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lunes, 2 de abril de 2018

Haikus que extienden el infinito




Los amantes del haiku estamos de enhorabuena. La editorial La Isla de Siltolá siempre sorprende. Con su nueva colección nos conquista una vez más. Son libros pequeños, breves, livianos como la hoja seca de un árbol, guardables en el bolsillo del corazón.
Los amantes del haiku estamos de enhorabuena no solo por esta nueva colección, sino porque quien la estrena con Grillos y luna es nada más y nada menos que Susana Benet, la maestra del haiku español, tan oriental y tan occidental a la vez.
Ella ha sabido sorprendernos en cada haiku, cosa realmente difícil de lograr por lo reiterados que suelen ser los temas de tan brevísimos poemas. Pero Susana Benet, como dice el texto de Martín López-Vega que acompaña al libro, es capaz de concentrar el universo entero en diecisiete sílabas. Un universo en expansión constante es el haiku. Cada uno tiende al infinito.
Un hermoso libro con intensos poemas que conquistarán a todo tipo lectores, hasta a los hastiados lectores de poesía.
Seguidamente ofrezco una breve muestra de Grillos y luna.

Por la rendija
el filo de la luna
corta las sombras.
            *
Nadan tres ocas
arrastrando reflejos
hacia la orilla.
            *
La casa en obras.
Pedazos de mi vida
en los escombros.

domingo, 4 de marzo de 2018

La poesía que piensa



La poesía del colombiano José Manuel Arango (El Carmen de Viboral, 1937 – Medellín, 2002) carece casi de sonoridad, de bullicio, y, sin embargo, el silencio que sugieren sus versos nos llega a medida que vamos leyéndolos y crece en nosotros y se enraíza y nos atrapa. Una poesía nítida, limpia y con una profundidad que en cada verso nos lleva a reflexionar sobre los temas que va tocando, que no son muchos, pero a los que vuelve casi siempre.
Todo eso es lo que sugieren los poemas de la antología La sien en el puño, con la que la editorial Eolas estrena la “Colección Anfitriones”, dedicada a la poesía de autores hispanoamericanos y de otras lenguas que hasta el momento no han llegado suficientemente a los lectores españoles.
José Manuel Arango encabeza esta colección, aunque en España, su poesía ya había llegado para quedarse, desde que en el 2002 la editorial Palimpsesto diera a conocer La sombra de la mano en el muro, y en el 2009 apareciera su Poesía completa en Sibila.
La sien en el puño es una muestra más de la importancia que está tomando la poesía del poeta colombiano. El prólogo de José María Castrillón nos guía por los versos de José Manuel Arango, que en su aparente sencillez guardan unas referencias temáticas, culturales, que nos llevan a una tradición poética y mitológica que a simple vista pueden pasar desapercibida.
Recoge esta antología algunos poemas de Este lugar de la noche (1973), donde destaca el término “noche”, escenario que sirve como unión entre los ancestral y lo actual: “vagó toda la noche por calles desiertas / maldiciendo // alguien lo llamó por un nombre que no era el suyo / pero sabía que era a él a quien llamaban”. Sus versos ilustran lo ritual de una cultura, pero también lo enigmático y lo universal. También lo ancestral aparece en los poemas de Signos (1978), donde el tema erótico es el núcleo: “sus pechos crecen en mis palmas // crece su respiración / en mi cuello // bajo mi cuerpo crece / incontenible / su cuerpo”.
No solo los temas pueden llamarnos la atención en la poesía de José Manuel Arango, también el juego con los colores puede transmitirnos sensaciones de un mundo antiguo, pero al mismo tiempo nos habla de un paisaje urbano actual, violento y salvaje a la vez. Otro aspecto destacable es el impulso de los sentidos, su importancia para comprender la realidad de la que habla: “Oler es el primer acto del amor”. Unida a cada sentido está la palabra, la precisa palabra. El poeta no abusa de ella. Utiliza solo las necesarias y con pocas le basta para expresar el mundo que quiere.
En Cantiga (1987), la vida y la muerte son caras de la misma moneda: “ver el rectángulo de la tumba / reciente // —allí la hierba / es de un verde más oscuro más vivo— // y a la niña albina / que salta sobre ella jugando”. En algunos poemas de Montaña (1995), la muerte aparece como una perseguidora, una “mirona”, que vigila, que sigue al poeta. Hay un juego entre los dos. Se dibuja el juego del gato y el ratón (véase los poemas “Presencia” y “Página en blanco”). Por eso la muerte no aparece como algo trágico ni funesto, sino como una etapa más en la vida, un peldaño más, quizá el último, de la realidad que contempla el poeta. 
Su expresión, con su apariencia sencilla, contenida, se adelgaza al máximo para poder penetrar, como una aguja de cirujano, más fácilmente en nuestra conciencia y tocarnos en donde más nos emociona, en la inteligencia.
[Reseña publicada en la revista Clarín, nº 133]

lunes, 26 de febrero de 2018

Un lector aforista

           
Los buenos aforismos, como el vino, maduran con el tiempo, se quedan en nuestra memoria y nos siguen gustando. A veces, pasan a ser refranes que cita la gente, y en este caso, se olvida al autor. No podemos negar que un buen aforista ha de ser un gran escritor, con una pizca de filósofo, otra de poeta y, fundamentalmente, un gran lector. Estos tres requisitos cumple en gran medida el crítico y poeta José Luis García Martín, que ha reunido en Todo lo que se prodiga cansa (La Isla de Siltolá, 2017) una selección de los aforismos que estaban desperdigados desde hace décadas en sus libros y en sus reseñas. Ya en Días de 1989, su primer tomo de diarios, podemos encontrar gran cantidad de frases, paradojas, juegos de ingenio, versos memorables, reflexiones; todo productos de una mente lúcida y ácida al mismo tiempo. Me viene a la memoria ahora un ejemplo: “Amores: imposibles, que son los que menos cuestan y los que producen más rendimiento literario”.
            Todo lo que se prodiga cansa es un título que resume un toque característico del autor: experto en falsas modestias y en reírse de sí mismo. Experto además en tirar piedras contra su propio tejado, pues cómo es eso que siendo García Martín, crítico temido y admirado, pueda decir que “Nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica”. Vea el lector que esta afirmación es solo una muestra más de la falsa modestia del autor.
Decía más arriba que Todo lo que se prodiga cansa es solo una selección de los aforismos del autor seleccionados por sus amigos. No es una selección exhaustiva. Pienso que García Martín ha querido dejar fuera algunos para que sus lectores los encuentren. Y es que sabe muy bien que nada gusta más al lector que encontrar entre las páginas de prosa una frase brillante que nos descoloque, que nos impresione, que nos obligue a detenernos un rato, que nos obligue a pensar. ¿Quién no ha subrayado alguna vez una frase que a simple vista parece ser una más del montón, pero que al leerla reluce con una luz distinta a las demás? La subrayamos para que quede en nuestra memoria y nos ilumine un poco más.
            Estos dos últimos años no han sido especialmente descansados para mí, que no cuento con tiempo suficiente para enfrentarme a un libro que requiera un tiempo más prolongado para su lectura. Por eso un libro de aforismos puede saciar mi sed de lecturas cuando mi responsabilidad paternal y de estudiante me obligan a administrar a rajatabla cada hora de mi vida.  
Todo lo que se prodiga cansa, un volumen ideal para casos como el mío, es una amalgama en la que podemos encontrar una reflexión sobre poesía, crítica, viajes, libros, amigos, amores, etc. O simplemente un poema en forma de aforismo: “Una pluma en el viento: muerto el pájaro, no muere el vuelo”. Una paradoja: “Nunca se vuelve al punto de partida; ni siquiera después de dar la vuelta al mundo”, etc.
En esta preciosa edición –La Isla de Siltolá siempre publica bellas ediciones– podemos encontrar lo que buscamos. O como diría García Martín, hojeamos un libro de aforismos para que un aforismo nos encuentre.
            Si quien muchos libros ha leído ha vivido muchas vidas, tantas vidas como un viejo gato o como Matusalén tiene entonces García Martín. Cada semana, desde hace más de cuarenta años, comenta un libro, sin faltar ni una sola vez a la cita con sus lectores. En su caso, la literatura, y sobre todo la lectura, le ha conferido una salud de hierro. De ahí que en Todo lo que se prodiga cansa, las secciones que más destacan son precisamente las dedicadas a “Poesía y poetas” y “Acerca de la crítica”. De estas secciones compartimos los siguientes aforismos:
“Solo cuando llegamos al último verso del poema comienza el camino que lleva a la poesía”.
“La poesía, como la línea del horizonte, está siempre a la vista pero nunca al alcance de la mano”.
“La poesía nos abre los ojos, incluso cuando parece adormecernos la melodía del verso, nos muestra lo que no queremos ver, añade veneno al veneno del vivir. Es un poco de silencio en medio del estruendo del mundo o una caricia que esconde un puñetazo”.
“Sin capacidad de entusiasmo no hay buen crítico; sin un punto sadismo, tampoco”.
“Destrozar de vez en cuando un libro mantiene en forma al crítico”.
“Las obras maestras las terminan de escribir los críticos”.
“Para el buen discípulo no hay mal maestro”.
“Aprender a escribir es casi tan difícil como aprender a leer”.
“Solo me interesan los autores que, creyendo contar su vida, cuentan la mía”.

martes, 2 de enero de 2018

El paraguay del Doctor Francia visto por Carlyle


Thomas Carlyle
El Doctor Francia
Prólogo de Juan Carlos Chirinos
Traducción de Luis M. Drago
Renacimiento, Sevilla, 2017.

