tardes un poco más llevaderas.
Ya en nuestro nuevo hogar (y con un arrendador generoso: especie en vía de extinción), un piso nuevo, sin humedad, soleado, poco a poco la sonrisa y la ilusión fueron apoderándose de nuestro ánimo. Me di cuenta de que en la misma manzana donde vivimos había muchas parejas jóvenes, como nosotros, la mayoría con hijos. Y fueron los niños, jugando en la pequeña plaza, los que nos devolvieron de alguna manera la ilusión. Me olvidé de los bocinazos y rugidos de motores, a los que ya me había acostumbrado en el centro de Oviedo. Ahora era la algarabía de la infancia la que entraba por la ventana y recorría los pasillos de nuestra casa, animándonos. Y sí, la paternidad es contagiosa también. Un año después, nos hemos convertido en padres. ¡Quién nos lo iba a decir! Ahora recorro las calles empujando un carrito de bebé, es el carro de mi vida además. Y es que La Corredoria es como la guardería de Oviedo. Sus plazas, sus calles están llenas de carritos de bebés y niños que van de la mano de los padres. La semana pasada, Marta fue a visitar a su matrona y esta le comentó que en una semana tuvo treinta nuevos embarazos.

Yo no sé si el sosiego, la tranquilidad de los bares, la felicidad en los parques, lo que hace que este mi nuevo barrio se convierta en el lugar donde me gustaría vivir muchos años. Un barrio joven, fértil, que pese a la crisis, de su tierra brotan los nuevos edificios y se extienden más y más. Eso sí, la mayoría todavía vacíos porque no todos pueden comprarse un piso. Parece que los niños no traen solo el pan bajo el brazo, sino también la casa. Los niños son misteriosos, como si vinieran de otro planeta y que ya lo tuvieran todo planeado.
Me gusta abrir la ventana y que el sonido que entra por ella sea la algarabía de la infancia en el parque, ese mundo joven que rejuvenece la casa entera y a los que en ella viven.
 Mientras recorro el barrio, Martín duerme al ser mecido, unos gritos de niños en la plaza lo despierta. Martín abre los ojos y mira fijamente su alrededor. Le digo que me gustaría seguir viviendo aquí, no porque odie ya cambiar de casa, sino porque me gusta este sitio, me gusta la biblioteca «El Cortijo», rodeado de jardín y de gente. Y a donde pronto te llevaré, pequeño gigante. Me quedo sentado en un banco de la Plaza Conceyín, saco el libro de poemas Carrusel, de Iona Gruia y le leo a Martín los versos: «Busco tu mano en la noche, / tu minúscula mano, / tu mano de bebé, talismán mío, / para escapar de oscuros pensamientos». Y sí, amigos, los niños nos salvan de nosotros mismos.

 

martes, 15 de noviembre de 2016

#ParaCadaNiño

Nada cura mejor la tristeza que la felicidad de un niño.
Por eso quiero que les dejemos un planeta donde puedan aprender jugando
a ser hombres y mujeres de bien,
protegidos por el amor de sus padres y de toda la sociedad.
Por eso quiero que hereden un mundo con los colores de la vida:
con mares y aires limpios, con bosques en todo su esplendor,
un mundo que sea todo él un jardín para la infancia.
 
 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Leonardo DiCaptrio, Capitán Planeta



Al final esto del calentamiento global o del efecto invernadero, de la destrucción del planeta, nuestro hogar, es un hecho real y no simplemente la imagen que visualizamos en una película de la guerra de los mundos. Creía yo, como la mayoría de la gente, que era un cuento que inventaron para distraernos o para llenar los manuales de ciencias naturales. Supongo que este clima primaveral que tenemos hoy en Asturias en pleno noviembre, es una muestra del cambio climático que debería preocuparnos. Lo mismo los terremotos, las inundaciones, las sequías más atroces en lugares donde nunca llueve, etc. Todo esta inestabilidad del planeta puede empeorar si no hacemos algo ya.
El domingo por la noche proyectaron en National Geographic el documental Before de Flood, de Leonardo DiCaprio, en el cual trataba de concienciar (una más del millón de voces que claman en el desierto) de los daños que estamos causando al planeta.
No estuvo mal el documental. DiCaprio, no solo un reconocido actor, sino sobre todo un hombre preocupado por el medioambiente –como un Capitán Planeta y Mensajero de la Paz–, recorre el mundo entrevistando a científicos y líderes políticos sobre el asunto.
Hay cierto optimismo en su mensaje: todavía estamos a tiempo de recuperar nuestro planeta, no solo para nosotros, sino para nuestros hijos y nietos. Ellos también podrían contemplar los mismos paisajes que hoy aún podemos disfrutar, podrán esquiar en la nieve, pasear por los bosques, bañarse en un arroyo tropical, etc. Y evitar así también la extinción de muchos animales, aunque algunos inevitablemente ya han desaparecido del planeta.
 Aún hay tiempo para mejorar o al menos retrasar el apocalipsis planetario, nos dice DiCaprio. ¿Qué podemos hacer? Lo primero es cambiar nosotros mismos –ya lo sé, suena a topicazo–, pero es algo no siempre difícil de realizar–. Por ejemplo, podemos cambiar nuestra dieta. Consumir pollo es menos contaminante que consumir carne de vacuno, ya que esta emite más metano a la atmosfera, uno de los gases del efecto invernadero.
Before de Flood nos enseña que las decisiones que tomamos en la vida marcan el destino del planeta. Una simple acción como evitar consumir productos que contengan aceite de palma ayudaría a evitar que se sigan talando los grandes bosques asiáticos, unos de los pulmones del planeta y hábitat de los orangutanes. O a la hora de las elecciones votar a un partido cuyo programa contengan proyectos de protección medioambiental, etc. El resto se nos enseña en las escuelas: cómo reciclar y evitar contaminar el ambiente, etc. Puede que no estemos de acuerdo a la hora de proteger a los toros de los toreros y de las encerronas, pero de proteger nuestro aire, y nuestra agua, nuestra casa común, en eso no podemos estar en desacuerdo. Pero todo esto ya se nos viene contando desde hace décadas. Lo que pasa es que no actuamos. Lo hacemos una vez y luego lo dejamos. Lo que quiere el documental es que el cuidado y la responsabilidad medioambiental sean un hábito, una manera de vivir.
La imagen de Halloween que más debería aterrorizarnos es el paisaje apocalíptico que podemos dejar a nuestras generaciones si no actuamos a tiempo.  
 
Se puede ver el documental en: