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domingo, 13 de mayo de 2018

Un poeta clandestino: Jacobo Rauskin


Jacobo Rauskin
Poemas selectos
Pre-Textos, Valencia, 2018


     Algo de razón tenía Augusto Roa Bastos cuando afirmó que Paraguay es una isla rodeada de tierra. La tierra, ese silencio, que todo lo puede enmudecer, excepto a la poesía, voz que vuela imperecedera. Y la poesía paraguaya va llamando cada vez más la atención de editores, librerías y estudiosos. La presencia de Jacobo Rauskin (Villarrica, Paraguay, 1941) en el panorama español se hizo esperar bastante. Finalmente ha valido la pena esa espera, aunque lo que nos ofrece Poemas selectos solo es una muestra de su calidad poética, confirmada por más de veinte títulos, entre los que destacan Jardín de la pereza (1987), Adiós a la cigarra (1997), El dibujante callejero (2002), Esa mansa tristeza (2012), etc.
     Según nos explica el autor en el breve prólogo, Poemas selectos reúne los poemas que a lo largo de los años han ido ganando la preferencia de los lectores. Por tanto, el antólogo es el público que ha podido seguir la obra del poeta paraguayo. Los poemas no están ordenados por orden cronológico ni se menciona el libro al que pertenecen. En mi opinión, es un acierto este criterio. Y es que leemos esta antología no como una antología, sino como un libro nuevo y unitario, prescindiendo de los molestos datos y fuentes que a veces acompañan a los poemas y que más que orientar, desvían la atención de nuestra lectura. Si el lector tiene curiosidad, podrá googlear cualquier duda sobre el autor y sus obras.
    Poeta de larga trayectoria, Premio Nacional de Literatura de su país en el 2007 por Espantadiablos, Jacobo Rauskin ha sabido mantener el equilibro entre el rigor artístico tradicional (se nota la influencia de los poetas del Siglo de Oro y sobre todo la poesía popular tradicional hispana) y el verso más o menos libre (seguramente que él nos diría que el verso libre no existe, que cada poeta tiene un ritmo, sus trucos a la hora de escribir un poema).
     Tradición y modernidad van de la mano en la poesía de Rauskin, una poesía que tiende a la brevedad, a la síntesis y a la sugerencia. A los poemas de tema amoroso le da otro aire para que nos suene como a un sentimiento nuevo, recién sugerido. Su voz fluye tan natural y transparente –sin abusar siquiera del colorido adjetivo– como las limpias aguas del “arroyito”, que describen algunos de sus poemas, ese locus amoenus que nos recuerda a Garcilaso. De esta manera, Rauskin retoma lo clásico para hablar de lo nuevo, con un lenguaje claro, tono calmado y, en ocasiones, irónico, sobre todo en los poemas sociales y políticos. Este tono irónico quizá sea el toque que lo diferencie de otros poetas paraguayos. Leemos los poemas y escuchamos la voz de Rauskin pero a la vez nos deja que oigamos los ecos de sus maestros, por ejemplo, el de Santa Teresa de Jesús en los versos que dicen: “Y de tan alta huelga espero / que huelgo porque no huelgo”. Parece difícil no caer en la tentación de creer que estamos ante una poesía demasiado sencilla. No nos engañemos, se trata de una poesía de complicada sencillez, de una maestría que se ha ido puliendo a lo largo muchas relecturas y reescrituras, a fin de conseguir que los poemas parezcan como si los acabara de inventar el lector en el momento en el que los está leyendo.
     Puede que hablar de amor sea una forma de evadirse de la realidad, pero Rauskin sabe que lo amoroso no le hará olvidar que “Silvia”, la mendiga que recorre las calles asuncenas, “con su teatro portátil, cómico y callejero / se gana el pan y sigue andando”, porque la quietud, el estatismo es la muerte en un país donde nadie socorre a nadie. Junto al tema amoroso, en esta antología destacan los poemas que describen problemas sociales. Deambulan por estas páginas personajes cuya vida no es precisamente fácil. En su poesía hay una crítica no solo a los gobernantes, sino a toda la sociedad que parece dormida.  Merece la pena detenernos en la serie “De las manos vacías”, cuyo título ya nos sugiere la pobreza y la miseria. En ella se critica al sindicato que no ha sabido defender al campesino paraguayo, “campesino sin tierra”. ¿Y qué es un campesino sin tierra? Un hombre sin alma.
        No solo el paisaje del lugar ameno se descubre en algunos poemas, Rauskin, que se define a sí mismo como un pintor de la realidad, también describe el paisaje urbano: el bullicio que como un smog transpira la ciudad, que no es más que una trampa de ratones y seres marginados, la ciudad como laberinto, de donde es difícil salir; la ciudad que va oprimiendo y exprimiendo al mismo tiempo a los mendigos, a los huérfanos, a los protestantes, a las mujeres embarazadas que vagan abandonadas (“Futura madre […] / Yo veo amor herido en su manera de andar”). El tiempo para estos seres es cíclico. Termina y vuelve a empezar (“Horas o cosas, todo en círculo: / un pensamiento, un vaso de agua, la noche / con el viento redondo de un ventilador”).   
     La realidad circular, la monotonía, la muerte y el hambre personificados en la gente que el poeta ve pasar en su día a día, son los temas que llaman su atención. Pero el amor está en primer lugar, el libro empieza con este tema. Me quedo con algunos versos finales de estos poemas amorosos: “Refugio”: “Tú, con los pies desnudos; / yo, con mi amor descalzo”.  “Noche nuestra”: “Desnuda, me iluminas”. “Confesión”: “Rozando, a veces, la vigilia / y, a veces, algún cuerpo”.
                                                                               
[Publicada en la revista Clarín, nº 134]

martes, 5 de septiembre de 2017

La poesía afrodescendiente en Paraguay


Mario Casartelli
Kamba a’ã (Fruto del alma de la negritud)
Editorial Servilibro, Asunción, 2017

Unos de los primeros grandes protagonistas del Paraguay fue José Gaspar Rodríguez de Francia (1764-1840),  que forma parte del grupo que firma la independencia del país en 1811. Durante su mandado aisló al Paraguay, alejándolo de toda influencia extranjera. Estaba prohibido salir y entrar del país; pero hizo una excepción, recibió al general Artigas como exiliado político. Con él entraron al Paraguay algunos descendientes de africanos. De ellos, de los afrodescendientes hablan los poemas del poeta paraguayo Mario Casartelli (Asunción, 1954) en su libro Kamba a’ã (Fruto del alma de la negritud), unas crónicas en verso.
Un claro tono histórico caracteriza al volumen, pues Casartelli se inspira en historias verdaderas de esclavitud, algunas recogidas en libros de Josefina Pla, el cubano Fernando Ortiz o Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Pero también de las memorias de los habitantes de la comunidad Kambakua, donde viven los descendientes del grupo de personas afrodescendientes que entró al Paraguay acompañando a Artigas.
Casartelli ha llevado el lenguaje de la historia no solo a la poesía, sino también a la música. Así es más fácil revivir historias de la esclavitud ignoradas por muchos. El poeta las saca a la luz con nuevos sones, les da voz para que el lector de poesía se acerque a unos hechos que marcaron el Paraguay, donde también existió la esclavitud.
Amante del ritmo y la rima, Casartelli, con un lenguaje llano, mezcla poemas en español y en guaraní, incluso con algunas palabras africanas; nos trasmite un mundo que a muchos paraguayos les parecía lejano pero que sin embargo lo tenían –lo siguen teniendo- cerca, justo encima de la tierra que pisan y les da de comer.
Poeta en español y en guaraní, cantautor, periodista y también dibujante durante muchos años en el diario paraguayo Última Hora, Mario Casartelli ha recorrido América, Europa y Medio Oriente llevando su música y su poesía. Uno de sus últimos trabajos periodísticos son las crónicas Palestina: la llave entre las piedras.
Al igual que Georgina Herrera en Cuba defiende la identidad afrocubana, Casartelli en el Paraguay le pone voz a este grupo de gente, cuya cultura se ha mezclado con el guaraní enriqueciéndolo y enriqueciéndose identitariamente. Muchos de ellos también hablan en guaraní, hoy son paraguayos, pero eso no les evita seguir sufriendo marginación. Tienen los mismos problemas que los campesinos: la lucha por la tierra, por el trabajo, por la salud, por la vida. Bajo la tutela de Gaspar Rodríguez de Francia vivieron en paz y en un terreno donde cultivaban la tierra y seguían sus costumbres, traídas desde el otro lado del mar. Pero esa momentánea tranquilidad no duró mucho. Los siguientes gobernantes fueron desarraigándolos. Hoy en día siguen luchando por un puñado de tierra, como tantos otros paraguayos. Eso es uno de los temas fundamentales del libro de Kamba a’ã. Casartelli canta la resistencia de este pueblo de afrodescendientes.
No solo utiliza la poesía para que la historia de esta gente reviva en la memoria del pueblo, sino que a la mayoría de poemas le ha puesto música, que se puede escuchar en el álbum Tres mujeres tres tambore). En ese cd aparecen musicados poemas como “Ellas son”, “Mama Bernardina”, “Ubuntu” o “Mujer”, que debería ser un himno en Paraguay, un país matriarcal pero fuertemente machista. Como Rafael Barrett defendió los derechos de la mujer paraguaya a principio del siglo XX, en este poema se enaltece su fortaleza, pero también la sabiduría y el inmenso amor de las paraguayas: “Después de tanto ser mujer / mujer sin tregua y sin cuartel, / después de largo recorrer, / después de tanto padecer, / mujer, gracias por ser, mujer, te quiero merecer”.
Infatigable, Casartelli busca deleitar al lector y al oyente con su voz. Sus versos entran por los ojos y los oídos, y golpean el corazón del lector para dejar su eco retumbando en nuestra conciencia. Ese es su arte, dar su voz a los callados.

[Reseña publicada en la revista Clarín, nº  130]

sábado, 4 de febrero de 2017

Paraguay y los Papeles americanos de Cobo Borda


 
El poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948), bajo el título Papeles americanos (Instituto Caro y Cuervo, 2015), reúne ensayos y reseñas sobre escritores que marcaron con sus obras la literatura hispanoamericana del siglo XX. Este volumen, un homenaje de un lector a los autores que más admira, es el resultado de una relectura, de una vuelta a los grandes maestros. Un viaje literario que empieza con los argentinos Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato. De este último, traza su semblanza y hace una concisa reflexión sobre su trayectoria literaria. Luego pasa a los chilenos Pablo Neruda y Nicanor Parra. Destaca en primera línea la influencia de Altazor (1931) en los antipoemas de Parra. Compara a Octavio Paz y Julio Cortazar en sus centenarios, los dos nacidos en 1914, los dos admiradores del Che Guevara, los dos apasionados por la pintura, los dos excelentes traductores. Relee además a Carlos Fuentes, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Cabrera Infante, Ernesto Cardenal… Sobre todos ellos escribe y reflexiona y como resultado nos ofrece una lectura amena, no academicista. No quiere demostrarnos que es un erudito (aunque lo sea), un maestro y un gran lector. Lo que pretende es precisamente una conversación entre lectores para ofrecernos nuevos puntos de vistas, nuevos autores, olvidados algunos, inolvidables otros. Rescata nombres menos conocidos, como el de Rubem Fonseca y su obra El seminarista. Relee las obras del brasileño Mario de Andrade, como Macunaíma, un héroe sin carácter, al que considera como un “libro grande e inclasificable donde la selva y la ciudad son los polos de este delirante viaje” (p. 107). Es importante subrayar además “Presencia árabe en el caribe colombiano”, un estudio en el que rescata los nombres fundamentales de autores colombianos de origen árabe: Luis Fayd, Meira Delmar, Giovanni Quessep, Raúl Gómez Jattin… Menciona asimismo la presencia árabe en la vida de Gabriel García Márquez, cuya infancia (y toda su obra) estuvo marcada por la lectura de Las mil y una noches. “García Márquez de algún modo tenía, en su hogar, su cocina y su lecho, una vinculación inmediata con el mundo árabe y su cultura” (p. 130). En “El café, la universidad de Álvaro Mutis”, Cobo Borda ofrece una breve historia de las figuras literarias que de alguna manera se hicieron escritores y poetas en las tertulias de los cafés bogotanos, autores como Ricardo Rendón, Luis Tejada, León de Greiff y, sobre todo, Álvaro Mutis, una de las figuras que luego destacaría en el exilio.  
            En Papeles americanos, Juan Gustavo Cobo Borda observa  Paraguay a través de las crónicas de Germán Arciniegas, cuya prosa sigue cautivando a los lectores porque “se mantiene viva, alegre, batalladora” (p. 152). Al releer las crónicas y ensayos de Arciniegas sobre Paraguay, Cobo Borda destaca la curiosidad de su compatriota y sobre todo la amistad que unía a Arciniegas con el expresidente paraguayo, Juan Natalicio González (1897-1966), que también era poeta, novelista y un destacado ensayista. Arciniegas, invitado por el entonces presidente, llega a Asunción y “descubre la riqueza vital y creativa del pueblo paraguayo” (p. 152). Profundizará así en la historia del país y se maravilla con la fortaleza de las mujeres paraguayas, que reconstruyeron el país, arruinado después de la Guerra de la Triple Alianza. (Lo mismo le había pasado a Rafael Barrett y hace pocos días el propio Papa Francisco enaltecía a nuestras madres).
Se resalta la figura de un escritor metido en política, como la de Juan Natalicio González, que no solo destaca por haber sido presidente durante cinco meses, sino además nos recuerda a otros autores que fueron tentados y se metieron en el mundo político (Juan Bosch, Rómulo Gallego, Vargas Llosa...).
Juan Gustavo Cobo Borda descubre por así decirlo a Juan Natalicio González, uno de los autores paraguayos que no solo perdurará en la historia de Hispanoamérica por haber sido uno de los primeros escritores en ser presidente de un país americano, sino sobre todo por su importante afán de divulgador cultural como editor de las editoriales “India” y “Guarania”. Juan Natalicio González “divulgó en Paraguay, Argentina y México [y en toda Hispanoamérica] los escritos de los cronistas de Indias y los estudios de Gomperz sobre los pensadores griegos en tres tomos y la gran historia de la filosofía griega de Zeller en seis tomos” (págs. 153-154).
Con este mapa literario que es Papeles americanos, Cobo Borda nos invita a seguir su camino, a releer a nuestros clásicos hispanoamericanos, y volver también la mirada hacia autores olvidados, como el propio Arciniegas o Juan Natalicio González, cuya prosa también sigue vigente y viva, aunque se haya mantenido un poco olvidada. Sin duda alguna, fue uno de los preclaros y más lúcidos prosistas que dio el Paraguay. Rescatar su figura siempre viene bien para hacernos recordar que tuvimos líderes con un nivel cultural y humanista que merece nuestra admiración.