“La brevedad es, al fin al cabo, el alma del ingenio”, dice Thomas Carlyle y lo pone en práctica en este brevísimo y ameno libro sobre José Gaspar Rodríguez de Francia. Con su peculiar inteligencia, reflexiona sobre la identidad del dictador paraguayo, pese a la poca (y mala) información con que contaba. Doctor Francia fue publicado en 1843 y traducido al español en 1944 en Buenos Aires. Ahora descubrimos que esta obra ha sabido conservar el interés porque habla de uno los personajes más llamativos de la historia (y la literatura) americana: el dictador. El prólogo de Juan Carlos Chirinos se ocupa adecuadamente del tema.
            Las fuentes que utilizó Carlyle para su ensayo fueron un “pequeño libro” de los suizos Rengger y Longchamp; Cartas sobre el Paraguay y Reinado del terror del doctor Francia,  de los hermanos Robertson, y una oración fúnebre del reverendo Manuel Antonio Pérez.
            Carlyle, buscando ser parcial, eliminó las quejas de los Robertson, el “clamor incesante de denuncia constitucional” contra el “terror de Francia” y no se dejó llevar por las alabanzas del reverendo Pérez.
            El deseo del padre de Francia era que el joven Francia, que nace en 1764, se hiciera sacerdote. Pero Francia parece ser que no tuvo demasiado apego a la devoción divina. Aun así, lo envía al seminario de la Universidad de Córdoba (Tucumán). La curiosidad de Francia iba más allá de la teología, su genio o “llama azul”, como dice Carlyle, le impulsaba a estudiar de todo; “pasó de la teología al derecho”. Apareció en Asunción hecho un abogado, el mejor de su tiempo.
            Quien no sale muy bien parado de la crítica de Carlyle es el pueblo paraguayo, al que creía que no estaba listo para la independencia. “Es aquel un pueblo rudo que lleva una vida holgazana, de fácil y desaseada abundancia”. Según él, era imprescindible el uso del látigo, que no es otro que el rigor del futuro dictador, para purgar el espíritu de este pueblo.
            Carlyle imagina a Francia como un “hombre un tanto solitario, cabizbajo, predispuesto a aislarse aun en medio de la muchedumbre”. Francia tiene fama de “hombre de verdad, […], de rectitud de hierro sobre todo”, pero es un hombre justo. Con todo eso, tenía también un temperamento colérico, según Carlyle por causas hipocondriacas. Hubiera llegado a ser un digno canónigo o gran inquisidor si hubiera nacido un siglo antes.
            Como muchos, Carlyle veía que la Revolución Francesa tuvo influencia en la independencia de los países americanos. El Doctor Francia estaba al tanto de lo que pasaba en el viejo mundo, fue uno de los más activos en declarar, en 1811, la independencia del Paraguay, junto con Fulgencio Yegros, presidente del Congreso (como secretario estaba Francia).
Pronto el grupo que conformaba el nuevo gobierno se volvió corrupto. Francia, hastiado, se marcha al campo. Mientras tanto, en la capital, despilfarro y desorden. El pueblo no sabía entonces aprovechar y manejar la libertad en la que vivía. El cambio era inminente en ese panorama caótico. “Los ojos del país entero se vuelven […] hacia el único hombre de talento, hacía el único hombre de verdad que tienen”, el único capaz de traer el orden. En 1814, Francia se declara “dictador”, condición que dura hasta su muerte en 1840. Con él mejora el gobierno y la seguridad. Todo el mundo empezó a hacer su trabajo en vez de fingir que lo hacían. Organizó el país a su manera. Pagó y disciplinó a las tropas, mandó poner fortines por todos lados, sobre todo en las fronteras. Creó escuelas y puso salario a los profesores. Promovió la educación y reprimió la superstición. Se negó a aceptar donativos. Mejoró las calles de Asunción, haciéndolas más transitables. Con su acostumbrado rigor, luchó contra la chapucería en todos los rincones, espabiló a los religiosos del país, a los obreros (lo hizo con la llamada “horca del obrero”, que Carlyle denomina “institución social”). Si un zapatero fabricaba un zapato que no servía, se le hacía pasar varias veces bajo la horca, como prevención. Si volvía a fracasar, se lo ahorcaba. Dicha horca no dejó de producir beneficios en todo el país. Se prohibió contactar con el gobierno de Buenos Aires y con todos aquellos que no aceptaban la independencia del país. Descubrió que la tierra paraguaya podía dar dos cosechas al año y con eso progresó aún más la agricultura, de la que dependería el pueblo y no del comercio extranjero.
            No hubo queja, se vivía en paz, hasta 1819, cuando empezaron los rumores de una conspiración contra Francia. Ese año, el general Artigas, que antes era su enemigo, huye del general Francisco Ramírez y pide asilo al dictador y se lo concede. El ejército de Francia vence al de Ramírez en cuyo poder encontró una carta de Fulgencio Yegros, que encabezaba al parecer la conspiración contra Francia. Este, antes de actuar, investiga y espía, hasta estar completamente seguro. Luego mandó a fusilar a los conspiradores. Fueron tres los años, llamados de “terror”, lo que duró la conspiración. Para Carlyle, más que “reinado de terror” sería más bien “reinado de rigor”. Porque luego, los veinte años siguientes, se produjo la paz hasta la muerte del dictador.
            Francia llegó para inaugurar la independencia y con su gobierno fundó la identidad paraguaya. Con una personalidad singular, llamó la atención de todo el mundo sin haber salido de su país. Se convirtió en un mito. Vivió y murió pobre. No buscó el poder para enriquecerse, sino más bien para mandar y ser obedecido.  Su amor  hacia el poder era producto de su odio hacia el desorden y la corrupción. Todo esto lo ha destacado la temprana perspicacia de Carlyle.
                                                                                  


