sábado, 8 de octubre de 2016

Cómo se llega a ser un mendigo


 
El hombre antes de saberse un mendigo de verdad, empieza soñando con una vida feliz, con casa e hijos y una esposa. Primero pasa un tiempo mendigando, solicitando un trabajo. Bueno, antes acaba los estudios, luego se pone a buscar laburo con la ilusión de que le van a abrir todas las puertas del mundo con su nuevo título. Después de un año, se tiene que marchar del país porque está cansado ya de mendigar un puesto para lo que se ha preparado toda la vida. Pero si el mendigo apenas tiene un graduado escolar o no lo tiene siquiera, entonces la cosa se pone más difícil. No puede salir siquiera de España. Ya no existe la América donde fueron sus abuelos y volvieron con algo para vivir. Así pues, después de llevar varios años al paro y de haber perdido a los amigos, a la familia y al futuro de una democracia que brillaba esperanzador para la nueva generación a la que él pertenece, después de haber pasado por varias etapas de desesperación, después de perder hasta la misma vergüenza, decide salir a mendigar como un verdadero vagabundo.
Se deja un poco de barba, coge un gorro y sale a la calle a pedir a todo el mundo unos céntimos. Después de unas semanas, pierde también la voz. Le sale ronca y seca. Las palabras se le atascan en la garganta como un pan seco. Entonces decide arrodillarse frente a una Iglesia, tendiendo las dos vacías manos y bajando la cabeza hacia el suelo. Incluso aguanta unos días de lluvia en esa incómoda posición. Pero las rodillas se le ampollan y renuncia a estar arrodillado. Decide una vez más que no se va a rendir y que va a morir parado, como un verdadero soldado. Finalmente se le ocurre escribir un pequeño cartel. Busca un trozo de cartón en un cubo de basura y, con un boli que pide prestado a uno de la ONCE, escribe: “Llevo cinco años en paro. Necesito ayuda para vivir.” Otros escriben: “Tengo cinco hijos que alimentar. Me han desahuciado. Necesito ayuda  para mantenerlos”. Se coloca junto a la entrada de un supermercado o la estación del tren.  Alguno más ingenuo se coloca junto a un banco. Si tiene suerte, un perro callejero le hará compañía. Será el único en escuchar su queja. El único en compadecerse de su situación. Será el único que le hará entender que no es el único perro abandonado.
            No todos los mendigos que vemos por las calles españolas son españoles. En realidad todos los mendigos son iguales. Es como si todos perteneciesen a un mismo país de miserias. Decía que no todos hablan castellano. Algunos vienen de otros lugares pensando que aquí la sociedad tiene un corazón más caritativo, pero no saben que por la vena de todos los seres humanos corre la misma sangre ingrata. El mendigo extranjero, lo primero que cree descubrir es que si no pone en su cartel que es de la vieja Castilla, es decir, español antiguo, quizá nadie le eche un céntimo a los pies. Sabrá que aquí en España, incluso para ser mendigo es necesario solicitar la nacionalidad. Sabrá que si no la tiene, puede que pronto se le culpe a él por el paro y la crisis del país. Así que escribirá: “Soy español, llevo en paro cinco años, me han desahuciado, tengo tres hijas…”. Cree que lo más importante de todo es que ponga que es español. Pobre de él si pone eso en las calles de Barcelona. Allí tendrá que poner que es catalán; y si está en Asturias, que es asturiano hasta la sexta generación. Pero me temo que tampoco le salvará ninguna bandera. La verdadera caridad no ve el idioma que hablas, no ve de qué lugar procedes. Solo se fija en ayudarte, aunque cada día se está volviendo más miope.  
            Al final, da igual que sea extranjero o no, el mendigo vivirá en la indiferencia, como un ente invisible, sin rostro, porque nadie se atreve a mirarle a la cara. La gente tiene miedo de ver reflejado en el vagabundo su propio futuro. El mendigo dejará que los días grises caigan sobre su cuerpo como cáscaras de otoño. Los niños le tendrán un miedo y tendrán pesadillas con él. El mendigo se despojará de todo. Solo nos quedará la sensación de que no le preocupa nada, de que no tiene ningún problema que le aqueje (renta, hipotecas, vacaciones, etc.). Tendremos la sensación de que se ha convertido en santo, que busca cada noche para dormir el recinto de un cajero automático. Sabe que allí estará más cerca del dinero. Y en sueños puede que perciba el vago olor del euro, del peso, del yen, del guaraní, del dólar… del dinero. El olor que cree había olvidado. Él no tiene dudas de que el dinero sí da la felicidad.

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