domingo, 30 de octubre de 2016

La poesía de Mónica Laneri



La poesía, la joven poesía paraguaya, todavía está por descubrir para los propios lectores paraguayos. En este siglo XXI, van apareciendo nuevas voces que pueden ofrecernos un testimonio del tiempo que nos está tocando vivir. Notamos la búsqueda de nuevos estilos. Lejos queda ya la mirada modernista que tanto ha influido a los poetas paraguayos. No estaba mal, pero a la larga se volvía cansina. Hoy nos encontramos frente a una generación que busca experimentar nuevas maneras de hacer poesía. Para ello dejan de imaginar un mundo ideal y alejado de la vida cotidiana. Ahora la realidad presente acapara la poesía, no necesariamente de tema social, es decir, combativa y patriótica. Lo que se percibe es una poesía  que acapara las calles, las plazas, los bares, y a veces las escuelas y colegios. Eso se está viendo en Asunción. Es la señal de libertad poética. Se está perdiendo el miedo y la timidez (como se dice en Paraguay: lo koygua) a expresarse. La seguridad en sí mismo es señal de libertad.
Una de las voces de la nueva poesía paraguaya es sin duda Mónica Laneri (Asunción, 1971), que acaba de publicar Razón psiquiátrica (Servilibro, 2016), con prólogo de Osvaldo González Real e ilustraciones de Diego Pusineri. No es el primer libro de Laneri, entre sus obras podemos citar Versos horizontales (2001), Eras dios y te hice hombre (2003), etc.
Si en el siglo pasado el modelo principal para el poeta paraguayo eran Rubén Darío y otros poetas modernistas, ahora la influencia viene de la misma cantera paraguaya (Susy Delgado, Renée Ferrer, Herib Campos Cervera, Elvio Romero…), sin dejar de lado a los poetas extranjeros, como Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Leopoldo Panero, Benedetti, y la presencia de Charles Bukowski, en el caso de la poética de Laneri.
En el fondo todo poeta es un buscador, juega buscando una nueva manera de decir lo ya dicho y de llegar, como en una mina, a lo más oscuro y profundo (quizás lo más puro) de los sentimientos, donde está el diamante, el significado nuevo de la vida que quiere expresarnos. En Razón psiquiátrica, se puede observar ese afán por rebuscar, como dicen los versos “destrozar el poema, / llegar al fondo del sentimiento, / purgar palabras por el verso cometido”. De ahí la manera de señalar explícitamente con un guión prefijos (“in-”, “des-”), que aparecen en la mayoría de los poemas. Laneri busca darle un giro nuevo a las palabras, otro sentido a los significados, a los sonidos incluso. Su escritura, en la cual se experimenta, nos recuerda al César Vallejo de Trilce. Nótese el uso constante de las mayúsculas, los guiones en vez de comas, los paréntesis, los dígitos, los puntos suspensivos, etc. Y es que Laneri a lo que aspira es a demostrarnos que su poesía transmite una libertad expresiva inspiradora. La suya es una poesía que se deja llevar incluso por lo subconsciente, una poesía libre de ataduras, de influencias claras. Es como si quien escribiera algunos de los versos fuera el subconsciente de la autora, que se deja guiar por esa voz que suena –metafóricamente hablando– en un estado de leve borrachera. No pretende que la entendamos, solo quiere que sintamos lo que producen en nosotros las palabras: “Cuando entienda lo que digo, / ese día, / dejaré de escribir / (llegará la recompensa)”. Destaca sobre todo el uso de los guiones entre las palabras. Un guion que parece un puente entre cada término que nos sugieren una forma inusual de inducir ideas a nuestra imaginación: “Decimos miedo / y decimos dejar de amar, / de amar-nos. / Decimos miedo / y decimos dejar de intentar, / de intentar-nos”.
Muchos versos reflejan lo contradictorio, lo paradójico. Es otra forma de buscar nuevos sentidos. “Nadie sabe de nadie / y todos saben de todos”, “El camino es solo aquello que nos / pierde”, “A veces, negar es afirmar”, “Cómo salir / de esta salida / sin callejón”, etc. Sus versos no solo buscan contradecir lo lógico, sino también lo que se nos impone como tradición: “Hay que besar la vida / para que un príncipe / se transforme en sapo”. Llega incluso a la negación de Dios: “Dios está muerto / y, la poesía, / -simplemente- reposa, / expectante, / hasta la hora / del orgasmo”. Dios es un cadáver que pudre al hombre. Más que un cadáver es una prisión.  
Quizá lo que Mónica Laneri busca es no solo encontrar nuevos significados a las palabras, sino a la propia realidad, al presente que le toca vivir. Niega su ahora y a sí misma: “Esto que vez, / y que soy / o, más bien, no soy”.  Su mirada es la de uno que observa el mundo y que trata de desdibujarlo, cambiando sus matices, contradiciéndolo constantemente. Además en los últimos poemas nos habla de volver: “Regresar / es borrar huellas / con abrazos”. Esa vuelta es aprender de los errores y terrores, por eso aclara: “Regresar / no es volver / sobre los pasos”. Es volver con otra forma de pensar, con otra forma de escribir. Prescinde mucho de los adjetivos, que más que decorar, cubren, tapan lo real. No se empeña nuestra poeta en adornar sus versos, la mayoría de los cuales no supera las cinco sílabas. La lectura avanza entre pausas, silencios.
Resulta curioso que las ediciones de Servilibro, sobre todo de poesía, no lleven índice, como en este caso y también en El tiempo andariego, de Edita Rojas y en el libro de ensayo, Elvio Romero, La Fuerza de la Realidad, de Ricardo Rubio. Un índice debe formar parte de un libro, porque no solo sirve para ver el esqueleto del volumen, sino también que es la guía del lector.
La poesía de Mónica Laneri (la poesía de hoy en Paraguay) nace sobre todo de la calle, los bares, las plazas, la intemperie, pero también del recuerdo. Ella tiende observar el mundo (no a imaginarlo) para explicar sus sentimientos y es el mundo hecho poesía el que nos expresa el sentir de Laneri. El mundo es su espejo.