viernes, 4 de agosto de 2017

La zoopoética de Celia Corral Cañas


Las pequeñas editoriales nos suelen descubrir poetas pocos conocidos o jóvenes que están apareciendo en el mundo literario. A veces nos descubren voces que nos llaman la atención por su rigor, por su arte, por algo que ya notamos que suena a universal. Tal es el caso quizá de Celia Corral Cañas (Reinosa, Cantabria, 1987). La editorial asturiana Bajamar ha sabido ver el oro inédito que guardaba esta poeta y nos lo frece en La voz del animal bajo tu piel, un gran hallazgo.
Licenciada en Filología Hispánica, máster en Literatura Española e Hispanoamericana, Celia Corral Cañas es doctora en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, donde actualmente trabaja como profesora asociada. Ha obtenido varios premios en narrativa corta, como además el primer premio de Poesía José Hierro (2015) y el “III Premio Internacional de Poesía Jovellanos.” (2016), con su poema “La oscura intimidad de la medusa”, en el que utiliza la enumeración caótica –tan borgiana– y que resume perfectamente los temas y los mundos que la caracterizan.
La voz del animal bajo tu piel, como se lee en la contraportada,es un pequeño bestiario, una zoología poética”, donde “conviven criaturas” tanto de la realidad como de la ficción (de la literatura, del cine, del comic, etc.).
Se trata de una obra divida en tres partes, donde el verso que impera es el endecasílabo. La segunda parte está compuesta de haikus. Así dice uno de ellos: “Los grandes monstruos / que comerán tu carne / son diminutos”. O este que nos recuerda a Esopo, a Caperucita Roja, no sé, a mucha literatura contenida en tres versos: “Lección del zorro: / el bosque del amigo / se anda descalzo”.
La mirada sapiencial del búho que nos observa desde la portada es la mirada de Celia Corral, una mirada inteligente e intuitiva, como la de quien se deja guiar por lo innato y natural, pero al mismo tiempo también por lo misterioso y sorprendente. Los ojos de ese búho se fijan en los detalles pequeños y grandes, y en los que pasan desapercibidos y no menos importantes. En todo se fija y todo lo convierte en poesía. Por eso en este libro es difícil no encontrarse a uno mismo, no sentirse ese animal aludido, esa bestia o esa presa.
La mirada meditabunda, misteriosa y reflexiva del búho nos recuerda al famoso poema “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje” del mexicano Enrique González Martínez. Este soneto y en especial los tercetos quizá definan un poco más la esencia de la poesía de nuestra Celia Corral, que procura desentrañar la esencia de las cosas: “Mira al sapiente búho cómo tiende las alas / desde el Olimpo, deja el regazo de Palas / y posa en aquel árbol el vuelo taciturno… // Él no tiene la gracia del cisne, más su inquieta // pupila, que se clava en la sombra, interpreta / el misterioso libro del silencio nocturno”.
Nuestra poeta ha sabido escucharse a sí misma para hablar de los demás, por eso este libro conecta con nosotros desde el primer verso, que es una pregunta “¿Por qué los animales?”, porque eso es lo que somos. Instinto que piensa y teme y sueña. Algo de la medusa tenemos, cuya naturaleza, como dice Celia Corral, es venganza; pero también algo divino y cruel.
Tras la lectura de este poemario nos quedamos pensando que quizá en el fondo todo poeta es un animal, una bestia que de vez en cuando da zarpazos al lector para que espabile, para que abra los ojos y los sentidos y pueda percibir el mundo como lo perciben los animales, como el único lugar donde se puede no vivir, sino sobrevivir. De ahí que a veces se aprecie en este poemario una mirada ecológica y de supervivencia, y podíamos añadir de moralista, como en este haiku tan hobbesiano: “Es el humano / el peor animal / para el humano”.
Por qué no repetir también que hay poemas en defensa del animal, incluido el hombre como presa de los demás hombres. Lo hay, es un tema más que Celia Corral convierte en poesía. Su pensamiento no se aleja de lo social. Habla de los seres del océano, pero al mismo tiempo habla de nosotros, de nuestras luchas y vicios, de nuestras diferencias.
Celia Corral Cañas bebe de la poesía oriental en buena medida, de la Odisea, de Octavio Paz, de Borges, de Bécquer, de Miguel Hernández, de Juego de Tronos, de la inmarcesible piel de Khaleesi, de la sonrisa bonachona de Totoro bajo la lluvia, de los cuentos de hadas, del comic, de los seres que pueblan el planeta,… así seguiríamos hasta agotarnos. Lo repito, Celia Corral tiene mucho mundo.
Solo podríamos resumir la zoopoética de Celia Corral diciendo que con sus versos nos ha podido desenmascarar y aclararnos un poco más quién somos realmente. Por eso es inevitable no sentirse aludido en muchos poemas. Somos un animal rencoroso y peligroso para el mundo que habitamos y que nos habita, ese mundo interior que llevamos dentro y que a veces destruimos como un dios lleno de ira y confundido con el sentido de la vida, como una divinidad que carece de cerebro y corazón. Como dice Celia Corral en unos versos suyos, “todo ser es refugio o amenaza, / depredador  o presa, siempre estómago”, insaciable estómago capaz de devorarse a sí mismo. Como en muchos poemas suyos, el animal que habla suele ser un pez o un perro que es abandonado por su dueño o un gato que se escapa de la jaula; para esos animales, nosotros somos las bestias, como nos sugiere en el poema titulado precisamente “La bestia”.
La poesía de Celia Corral habla de problemas reales con un tono de ironía a veces (la insensibilidad del hombre ante el mundo que le rodea, el miedo que lo convierte en bestia temible, etc.). Sabe perfectamente quién es el animal al que debemos temer. Sus versos son dardos al corazón para que hagan efecto en la conciencia nuestra, son tentáculos de medusa, el hilo invisible que teje Ariadna y que lleva a la salida del laberinto en el que estamos perdidos.

jueves, 13 de julio de 2017

Breve que te quiero breve


Verdad y media. 300 aforismos
Antología de aforismos españoles del S. XXI (2001-2016)
Selección de León Molina
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017

 En estos últimos años, la presencia de libros de aforismos en las librerías ha ido en aumento. Muchas editoriales (Renacimiento, Cuadernos de Vigía, Tusquets, Devenir…) han decidido apostar por este género porque hay autores contemporáneos que dedican su tiempo a escribir aforismos y tienen muchos seguidores en los medios sociales. La mayoría de ellos son a su vez lectores habituales del género, como el poeta cubano León Molina (San José de las Lajas, Habana, Cuba 1959), quien en Verdad y media reúne los aforismos de más de ochenta autores. Este  libro es una selección de Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), publicada en la misma editorial, antología mucho más extensa.
Esta antología de una antología más extensa agrupa a aforistas contemporáneos, a muchos de los cuales podemos seguir en las redes sociales. Pienso en Andrés Neuman, Antonio Rivero Taravillo, Erika Martínez, José Luis García Martín, Lorenzo Oliván, etc. Ellos regalan al lector aforismos casi diariamente.
Sin duda, se trata de un libro que incluye a los mejores aforistas de hoy. La sabiduría de estos aforismos toca temas de arte, crítica literaria, filosofía (pienso en Manuel Neila), moral, ciencia (conocidos son los aforismos de Jorge Wagensberg), incluso los temas más cotidianos. El uso de la ironía es frecuente, y el lector lo agradece. En fin, los temas más variados se pueden encontrar en esta hermosa edición que cabe perfectamente en el bolsillo del lector.
Quizá falte una nota breve nota biográfica de cada aforista, algunos de ellos desconocidos. Supongo, que el lector lo puede googlear si descubre algún autor que le interesa especialmente.
Cada lector podrá encontrar el aforismo que le llegue y que le invite a continuar hasta llegar al final y sentir que aún tiene ganas de seguir. Y es que la riqueza de estos aforismos radica en la capacidad de hacernos reflexionar sobre el lenguaje, el hombre, la literatura y la vida misma, sin dejar de cautivarnos.
Termino con algunos ejemplos. Luis Arturo Guichard: «La próxima vez que alguien me hable de la grandeza en la derrota voy a apalearlo hasta que se sienta inmenso». Rafael del Hierro: «Si el placer es la salud del cuerpo, la alegría es la salvación del pensamiento». Miguel Ángel Arcas: «Se equivocan quienes piensan que lo real no hay que inventarlo». Karlos Linazasoro: «El desterrado posee más tierra que el tirano». Gabriel Insausti: «Puede que el matrimonio sea un error. Lo importante es que los dos cometan el mismo error». Karmelo C. Iribarren: «Frente al amor eres un niño con una espada de juguete».

