martes, 2 de enero de 2018

El paraguay del Doctor Francia visto por Carlyle


Thomas Carlyle
El Doctor Francia
Prólogo de Juan Carlos Chirinos
Traducción de Luis M. Drago
Renacimiento, Sevilla, 2017.

“La brevedad es, al fin al cabo, el alma del ingenio”, dice Thomas Carlyle y lo pone en práctica en este brevísimo y ameno libro sobre José Gaspar Rodríguez de Francia. Con su peculiar inteligencia, reflexiona sobre la identidad del dictador paraguayo, pese a la poca (y mala) información con que contaba. Doctor Francia fue publicado en 1843 y traducido al español en 1944 en Buenos Aires. Ahora descubrimos que esta obra ha sabido conservar el interés porque habla de uno los personajes más llamativos de la historia (y la literatura) americana: el dictador. El prólogo de Juan Carlos Chirinos se ocupa adecuadamente del tema.
            Las fuentes que utilizó Carlyle para su ensayo fueron un “pequeño libro” de los suizos Rengger y Longchamp; Cartas sobre el Paraguay y Reinado del terror del doctor Francia,  de los hermanos Robertson, y una oración fúnebre del reverendo Manuel Antonio Pérez.
            Carlyle, buscando ser parcial, eliminó las quejas de los Robertson, el “clamor incesante de denuncia constitucional” contra el “terror de Francia” y no se dejó llevar por las alabanzas del reverendo Pérez.
            El deseo del padre de Francia era que el joven Francia, que nace en 1764, se hiciera sacerdote. Pero Francia parece ser que no tuvo demasiado apego a la devoción divina. Aun así, lo envía al seminario de la Universidad de Córdoba (Tucumán). La curiosidad de Francia iba más allá de la teología, su genio o “llama azul”, como dice Carlyle, le impulsaba a estudiar de todo; “pasó de la teología al derecho”. Apareció en Asunción hecho un abogado, el mejor de su tiempo.
            Quien no sale muy bien parado de la crítica de Carlyle es el pueblo paraguayo, al que creía que no estaba listo para la independencia. “Es aquel un pueblo rudo que lleva una vida holgazana, de fácil y desaseada abundancia”. Según él, era imprescindible el uso del látigo, que no es otro que el rigor del futuro dictador, para purgar el espíritu de este pueblo.
            Carlyle imagina a Francia como un “hombre un tanto solitario, cabizbajo, predispuesto a aislarse aun en medio de la muchedumbre”. Francia tiene fama de “hombre de verdad, […], de rectitud de hierro sobre todo”, pero es un hombre justo. Con todo eso, tenía también un temperamento colérico, según Carlyle por causas hipocondriacas. Hubiera llegado a ser un digno canónigo o gran inquisidor si hubiera nacido un siglo antes.
            Como muchos, Carlyle veía que la Revolución Francesa tuvo influencia en la independencia de los países americanos. El Doctor Francia estaba al tanto de lo que pasaba en el viejo mundo, fue uno de los más activos en declarar, en 1811, la independencia del Paraguay, junto con Fulgencio Yegros, presidente del Congreso (como secretario estaba Francia).
Pronto el grupo que conformaba el nuevo gobierno se volvió corrupto. Francia, hastiado, se marcha al campo. Mientras tanto, en la capital, despilfarro y desorden. El pueblo no sabía entonces aprovechar y manejar la libertad en la que vivía. El cambio era inminente en ese panorama caótico. “Los ojos del país entero se vuelven […] hacia el único hombre de talento, hacía el único hombre de verdad que tienen”, el único capaz de traer el orden. En 1814, Francia se declara “dictador”, condición que dura hasta su muerte en 1840. Con él mejora el gobierno y la seguridad. Todo el mundo empezó a hacer su trabajo en vez de fingir que lo hacían. Organizó el país a su manera. Pagó y disciplinó a las tropas, mandó poner fortines por todos lados, sobre todo en las fronteras. Creó escuelas y puso salario a los profesores. Promovió la educación y reprimió la superstición. Se negó a aceptar donativos. Mejoró las calles de Asunción, haciéndolas más transitables. Con su acostumbrado rigor, luchó contra la chapucería en todos los rincones, espabiló a los religiosos del país, a los obreros (lo hizo con la llamada “horca del obrero”, que Carlyle denomina “institución social”). Si un zapatero fabricaba un zapato que no servía, se le hacía pasar varias veces bajo la horca, como prevención. Si volvía a fracasar, se lo ahorcaba. Dicha horca no dejó de producir beneficios en todo el país. Se prohibió contactar con el gobierno de Buenos Aires y con todos aquellos que no aceptaban la independencia del país. Descubrió que la tierra paraguaya podía dar dos cosechas al año y con eso progresó aún más la agricultura, de la que dependería el pueblo y no del comercio extranjero.
            No hubo queja, se vivía en paz, hasta 1819, cuando empezaron los rumores de una conspiración contra Francia. Ese año, el general Artigas, que antes era su enemigo, huye del general Francisco Ramírez y pide asilo al dictador y se lo concede. El ejército de Francia vence al de Ramírez en cuyo poder encontró una carta de Fulgencio Yegros, que encabezaba al parecer la conspiración contra Francia. Este, antes de actuar, investiga y espía, hasta estar completamente seguro. Luego mandó a fusilar a los conspiradores. Fueron tres los años, llamados de “terror”, lo que duró la conspiración. Para Carlyle, más que “reinado de terror” sería más bien “reinado de rigor”. Porque luego, los veinte años siguientes, se produjo la paz hasta la muerte del dictador.
            Francia llegó para inaugurar la independencia y con su gobierno fundó la identidad paraguaya. Con una personalidad singular, llamó la atención de todo el mundo sin haber salido de su país. Se convirtió en un mito. Vivió y murió pobre. No buscó el poder para enriquecerse, sino más bien para mandar y ser obedecido.  Su amor  hacia el poder era producto de su odio hacia el desorden y la corrupción. Todo esto lo ha destacado la temprana perspicacia de Carlyle.
                                                                                  


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