 

 

domingo, 21 de agosto de 2016

Carlos Bazzano en busca de la musa perdida


La poesía es una búsqueda del hombre a sí mismo como también un diálogo consigo mismo. Eso es lo que nos enseña Ñasaindy, cuadernillo de dieciocho poemas (con ilustraciones de Charles Da Ponte) y una muestra de lo más nuevo que ha publicado hasta ahora el poeta paraguayo Carlos Bazzano (Asunción, 1975).
Ñasaindy (vocablo guaraní que significa “luz de luna”) describe el mundo del poeta en dos días. Nos ilustra sobre su hábitat, sus miedos, sus sueños, el transcurrir de su vida en la ciudad. Aborda temas como la muerte, la soledad, el paso del tiempo (véase el esquema del cuaderno dividido en “Noche”, “Mañana”…), el amor, la desesperación ante el vacío y el silencio, etc.
El tema predominante es la soledad, a la que describe como algo visible, palpable, como si fuera de carne y hueso. En el poema “Habitación”, nos dice la soledad que siente ante la ausencia de la amada. A eso parecen aludir las palabras: “silencio”, “sin futuro”. Destaca la omnipresencia del término “silencio” en los poemas, con él sugiere la soledad, la muerte, la ausencia de la inspiración.
En “Tiempo roto”, la soledad lo acompaña en forma de la hija que nunca tuvo su amada y él. Con la hija imaginaria desayuna todas las mañanas. Ella le despierta y le ofrece el día como algo imposible de rechazar. Se levanta porque ha de hacerlo. Bazzano sabe que la “ciudad enferma” le espera fuera. Y todas las mañanas, antes de salir a la calle, busca los ojos amados, las llaves para abrir el día y que entre la luz. Se va a la calle con las manos vacías, va a buscar poesía y vuelve con algunos versos. La realidad es su mina de oro.
La poesía de Bazzano nace de la realidad misma. En el primer poema (“Amanece”) nos quiere hacer entender que la realidad es el agua fría con que la Vida nos despierta cada amanecer. La inspiración la busca Bazzano observando el mundo sentado en una plaza y al mismo tiempo se observa a sí mismo dialogando con sus pensamientos.
Debemos destacar el lenguaje llano que utiliza Bazzano, el tono coloquial e íntimo. A veces parece que está susurrando su desesperación. Procura que la poesía se contagie del mundo real, de ahí el lenguaje de la calle.
Pero su poesía es de una sencillez engañosa. No nos dice siempre lo que creemos leer. Debemos detenernos a pensar en lo que nos sugiere cada poema. Por ejemplo, en “Una paloma” la paloma muerta no alude acaso a la paz mundial —aunque tampoco lo podemos descartar—, sino a la paz del hombre que nos escribe estos versos. La paloma simboliza para Bazzano la palabra misma. Yo llegaría a creer que el poeta muchas veces encuentra que el público o “el barrendero” desprecian, no valoran sus versos. Los tiran en la basura porque no saben su valor. ¡Cuántas cosas nos sugieren los poemas de Bazzano! Y es que muchas veces en poesía, lo que leemos es solo la punta del iceberg.
Si hablamos de realidad, no podemos olvidar Asunción, ciudad en la que vive el poeta. Una ciudad no solo estancada en la realidad, sino, como algunos repiten, estancada en el tiempo. En estos poemas, la ciudad respira como un ser humano. Esta le obliga a correr como un caballo sediento, cargando como su conciencia, hasta llegar cansado a casa. Ni siquiera su ciudad lo entiende. Por eso, el poeta se desespera. Se siente incomprendido en su terruño. Se da cuenta de que tampoco él, el poeta, entiende a su ciudad y de que para sobrevivir se ha de guiar por los instintos. La ciudad es una especie de selva donde él es un animal que para salir adelante se guía por el instinto, instinto poético, aquella voz que nace de forma innata desde lo más profundo de su ser.
            En “Oiméneko” (“Quizá”), uno de los poemas en guaraní de Ñasaindy, el poeta parece resignarse ante el paso del tiempo. Sabe que todo es pasajero aunque parezca eterna una enfermedad, el hambre o la alegría. Bazzano se pregunta por eso “Oiméneko sapy’ánte oikarãi mborayhu” (“Quizá solo a veces araña el amor”). Bazzano sabe, como diría Borges, que un idioma, en este caso el guaraní, es “un modo de sentir la realidad”. Por ese motivo usa además su otro idioma, quizá el que más le acerca a la realidad paraguaya.
            El poema “Madrugada”, prosa poética, es uno de los más logrados del libro. Aquí Bazzano, convierte la soledad, mejor dicho, la presencia invisible de la amada en poema (“me hablás, y sé que estoy ante un poema […] te miro poema, me mirás, y te susurro poema”). Quizá era eso lo que tanto buscaba, lo que lo volvía loco: la soledad en la que le deja la musa que al final aparece convertida en un poema. Destaca en estos versos el juego de contrastes: “Tus ojos que no están me observan fijamente […] tus labios que no están se acercan a mis labios […] tu piel que no está eriza mi piel […]”.
Cuando acabamos de leer Ñasaindy, nos queda en la conciencia la sensación de que los dos días que narra el poeta describen la búsqueda de la poesía. Ese era su objetivo. Nos lo dice claramente en “Monólogo”: “Quizá tras los golpes aparezca la poesía, a la vuelta de la esquina, invitando a un abrazo”. La poesía como esperanza, como salida, como camino, como la luz de luna que se extiende sobre nuestra conciencia. La poesía que Carlos Bazzano busca y encuentra como Ñasaindy.
A continuación algunos poemas del cuaderno:

Una paloma

Recuerdo una paloma muerta
aquí en esta plaza
una tarde como hoy
Estuve mirándola
hasta que un barrendero la tomó de un ala
y la arrojó al cesto
de basura
yo era un duro mendrugo de pan
todas las palabras eran una paloma
 

Insomnio

Una vez me casé
No nos casamos ante ningún dios
No nos casamos ante ningún estado
No hicimos promesas vanas
Solo fue un cruce de miradas
Y luego fue difícil no dormir juntos

 