 

                           [Reseña publicada en la revista Clarín, nº 129]

sábado, 4 de marzo de 2017

Diario de un lector


Avelino Fierro (1956), un escritor capaz de llenar con literatura cada día, se dio a conocer con Una habitación en Europa (Eolas, 2014), que recibió una gran acogida por parte de la crítica. Ciudad de sombra (Eolas, 2015), prologado por José Luis García Martín, sigue el mismo camino. Agrupa las anotaciones semanales del autor entre los años 2013 y 2014.
            En sus páginas, habla de los libros que está leyendo, de su vida cotidiana, de sus problemas médicos; cita poemas, fragmentos de prosa, aforismos, etc. Avelino Fierro lee poesía, novela, ensayo, filosofía, algún manual de pájaros, recetas de cocina... En fin, lee todo lo que encuentra. De lo clásico a lo contemporáneo. Y es la huella de su lectura lo que acapara las páginas de su día a día. Tanto que su diario es un diario de lector.
En Ciudad de sombra, tenemos la sensación que Avelino Fierro, al igual Borges, se enorgullece más por lo que ha leído que por lo que ha escrito. «Leer es la mejor higiene para combatir a los idiotas o desenmascarar el cinismo de los políticos, el pragmatismo imbécil, la prosa facinerosa de los psicopedagogos» (p. 194).
            No solo aparece el lector que anota y cita lo que lee, sino también el que reflexiona, el que opina sobre lo que lee, es decir, el crítico: «Entre 2008 y 2011, Paul Auster y J.M. Coetzee también se escriben cartas. […]. Deciden escribirlas, reunirlas y publicarlas. Parece obedecer más a una necesidad de publicar que de comunicarse. Traen a ellas asuntos de poco interés, buscan pretextos para parecer inteligentes o ingeniosos, aunque no lo consigan casi nunca» (p. 53). Más adelante, opina sobre Diario de un estudiante en Paris: «Gaziel nos transporta allí con su escritura de obligado periodista, pero sus reflexiones filosóficas, de alta política a veces, su lirismo, su pulcritud, su inteligencia para la anécdota mínima y para la categorización de situaciones que otros ni siquiera advertirían, sus descripciones con mirada abarcadora –como de urbanista, diría yo– y gráfica, nos hace ver y sentir y entender ese escenario irracional, ese mundo en bancarrota moral» (p. 316).  Entre sus variadas lecturas nos descubre nuevos diarios, como los del pintor Paul Klee. Nos deja su impresión personal, nos deja con el interés puesto en ellos. Opina sobre la situación política y sobre los políticos, habla de la música que le gusta, del arte, etc. La curiosidad de Avelino Fierro es inabarcable.
Su lectura preferida son los libros de poemas, y ese gusto ha llegado a contagiar su prosa: el uso de la personificación («Los árboles respiran lento a través de las últimas hojas de diciembre» p. 27), la metáfora, la descripción del paisaje que nos presenta como un cuadro pictórico, etc. Y es que Avelino Fierro, pese a sus problemas de espalda, escribe y describe bien, no solo acompaña a cada capítulo una ilustración por él mismo dibujado, sino además describe un atardecer o una mañana como si estuviera dibujando en prosa. Su ingrediente fundamental es la poesía, su prosa respira y transpira lo lírico por todos los poros. Avelino Fierro es un poeta que escribe en prosa.
Algunos personajes pasan por sus páginas, como por su vida, como figuras fugaces. Otros aparecen siempre porque forman parte de la vida del autor, como su mujer Mar, que también anota los viajes que realizan juntos, como las anotaciones de una estancia en Marruecos (es una enumeración de actividades casi caóticas, dan la sensación de que el tiempo ha pasado tan de prisa, como suelen pasar los días felices).
             Ciudad de sombra es el viaje por la vida de un hombre, que aunque no lo pretenda, nos trasmite su ilusión por el día a día. Es un escritor que nos deja ensimismados en su trajín.
            No tengo dudas de que Ciudad de sombra ha de tener el mismo, o incluso más, éxito que Una habitación en Europa. Fierro es un escritor que dice que no se siente escritor, pero los que le hemos leído podemos decir que es uno de los escritores más afables y carismáticos. Estaremos atentos a la tercera entrega de sus viajes por la vida y por la literatura, que para él serán la misma cosa. En la última parte de la entrevista que acompaña al libro, Avelino Fierro afirma que escribe diarios para que le quieran los lectores. No hay ninguna duda, es un encantador de serpientes.

domingo, 26 de febrero de 2017

Los haikus de Susana Benet


Este fin de semana he estado disfrutando de la lectura de La enredadera (Renacimiento, 2015), un libro de haikus reunidos de Susana Benet (Valencia, 1950). Es fácil escribir un buen haiku. Lo difícil es escribir un libro de haikus buenos. Pero Susana Benet lo ha hecho. Ha sabido guiar al lector (como a un gorrioncillo tras unas migas) de haiku en haiku hasta la última página y dejarlo con ganas. Con ganas de seguir leyendo más haikus. La relectura de La enredadera es todavía más deliciosa.  
Aquí algunos del libro:

Mientras te vistes,
yo cuento los botones
que nos separan.