 

domingo, 31 de julio de 2016

La andanza poética de Edita Rojas

 
Edita Rojas acaba de publicar su primer libro de poemas: El tiempo andariego (Servilibro, Asunción, 2016). Un conjunto de treinta poemas que sirven para demostrar que la literatura paraguaya no nace únicamente en Asunción y sus alrededores, sino que además hay voces que se quieren hacer escuchar y lo hacen poco a poco en otras regiones del país. Es el caso de Edita Rojas, que escribe desde su residencia en Coronel Oviedo (Caaguazú), donde en estos últimos tiempos se está realizando actividades literarias que van encontrando eco por parte del público.
El tiempo andariego tiene dos caras: amor y dolor.
Estos dos temas se van alternando en el libro. Los primeros poemas tienen un tono más optimista y festivo. En “Vida”, Rojas nos dice que ya no mira hacia el pasado. Ha tornado su mirada hacia el horizonte, hacia un mañana incierto pero esperanzador. Sabe que el miedo es el único obstáculo. Aunque este poema canta a la vida, alude también a la muerte: “Si viene un soplo vegetal / para qué encerrar / mi alma”. Lo vegetal es lo perecedero, lo que muere. Para qué esperar lo que va a llegar tarde o temprano.
Al igual que el primer poema, el segundo comienza con un vocativo: Amor. En los versos de este poema se sugiere lo erótico: “En mi huerto / la tierra canta / los surcos liberan sus tristezas / y las noches se agitan”.
En “Llegas”, el acto de amor pasa a ser poesía, inspiración, algo universal. Una declaración que intenta no caer en lo cursi. Edita Rojas sorprende con el arte de saber hilar los versos para no incurrir en lo ya dicho, en lo repetitivo.
A medida que vamos avanzando en el libro, la voz que nos habla, como si ganara confianza, se libera, y el  amor, que antes era pura sugerencia, se vuelve explícito erotismo, se desnuda y expresa el fervor de la carne, como en “Grito” (“y mi cuerpo se extingue sereno / en tu cuerpo”), “La flor de la pasión” (“mi cuerpo se vuelve poderoso / en tu cima”), “Quién eres”…
Hay que destacar la habilidad de Rojas para sugerir ideas mediante metáforas. Sabe que el poeta puede sacarle mucho provecho al arte de sugerir, porque lo que se persigue es que el lector imagine, complete, es decir, que sea un autor más del poema.
Hablando de lo sugerente, las ilustraciones de Américo Piñanez que acompañan los poemas enriquecen cada texto. Como la metáfora en la poesía, la imagen (líneas, curvas, colores, etc.) sugiere un mundo imaginativo muy rico. En este libro, las ilustraciones y los poemas forman una buena combinación. Podríamos suponer que las ilustraciones fueron inspiradas en los poemas, o viceversa.
El amor, como otros temas, tiene muchas raíces. En “Vida, eternidad de un instante”, se resigna a olvidar un amor que no se puede conservar, porque nos dice que a veces amar es liberar a un amor no correspondido. O en “Quién eres?”, en el que resuena la poesía de Bécquer, explica que amar es esperar: “Eres tú?, te conozco acaso? // El que esperaba desde siempre / vestido de lejanía”.
El otro tema fundamental de este libro es el dolor. En “El dolor”, Edita Rojas nos muestra que la presencia constante del sufrimiento, del dolor que queda habitando nuestra memoria, también hiere porque es el dolor del alma. Esta misma idea se expresa en “Dolor”: “Se escucha su alarido / desde el fondo / de la tierra oscura”.
El dolor y el amor se turnan para ocupar la vida. “Brota en la tempestad” expresa que, en ocasiones, el dolor puede desterrar el amor. El dolor que causa el no poder olvidar  en “Cómo crece el dolor”. Al final, tanta lucha por querer vivir tiene a veces sus momentos de renacer, como la que se produce a partir de “Acaso eres”. El ánimo de la poeta se vuelve más optimista. Como dicen los versos finales de este poema: “Un día, perdida en el páramo / me alejé de tu jardín / y hoy vuelvo a ti”, vuelve con un amor más fuerte.
Los temas de El tiempo andariego no cambian mucho. Aunque a veces encontramos poemas escépticos ante la vida y la muerte (como el poema “Hace tiempo”), otros más optimistas, en los que se desea aprovechar el presente. No esperar nada más del futuro, sino vivir el ahora, poner en práctica el carpe diem (“Quiero vivir”), o intentar buscar en el fondo mismo de la vida ese amor que creía muerto (“porque sé que el amor / aún vive palpitante en mi corazón”).
El tema del dolor aparece junto con el de la muerte, cuyo símbolo más claro es el silencio: poemas como “Muere una paloma” y “Una muerte me ronda”. En “De mí brota la sangre”, nos dice que el silencio se va apoderando de su voz, la voz que cantaba a la vida y al amor. Otro tema, unido al de la muerte, es el del paso del tiempo. Ya el mismo título del libro “El tiempo andariego” alude al inevitable paso de los días y las horas. Pero el tiempo también es su aliado. En este poema, por ejemplo, nos dice que le abrió los ojos, le hizo saber que no era correspondida. El tiempo que todo lo arrasa, le curó las heridas y le enseñó a (re)vivir.
Los poemas de este libro están escritos en verso libre, el ritmo de la lectura fluye de manera natural y uno se deja llevar por cada verso hasta el final del libro.
Estoy seguro que El tiempo andariego irá madurando con los años y su autora escribirá más y continuará su andadura literaria y llegará a muchos lectores porque su poesía habla de la vida y de la muerte (y del amor). Unos temas que comparte todo mundo.
 

jueves, 28 de julio de 2016

Palabras sobre el esfuerzo

El día 9 de este mes asistí en Valencia a la Fiesta del Libro y de la Amistad, organizada por Liternauta. He aquí las palabras que dije entonces:
Una de las ventajas de viajar por el mundo es que hoy en día el mundo es pequeño y todos los caminos conducen a casa y en cualquier parte puedes encontrar a gente cercana a ti, a gente a quien le gusta lo que haces. Los paraguayos, aunque no seamos demasiado, nos hemos esparcido por el mundo, como semillas que el país expulsa en el aire. Y con nosotros hemos traído lo nuestro, nuestro idioma, nuestros dos idiomas: el español y el guaraní. Nuestra guarania y nuestra polka, nuestra polka jahe’o y el arpa que siempre cautiva. Nuestras galoperas que con “sus cántaros de amor” nos sacian la sed tan lejos de nuestra tierra. Pero también hemos traído con nosotros lo artesanal, el a’o po’i, que vestimos orgulloso; el Ñandutí, un símbolo que nos une a todos en una red invisible, tejido con las manos de penélopes, que esperan siempre, como en Ítaca, nuestro regreso. Todo esto ofrecemos al mundo. Pero la literatura paraguaya es la que menos llevamos con nosotros. En Paraguay también tenemos buenos artistas en este campo. Tenemos nuestra poesía guaraní. Desde que León Cadogán volvió del monte y nos trajo el Ayvu Rapyta (El Fundamento de la palabra), hemos vuelto a recuperar la verdadera poesía guaraní, la que nace de la misma música, de la misma oración que cantaban los guaraníes a la naturaleza, la que está cargada con bellas sugerencias ancestrales y verdaderas y originales metáforas. La poesía guaraní ha renacido y quiere fortalecerse. Pero necesita voz, necesita lectores. Ñamoñe’eva’era jaha jahápe ñane ñe’ê. Nosotros debemos ser los divulgadores de nuestra literatura, los mejores conocedores a ser posible. Debemos esforzarnos. Si no nos gusta la literatura, intentemos aprender nuestro idioma. Jareko ko’ape Luisa Pereira-pe ñanembo’ehagua.
En estos días estuve releyendo el libro ¿Para qué sirve realmente la Ética?, de Adela Cortina (Paidós, 2013). Un libro fundamental en estos tiempos de disturbio y malestar sociológico. Os lo recomiendo. Una de las ideas que más me ha llamado la atención y me ha hecho pensar dice: «Tampoco está de más aprender a hablar y escribir para poder expresar lo que se lleva dentro, no sea que en la vida corriente acabemos diciendo como en la escuela “me lo sé pero no lo sé decir”» (pág. pág. 102). Adela Cortina se refería a los distintos tipos de libertades que ha conquistado el ser humano. Estoy completamente de acuerdo con ella, la ignorancia, el analfabetismo son una forma terrible de opresión. No saber escribir, no saber expresar lo que uno piensa, lo que uno lleva dentro (sus ideas, sus emociones, sus malestares) es una forma de cárcel. Es como si tuviéramos la boca cosida y las manos del pensamiento atadas. La incapacidad de expresión afecta a todos los niveles sociales, pero en especial a la clase más pobre. Adela Cortina explica que esta especie de parálisis expresiva no se “debe a una incapacidad genética, sino a falta de esfuerzo”.
Muchos no tendremos la suerte de nacer en una cuna con la vida y el futuro resueltos, no hemos ido a buenas escuelas, si es que al menos hemos podido ir a la escuela. Pero tenemos la suerte hoy de estar en un país que nos puede ofrecer muchas posibilidades para mejorar. Eso debería motivarnos para mejorar nuestro nivel de vida, nuestra formación. Como dice, Adela Cortina, la libertad se conquista. La facultad de poder hablar y escribir correctamente es la base de la libertad de expresión, por tanto, de la literatura.
En nuestro país. tenemos la suerte de poder expresarnos en dos idiomas: el guaraní y el español. Tenemos así más posibilidades. Pero eso nos exige también un esfuerzo extra para mejorar nuestra expresión, tanto en lo hablado como en lo escrito. Debemos exigirnos aprender bien tanto el español como el guaraní, para poder expresar a todo el mundo lo que somos, lo que pensamos, etc. Así nos entenderán mejor y nos conocerán mejor. Y que nadie me diga que con el guaraní no podemos expresar las ideas más nobles y científicas. Como el español, el guaraní es una lengua viva, capaz de adaptarse, de evolucionar a la par que nuestra sociedad y con la cual podemos expresar lo inexpresable. La poesía más bella resuena en este idioma.
De ahí la importancia de la lectura. Que no digan de nosotros que somos tímidos, porque somos sociables, solo que muchos no podemos expresarnos bien. Y no hace falta ser escritor para saber escribir bien, ni ser político para saber hablar bien. A nuestra gente todavía le falta un poco para conquistar una de las libertades de la que hablaba Adela Cortina en su libro: la libertad de expresión. Por eso debemos esforzarnos en aprender bien nuestros dos idiomas.
Queridos amigos y amigas, hoy me siento feliz de estar aquí. Creo que en esta vida he aprendido que el trabajo es el secreto para conseguir los sueños. Bueno, trabajo y un poco de inteligencia y buena organización y un poco, solo un poco, de suerte. Y que las decisiones que uno toma en la vida pueden marcarlo todo. Por eso es bueno tener presente qué es lo que uno quiere ser el día de mañana. Los sueños crecen en secreto, poco a poco, y como las gotas de agua que caen en un vaso, nos van llenando. Yo soñaba de pequeño con leer libros, y hoy leo un montón de libros, tengo una biblioteca en el barrio donde vivo, a doscientos metros de mi casa. Y creo que estoy aprendiendo a escribir. Puede que un día escriba un gran poema, o un gran relato. Ojalá. Otro de mis sueños era ir a la universidad. Para mí era el sueño más imposible de todos. Pero hoy estoy acabando una carrera. Yo soñaba con conocer Valencia algún día. Ahora mismo estoy en el corazón mismo de Valencia con personas que me hacen sentir feliz. Los sueños son importantes en ese sentido, porque nos guían. Pero vuelvo a reiterar, el esfuerzo es la base de todo. Muchas gracias.

domingo, 24 de julio de 2016

Un cuentero paraguayo: Marco Flecha Torres


            Oriundo de Tacuati (Paraguay), Marco Flecha Torres debuta con su primer libro Chorritos (Cospel, Resistencia, Argentina), un volumen de catorce microrrelatos. 
La historia de Marco Flecha Torres es también la historia de muchos niños paraguayos, niños que crecieron al calor de las historias que les contaba el abuelo, la abuela (como en el relato “Superstición”) o viajeros sedientos que recorren de a pie todo el país, buscando ese algo que nunca encuentran y cuentan historias a cambio de un vaso de agua. El autor nos explica todo eso en el prólogo al libro: “Me hice comunicador, animador y sobre todo cuentero. Y contando cuentos llegué a Sevilla a seguir transitando por estas geografías de la ficción y la realidad…” (pág. 9). Nada más leerlo nos damos cuenta de que el autor parece realmente un personaje más de la literatura. Su biografía también es una historia apasionante y merece ser contada y escrita.
Con los relatos de este breve libro, descubrimos a un autor que al parecer no solo es bueno en la narración oral; también descubrimos a un escritor que tiene madera de narrador, que ha leído y vivido mucho.
Marco Flecha Torres, como una especie de rapsoda, bebe del origen mismo de la literatura, de la oralidad. Y como un verdadero cuentero ha viajado por el mundo, como los sedientos caminantes que recorrían todo el Paraguay. Marco Flecha Torres ha tenido el mismo destino. Solo que él parece saber lo que está buscando, que es deleitar al oyente. En este caso, al lector que no puede asistir a los encuentros que organiza. Justamente en el mes de agosto volverá a Paraguay y pasará también por Argentina para seguir contando cuentos.
Un detalle que quiero anotar antes de seguir. En Paraguay, el término “cuentero” (como en España “cuentista”) tiene connotaciones peyorativas, se dice de la persona chismosa. Pero Marco Flecha Torres es un cuentero en el buen sentido de la palabra, claro está.  
Algunos de los relatos que componen Chorritos (Un gotero de relatos) hablan de la emigración, como “Ostracismo” y “Los oficios de la vida”. Contados con un tono irónico, a veces anecdótico, podemos ver en ellos una crítica a la sociedad.
Unos de los personajes muy recurrentes de la literatura paraguaya es sin duda Alfredo Stroessner, que aparece muchas veces como villano, por más que tome otra apariencia, como la del Doctor Francia, en Yo el Supremo. En el relato “El gran cartel”, de Flecha Torres, se hace hincapié en la influencia de Stroessner que aún existe en la sociedad paraguaya, sobre todo en lo político. Lo que este relato nos quiere decir es que la sombra del dictador es alargada y sigue oscureciendo el rostro del país. El pueblo no ha podido liberarse por completo de sus tentáculos. Se hace referencia a la destrucción de aldeas para construir sojales: el tema de la soja suele estar relacionado con la figura del dictador, o al menos con los que siguen hoy en día su política. Lo cierto es que Flecha Torres demuestra que se preocupa ante todo por los temas sociales. De ahí que en muchos de sus relatos se inspire en cuestiones que aquejan a la sociedad desfavorecida, de ahí que a veces su literatura parezca anecdótica. Pero su relato solo es la punta de iceberg de lo que nos quiere decir. Su mirada objetiva va más allá de lo acontecido. Tiene un trasfondo histórico muchas veces, como el caso de “El gran cartel”.
En mi opinión, los relatos más cortos de este libro son los más logrados; los que más nos sugieren y nos hacen pensar e imaginar. El autor pretende que el lector complete la historia, quiere que nosotros también participemos. Destaco, por ejemplo, “Aleteos”, un relato con un final que da sentido y encaja y se une con el principio del relato. Léanlo ustedes mismo:

“Cruzaron mariposas negra sobre nuestras cabezas. Cientos, miles iban aleteando, como si salieran de alguna aldea de mariposas negras. Trazamos con la mirada un camino hacia su naciente. Vimos el humo tras su vuelo, y más abajo, al terminar la parábola, el fuego sobre el techo de paja de nuestra vecina. De allí brotaban”.     
 