           
Trénzame el pelo.
Que sienta los tirones
de tu cariño.

           
Señal de tráfico.
La mariposa vuela
Desorientada.

           
Nuestros abrigos
juntos en el perchero.
Tú y yo, tan lejos.

           
Un niño juega
a enterrar a su padre.
Día de playa.

           
Se posa el sol
en la taza de té.
Bebo la luz.

  
Todo el que entra
a admirar mi jardín
sale con flores.

 

 

viernes, 16 de diciembre de 2016

Jugar con fuego


 
Me preguntan qué libro publicado en este 2016 merecería ser destacado. Entre las mejores publicaciones del año, yo destacaría principalmente la recuperación en facsímil de los once números de la revista Jugar con fuego (Ediciones Ulises, 2016). Todos en un solo tomo. Una revista de poesía y crítica literaria, fundada y dirigida durante los años 1975 y 1981 por el poeta y crítico José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, Cáceres, 1950).
            Como una especie de Feijoo, radicado en un rincón de Avilés, se mantuvo al tanto de todas la novedades literarias. Para ser más exactos, no solo dirigió la revista, sino que escribió en gran medida todo el contenido, especialmente en los primeros números. Pero la parte crítica, que era (y sigue siéndolo hoy) la más destacada, estuvo íntegramente a cargo del genio de García Martín. Las reseñas llevaban la firma de Alfonso Sanz Echevarría y Bernardo Delgado, dos de los heterónimos del José Luis García Martín. Al principio nadie sabía que esos dos nombres eran los heterónimos de García Martín, un escritor pessoano, capaz de imitar los estilos de cualquier poeta. Un poeta camaleónico. Por suerte, hoy tenemos la ventaja de contar con las aclaraciones de Pablo Núñez, que hace la introducción del facsímil, para evitar hacernos un lío con los pseudónimos, lío que seguramente tuvieron los lectores de los años 70.
            La crítica de García Martín en estos últimos cuarenta años de poesía española se ha vuelto no solamente válida y objetiva, sino necesaria para el lector y también para el escritor mismo. Jugar con fuego quizá sea la obra maestra de García Martín. En ella se hizo conocer el primer libro de Víctor Botas y estudios sobre la poesía de autores del 50 y del 70 (como Ángel González, Ángel Crespo, José Ángel Valente, Francisco Brines y tantos otros) que forman parte ya de la historia de la literatura española contemporánea. Pero además en sus páginas aparecieron los poemas de Juan Luis Panero, Juan Gustavo Cobo Borda, José Kozer, etc.
            En el epílogo del facsímil, García Martín confiesa: «En Jugar con fuego, una revista que no dependía de nada ni de nadie, jugué a decir lo que muchos pensaban pero nadie decía, o solo lo decían en voz baja y entre amigos» (pág. 785). Lo cierto es que García Martín es uno de los últimos de su especie, un crítico valiente, de los que no venden gato por liebre al lector. Por eso es uno de los críticos más admirados (y temidos) de España. Con Jugar con fuego empezó todo y sus páginas siguen encandilando al lector de hoy en día. Como ayer mismo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Tras las «migas» de Gabriel Insausti

 
Ya se sabe que los libros de aforismos no se leen, se picotean. Después de la lectura de cada aforismo, el lector ha de detenerse a pensar, a reír, a hacer algo o no hacer nada, pero no seguir leyendo inmediatamente para no atragantarse (lo recomendable es leerlo acompañado de un vaso de algún líquido, lo ideal sería agua o vino) o simplemente para evitar caer en el tedio.
Se sabe también que el aforismo es una forma de creación cuyo auge se vio impulsado por la lectura fugaz de los usuarios de las redes sociales. Anteriormente solo lo podíamos encontrar metido, como virutas, en medio de textos.
La mayoría de los escritores que utilizan las redes sociales publican de vez en cuando frases ingeniosas. Como el poeta Carlos Marzal, Karmelo Iribarren, Felipe Benítez Reyes, Manuel Neila, Enrique García-Máiquez, el cubano León Molina, etc. Todos ellos han recogido esas ocurrencias en libro. Pero hay muchos otros que no publican libros de aforismos y, sin embargo, suelen dejar entres sus prosas o poemas alguna línea para que el lector se sorprenda al leerlo, maestros como, José Luis García Martín (en alguna página de sus diarios leemos: «También para el amor propio debería existir el divorcio») o Javier Almuzara (en su maravilloso Catálogo de asombros abundan frases como «La belleza es imperfección con encanto»).
Este nuevo escaparate de las redes sociales ha llevado a algunas editoriales a crear una colección expresamente dedicada a este tipo de escritos. Solo por citar algunas: Renacimiento, Cuadernos de Vigía, La Isla de Siltolá. En esta salió publicado El hilo de la luz, del poeta y narrador Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), el último libro de aforismos que acabo de leer.
Los aforismos de Insausti, como la mayoría de los que he estado leyendo, oscilan entre la reflexión, la ocurrencia, lo chistoso y lo paradójico, a veces con un toque poético. Insausti es uno de los pocos autores de frases cortas que merece ser llamado aforista. Su libro, lleno de gracia, y buenas ocurrencias, es uno de los mejores libros de aforismo con los que he podido toparme. He aquí algunas «migas» como los llama el autor. A ver si te llevan, querido lector, hasta El hilo de la luz:

«¿Distraído? Es que estoy atento, pero a otras cosas».
            *
«Hacerte feliz, no: acompañar tu felicidad».
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«A veces el mejor insulto es una simple descripción».
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«En el poema es primero la cirugía y después el organismo».
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«El rencor es un boomerang».
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«No se pierde la fe, se cambia de dioses».
            *
«El que nunca ha tirado una piedra, que tire la primera piedra».
            *
«Pero, ¿cómo va a pensar claro un tipo llamado Confucio?».
            *
«Hay cosas de la vida en que buscar es el camino más rápido y seguro para no encontrar».
            *
«Las personas, al contrario que los objetos, cuanto más cerca se ven más pequeñas».
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«OBSTÁCULO: (sust.) dícese del pretexto que concedemos a nuestra pereza».
            *
«Cuando el amor se marchita cambiamos de amante. Quizá deberíamos cambiar de amor».
            *
«Envejecer es un lento striptease».
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«La mosca está convencida de que el tozudo es el cristal».
            *
«Lo increíble es que sea el periodismo el que tenga mala prensa».
            *
«El buen maestro enseña a no necesitar maestros».