Hay otros microrrelatos que tienen imágenes metafóricas que suenan a poesía, como “Abril”:
 
“La primavera llegó con un temporal. Los vientos agitaron árboles y nos empapamos de flores”.
 
Marco Flecha Torres, un artista hecho a sí mismo, un trotamundos, un viajero de la palabra, de la literatura esencial, pero también una voz que quiere hacernos pensar, pero sin olvidar sacarnos alguna sonrisa en cada cuento. Vale la pena buscarlo y leerlo. Puede que un día pase por vuestra casa y os cuente su historia, su historia de caminante.

 

sábado, 25 de junio de 2016

Dos poetas paraguayas en una antología española


La presencia de la literatura paraguaya en publicaciones internacionales está ganando espacio. En este siglo XXI, al menos, se ve el interés hacia nuestros poetas por parte de otros países, en especial de España. La presencia de autores paraguayos en las antologías importantes solía ser escasa y también, comparado con los de otros autores hispanoamericanos, los estudios sobre sus obras solían ser escasos.
Pero esta ausencia parece ir quedando atrás. En este nuevo siglo, las letras paraguayas van ocupando el lugar que le corresponde. El milagro de que nuestras letras lleguen a ver la luz en este siglo se debe al papel fundamental de las nuevas tecnologías que facilitan a los críticos buscar nombres nuevos, desconocidos, olvidados, para sus publicaciones. Pese a que las editoriales paraguayas no consiguen despegar y renovarse comercialmente para ofrecer sus productos a todo el mundo, algún que otro eco traspasa las fronteras de nuestra tierra y llega, gracias a Internet, a los oídos de los estudiosos.
El caso es que acaba de aparecer Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (1886-1960), publicada por la editorial Visor. Una antología preparada por Raquel Lanseros y Ana Merino, en la que recogen una muestra de la poesía que escriben las mujeres de los países de habla hispana. Para las antólogas es “imprescindible el trabajo de rescate y visibilización” de las poetas. Quieren contribuir a la “mayor divulgación de la obra de sus autoras, así como a instigar a la investigación y descubrimiento de otras muchas” (pág. 10).  Y esta vez sí, podemos abrir el libro de casi mil páginas, e ir al índice de autores –de más ochenta poetas– y buscar y encontrar, por fin, no una sino dos autoras de nuestra tierra: Josefina Plá y Renée Ferrer. Sonreír entonces y continuar leyendo, maravillado por la variedad de voces, de tonos, de autoras. Esta antología ofrece sin duda alguna una muestra de la gran variedad de poetas, desconocidas y olvidadas algunas, que en esta publicación resuenan con una fresca y renovada voz. Merece ser subrayado que nuestras poetas se codeen con poetas como Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Violeta Parra, Gloria Fuertes, Ida Vitale, Claribel Alegría y tantas otras que enriquecen y elevan la literatura escrita en español.
Aunque Josefina Plá nació en Isla de Lobos (España) en 1903, desarrolló toda su actividad artística en Paraguay, donde vivió desde 1927. Es considerada como la madre de la literatura moderna paraguaya, en especial en el ámbito poético. Su labor artística abarca muchas facetas, desde el periodismo, el teatro, la traducción, el ensayo (destacan los trabajos en defensa del guaraní y la mujer), hasta las artes plásticas. Falleció en Asunción, en 1999. Su influencia en la cultura paraguaya es equiparable a la del Rafael Barrett. Los dos tuvieron el mismo destino de desarrollar sus carreras literarias en tierras paraguayas. Sus obras siguen enseñándonos, siguen vivas. Tuvimos suerte los paraguayos de tener tan buenos maestros. Copio “Libre”, uno de los poemas de Plá seleccionados en Poesía soy yo:

Libre para nacer sin elegir el día
libre para besar sin saber el por qué esta boca y no otra
libre para engendrar y concebir lo que ha de traicionarte
libre para pedir lo que después te será inútil
libre para buscar lo que mañana ya no tendrá significado
libre para morir sin elegir el día
libre para pudrirse sin escoger el sitio
libre para volver al polvo sin memoria
libre para seguir el rumbo de la raíz pequeña
libre para mirar al sol que no te mira
 
Libre para nacer sin elegir el día
 
 Renée Ferrer (Asunción, 1944) no solo es una poeta de renombre, sino también destaca como narradora y dramaturga. Es posible acceder a gran parte de su obra literaria visitando la página www.cervantesvirtual.com, donde además se pueden leer libros de otros autores paraguayos, como Elvio Romero, Susy Delgado, etc.
            La variedad temática caracteriza a la obra poética de Renée Ferrer. El tema del amor, el paso del tiempo, la muerte alterna con reflexiones sobre la guerra y las injusticias humanas, como se puede ver claramente en su último libro de poemas Ignominia – Tras las huellas del holocausto, publicado en España por la editorial Torremozas, en el 2015. De este libro es el poema “Dame la mano”, que se recoge en Poesía soy yo, y que narra el viaje, el definitivo viaje hacia la luz de una niña, acompaña por un ángel. Llaman también mi atención los poemas “No soy como quisiera” y “Limpieza”. Escribió asimismo poemas para niños. Yo, especialmente, recuerdo que en mi infancia había leído en algún suplemento escolar, publicado en un periódico, un poema infantil titulado “Pildoritas”, y que copio aquí:

            Las estrellas brillando
            están en el cielo;
            los niños en sus cunas,
            duermen sus sueños.

            Una flor muy temprano
            se levantó;
            me susurró al oído:
            el sol salió.

            En la mesa las tazas
            del desayuno,
            esparcen en el aire
            cintas de humo.

            Mientras mamá prepara
            para comer,
            panecitos de azúcar,
           manteca y miel.

 
            Sí, la poesía paraguaya está abriéndose camino, pese al mar que no le llega, pese a la tierra que le rodea, pese a los pocos lectores que la leen. La poesía paraguaya se sacude del olvido y el silencio y se abre camino en gran medida gracias al esfuerzo de antólogas como Raquel Lanseros y Ana Merino. ¡Gracias!

 

miércoles, 22 de junio de 2016

Un encuentro con el maestro Osvaldo González Real

Uno de los cambios que uno experimenta cuando está fuera de su tierra es la curiosidad que vuelve a tener hacia su país, hacia su gente, su cultura, su música, sus literaturas. Quizás por ese temor inconsciente a perder algo que forma parte de nuestra identidad. Es lo que me ocurrió al abandonar Paraguay en el 2007. Cuando volví, en el 2013, lo único que quería era fijarme en todo, con la intención de sentir y guardar en la memoria hasta el más mínimo detalle. Empecé a ver con otros ojos la realidad. Yo mismo me maravillaba en la forma en que me fijaba en la luz del día, en el sol y la sombra, que tanto consuela después de caminar por las calles sedientas de Asunción. Incluso desarrollamos un poco más los sentidos, y oímos con más nitidez los balbuceos, los bullicios, la noche y sus aullidos como si pasasen en nuestra conciencia misma. La curiosidad por adsorber cada momento de mi estancia en Paraguay era difícil de satisfacer. Mi estadía iba a ser corta.
En mi regreso a Paraguay, uno de mis deseos era conocer a los escritores de mi país. Recuerdo a uno especialmente, al maestro Osvaldo González Real (Asunción, 1938), que es poeta, ensayista, crítico de arte y unos de los mejores narradores —especialista en el género de ciencia-ficción—, pero ante todo es un sabio y un excelente conversador. Era la tarde del 19 de agosto y me acerqué hasta la Casa del Bicentenario “Augusto Roa Bastos”, donde González Real desempeña el cargo de Director. Todavía no había llegado y me entretuve recorriendo los rincones de la Casa cultural, que también es una biblioteca dedicada a la historia y a la literatura. Traía yo un libro de González Real, Memoria del exilio. Lo acababa de adquirir en unas de las librerías de viejos, cerca de la Plaza Uruguaya.  
Cuando le avisaron que le estaba esperando, se adelantó a invitarme a un café. No pude negarme. Era mi oportunidad de escucharlo y conversar con él. Así fue. Nos sentamos en la terraza del Café Literario que también es una librería de viejo. Yo, interesado en su literatura, le comenté que me había gustado mucho su libro El mesías que no fue y otros cuentos, en especial el relato “Otra vez Adán”. Él, con su sonrisa afable, continúo hablando de literatura paraguaya, y de su obra, claro. Recordamos a Carlos Zubizarreta y su trayectoria literaria. Me dijo que fue su vecino, los dos vivían cerca de la calle Perú. Me confesó también que existía un libro olvidado que merecería volverse a editar. Era, si no recuerdo mal, Historia de Asunción. “Fue una especie de dandy asunceno”, dijo mientras se tomaba su café. “Zubizarreta había leído mucho a Valle-Inclán, Azorín, Ortega y Gasset…”, continuó diciéndome, como si estuviera dictando a un alumno los deberes de clase. Yo lo escuchaba atento, efectivamente, como si estuviera asistiendo a una sesión de literatura paraguaya.
En su juventud había leído con atención a los poetas de la Generación del 27, sobre todo a Cernuda. Su formación académica lo llevó a estudiar a los autores anglosajones, de ahí que en su poesía se vea la influencia de T.S. Eliot, Ezra Pound; había traducido a Ray Badbury también. Los citaba como si acabara de leer y tuviera aún en su memoria algún que otro verso. Y es que algunas traducciones las incluyó en Memoria del exilio. Como ejemplo, los versos de “La figlia che piange”, de Eliot, traducidos por Osvaldo González Real, dicen así:
 
Yérguete en el piso más alto de la escalera—
recuéstate en un ánfora de jardín—
teje, teje la luz del sol en tu cabello—
ciñe tus flores con sorpresa dolorida—
arrójalas al piso y vuélvete
con un fugitivo resentimiento en los ojos:
pero teje, teje la luz del sol en tu cabello.

En aquel encuentro, recordamos a Ernesto Cardenal, a quien había conocido en Cuba. Hablamos de Casaccia, ese precursor de la novela moderna paraguaya. También mencionó a Carlos Fuentes, quien había reseñado Yo el Supremo, creo que en el New York Time. Y antes de despedirnos, me confesó su intención de volver a reeditar Memoria del exilio. Yo no le dije que tenía en mis manos, en ese momento, ese libro, publicado por la desaparecida Alcándara. Se me pasó pedirle que me lo dedicara. Pero qué importa, cuando lo más importante es un encuentro y la conversación de tú a tú con el autor, con un poeta, con un sabio, con un maestro. Ese encuentro valía mucho más que una firma. Cuando vuelva a Paraguay, me acercaré otra vez a escucharle. Lo cierto es que lo que yo quisiera es ver una recopilación en libro de todos los artículos —algunos muy interesantes sobre literatura y arte paraguayo—. Y si fuera posible, me gustaría, si es que todavía no lo hizo, que escribiera una memoria de su vida literaria, de los escritores y artistas  que ha conocido. Sería un aporte muy importante para los lectores y estudiosos de la historia literaria del Paraguay.
Antes de abandonar el Café Literario, le entregué un ejemplar de los Cantos guaraníes, que se había publicado en Asturias. Recuerdo que lo acompañé hasta la Casa del Centenario, esa tarde se presentaba Memorial de agravios, de Francisco Pérez-Maricevich. La presentación la hizo la poeta Renée Ferrer.
Cuando vuelva a Paraguay, me tocará a mí pagar el café. En eso habíamos quedado. Espero que para entonces tenga la oportunidad de leer más obras de Osvaldo González Real.
Hoy, en esta especie de exilio voluntario que muchos nos hemos sentido obligados a elegir, releo los versos de Memoria del exilio. Algunos poemas están inspirados en la tradición mítica guaraní, rescatados por el poeta León Cadogán en el libro Ayvu Rapyta, ese canto y oración a la palabra. (Cadogán fue antropólogo, pero yo lo llamo poeta porque considero que su traducción es poesía pura, y en cualquier caso, todo traductor de poesía es poeta). En la tradición guaraní, la palabra tenía un significado capital, porque con ella cantaban y oraban y transmitían sus tradiciones. Para los mby’a guaraní, la palabra era el Universo. Como dicen unos versos de González Real: “Porque Todo es Palabra / y la Palabra es Todo”. Pero también influye en sus poemas otros libros míticos, como el Chilam Balám, y la literatura oriental. Copio aquí el poema “El gran rebelde”:
 
En los límites del mundo
—no lejos del mar—
a una escarpada roca encadenado
—ladrón de la flor resplandeciente—
            espera un hombre.
 
Su libertador no ha nacido aún.
Pero ya su gloria es eterna.

Estos versos que hablan de Prometeo y del hombre que sueña conquistar su sueño, del hombre que se ha mofado de los soñolientos dioses que se burlan con sus silencios de las oraciones del huérfano, del exiliado en su tierra, son una muestra de la voz de González Real, un poeta que trata de abarcar todas las tradiciones.