 

 

 

domingo, 21 de agosto de 2016

Carlos Bazzano en busca de la musa perdida


La poesía es una búsqueda del hombre a sí mismo como también un diálogo consigo mismo. Eso es lo que nos enseña Ñasaindy, cuadernillo de dieciocho poemas (con ilustraciones de Charles Da Ponte) y una muestra de lo más nuevo que ha publicado hasta ahora el poeta paraguayo Carlos Bazzano (Asunción, 1975).
Ñasaindy (vocablo guaraní que significa “luz de luna”) describe el mundo del poeta en dos días. Nos ilustra sobre su hábitat, sus miedos, sus sueños, el transcurrir de su vida en la ciudad. Aborda temas como la muerte, la soledad, el paso del tiempo (véase el esquema del cuaderno dividido en “Noche”, “Mañana”…), el amor, la desesperación ante el vacío y el silencio, etc.
El tema predominante es la soledad, a la que describe como algo visible, palpable, como si fuera de carne y hueso. En el poema “Habitación”, nos dice la soledad que siente ante la ausencia de la amada. A eso parecen aludir las palabras: “silencio”, “sin futuro”. Destaca la omnipresencia del término “silencio” en los poemas, con él sugiere la soledad, la muerte, la ausencia de la inspiración.
En “Tiempo roto”, la soledad lo acompaña en forma de la hija que nunca tuvo su amada y él. Con la hija imaginaria desayuna todas las mañanas. Ella le despierta y le ofrece el día como algo imposible de rechazar. Se levanta porque ha de hacerlo. Bazzano sabe que la “ciudad enferma” le espera fuera. Y todas las mañanas, antes de salir a la calle, busca los ojos amados, las llaves para abrir el día y que entre la luz. Se va a la calle con las manos vacías, va a buscar poesía y vuelve con algunos versos. La realidad es su mina de oro.
La poesía de Bazzano nace de la realidad misma. En el primer poema (“Amanece”) nos quiere hacer entender que la realidad es el agua fría con que la Vida nos despierta cada amanecer. La inspiración la busca Bazzano observando el mundo sentado en una plaza y al mismo tiempo se observa a sí mismo dialogando con sus pensamientos.
Debemos destacar el lenguaje llano que utiliza Bazzano, el tono coloquial e íntimo. A veces parece que está susurrando su desesperación. Procura que la poesía se contagie del mundo real, de ahí el lenguaje de la calle.
Pero su poesía es de una sencillez engañosa. No nos dice siempre lo que creemos leer. Debemos detenernos a pensar en lo que nos sugiere cada poema. Por ejemplo, en “Una paloma” la paloma muerta no alude acaso a la paz mundial —aunque tampoco lo podemos descartar—, sino a la paz del hombre que nos escribe estos versos. La paloma simboliza para Bazzano la palabra misma. Yo llegaría a creer que el poeta muchas veces encuentra que el público o “el barrendero” desprecian, no valoran sus versos. Los tiran en la basura porque no saben su valor. ¡Cuántas cosas nos sugieren los poemas de Bazzano! Y es que muchas veces en poesía, lo que leemos es solo la punta del iceberg.
Si hablamos de realidad, no podemos olvidar Asunción, ciudad en la que vive el poeta. Una ciudad no solo estancada en la realidad, sino, como algunos repiten, estancada en el tiempo. En estos poemas, la ciudad respira como un ser humano. Esta le obliga a correr como un caballo sediento, cargando como su conciencia, hasta llegar cansado a casa. Ni siquiera su ciudad lo entiende. Por eso, el poeta se desespera. Se siente incomprendido en su terruño. Se da cuenta de que tampoco él, el poeta, entiende a su ciudad y de que para sobrevivir se ha de guiar por los instintos. La ciudad es una especie de selva donde él es un animal que para salir adelante se guía por el instinto, instinto poético, aquella voz que nace de forma innata desde lo más profundo de su ser.
            En “Oiméneko” (“Quizá”), uno de los poemas en guaraní de Ñasaindy, el poeta parece resignarse ante el paso del tiempo. Sabe que todo es pasajero aunque parezca eterna una enfermedad, el hambre o la alegría. Bazzano se pregunta por eso “Oiméneko sapy’ánte oikarãi mborayhu” (“Quizá solo a veces araña el amor”). Bazzano sabe, como diría Borges, que un idioma, en este caso el guaraní, es “un modo de sentir la realidad”. Por ese motivo usa además su otro idioma, quizá el que más le acerca a la realidad paraguaya.
            El poema “Madrugada”, prosa poética, es uno de los más logrados del libro. Aquí Bazzano, convierte la soledad, mejor dicho, la presencia invisible de la amada en poema (“me hablás, y sé que estoy ante un poema […] te miro poema, me mirás, y te susurro poema”). Quizá era eso lo que tanto buscaba, lo que lo volvía loco: la soledad en la que le deja la musa que al final aparece convertida en un poema. Destaca en estos versos el juego de contrastes: “Tus ojos que no están me observan fijamente […] tus labios que no están se acercan a mis labios […] tu piel que no está eriza mi piel […]”.
Cuando acabamos de leer Ñasaindy, nos queda en la conciencia la sensación de que los dos días que narra el poeta describen la búsqueda de la poesía. Ese era su objetivo. Nos lo dice claramente en “Monólogo”: “Quizá tras los golpes aparezca la poesía, a la vuelta de la esquina, invitando a un abrazo”. La poesía como esperanza, como salida, como camino, como la luz de luna que se extiende sobre nuestra conciencia. La poesía que Carlos Bazzano busca y encuentra como Ñasaindy.
A continuación algunos poemas del cuaderno:

Una paloma

Recuerdo una paloma muerta
aquí en esta plaza
una tarde como hoy
Estuve mirándola
hasta que un barrendero la tomó de un ala
y la arrojó al cesto
de basura
yo era un duro mendrugo de pan
todas las palabras eran una paloma
 

Insomnio

Una vez me casé
No nos casamos ante ningún dios
No nos casamos ante ningún estado
No hicimos promesas vanas
Solo fue un cruce de miradas
Y luego fue difícil no dormir juntos

 

 

domingo, 24 de julio de 2016

Un cuentero paraguayo: Marco Flecha Torres


            Oriundo de Tacuati (Paraguay), Marco Flecha Torres debuta con su primer libro Chorritos (Cospel, Resistencia, Argentina), un volumen de catorce microrrelatos. 
La historia de Marco Flecha Torres es también la historia de muchos niños paraguayos, niños que crecieron al calor de las historias que les contaba el abuelo, la abuela (como en el relato “Superstición”) o viajeros sedientos que recorren de a pie todo el país, buscando ese algo que nunca encuentran y cuentan historias a cambio de un vaso de agua. El autor nos explica todo eso en el prólogo al libro: “Me hice comunicador, animador y sobre todo cuentero. Y contando cuentos llegué a Sevilla a seguir transitando por estas geografías de la ficción y la realidad…” (pág. 9). Nada más leerlo nos damos cuenta de que el autor parece realmente un personaje más de la literatura. Su biografía también es una historia apasionante y merece ser contada y escrita.
Con los relatos de este breve libro, descubrimos a un autor que al parecer no solo es bueno en la narración oral; también descubrimos a un escritor que tiene madera de narrador, que ha leído y vivido mucho.
Marco Flecha Torres, como una especie de rapsoda, bebe del origen mismo de la literatura, de la oralidad. Y como un verdadero cuentero ha viajado por el mundo, como los sedientos caminantes que recorrían todo el Paraguay. Marco Flecha Torres ha tenido el mismo destino. Solo que él parece saber lo que está buscando, que es deleitar al oyente. En este caso, al lector que no puede asistir a los encuentros que organiza. Justamente en el mes de agosto volverá a Paraguay y pasará también por Argentina para seguir contando cuentos.
Un detalle que quiero anotar antes de seguir. En Paraguay, el término “cuentero” (como en España “cuentista”) tiene connotaciones peyorativas, se dice de la persona chismosa. Pero Marco Flecha Torres es un cuentero en el buen sentido de la palabra, claro está.  
Algunos de los relatos que componen Chorritos (Un gotero de relatos) hablan de la emigración, como “Ostracismo” y “Los oficios de la vida”. Contados con un tono irónico, a veces anecdótico, podemos ver en ellos una crítica a la sociedad.
Unos de los personajes muy recurrentes de la literatura paraguaya es sin duda Alfredo Stroessner, que aparece muchas veces como villano, por más que tome otra apariencia, como la del Doctor Francia, en Yo el Supremo. En el relato “El gran cartel”, de Flecha Torres, se hace hincapié en la influencia de Stroessner que aún existe en la sociedad paraguaya, sobre todo en lo político. Lo que este relato nos quiere decir es que la sombra del dictador es alargada y sigue oscureciendo el rostro del país. El pueblo no ha podido liberarse por completo de sus tentáculos. Se hace referencia a la destrucción de aldeas para construir sojales: el tema de la soja suele estar relacionado con la figura del dictador, o al menos con los que siguen hoy en día su política. Lo cierto es que Flecha Torres demuestra que se preocupa ante todo por los temas sociales. De ahí que en muchos de sus relatos se inspire en cuestiones que aquejan a la sociedad desfavorecida, de ahí que a veces su literatura parezca anecdótica. Pero su relato solo es la punta de iceberg de lo que nos quiere decir. Su mirada objetiva va más allá de lo acontecido. Tiene un trasfondo histórico muchas veces, como el caso de “El gran cartel”.
En mi opinión, los relatos más cortos de este libro son los más logrados; los que más nos sugieren y nos hacen pensar e imaginar. El autor pretende que el lector complete la historia, quiere que nosotros también participemos. Destaco, por ejemplo, “Aleteos”, un relato con un final que da sentido y encaja y se une con el principio del relato. Léanlo ustedes mismo:

“Cruzaron mariposas negra sobre nuestras cabezas. Cientos, miles iban aleteando, como si salieran de alguna aldea de mariposas negras. Trazamos con la mirada un camino hacia su naciente. Vimos el humo tras su vuelo, y más abajo, al terminar la parábola, el fuego sobre el techo de paja de nuestra vecina. De allí brotaban”.     
 
Hay otros microrrelatos que tienen imágenes metafóricas que suenan a poesía, como “Abril”:
 
“La primavera llegó con un temporal. Los vientos agitaron árboles y nos empapamos de flores”.
 
Marco Flecha Torres, un artista hecho a sí mismo, un trotamundos, un viajero de la palabra, de la literatura esencial, pero también una voz que quiere hacernos pensar, pero sin olvidar sacarnos alguna sonrisa en cada cuento. Vale la pena buscarlo y leerlo. Puede que un día pase por vuestra casa y os cuente su historia, su historia de caminante.