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sábado, 11 de julio de 2015

Motivos personales


Literatura en pequeñas dosis encontrará el lector en Motivos personales, el segundo libro de aforismos del poeta y crítico literario José Luis Morante. Con este volumen, la editorial La Isla de Siltolá inicia una colección dedicada exclusivamente a publicar aforismos, género que ahora se ha puesto muy de moda y que casi todos los autores empiezan a cultivar. Tal vez porque son idóneos para citarlos en las redes sociales y para memorizarlos. Pero sobre todo porque se suele decir que lo breve seduce y nos recuerda a la felicidad (que suele durar poco).
José Luis Morante nos descubre en este libro no solo sus ideas más brillantes, sino también algo de su poética. Nos revela lo que él entiende por literatura; sus muchas lecturas y publicaciones sobre el tema avalan sus afirmaciones.
Los aforismos que encontramos en este libro buscan una definición nueva de las realidades o simplemente precisarlas, porque cuantas menos palabras la idea más se expande. Esa es la cuestión y Morante lo sabe. Pocas palabras generan mayor chispazo en la conciencia del lector.
          ¿De qué hablan los aforismos de este libro? En general, los temas giran en torno a la literatura y sus alrededores. Habla, por ejemplo, del propio aforismo (“Los aforismos  son tablas de ejercicios para mantener activo el pensamiento”), de libros (“Libro: Luz y abrigo”), de la poesía (“La poesía es el lenguaje de un yo de cristal, opaco y frágil”). Sobre la crítica literaria, arte que el propio Morante domina, irónicamente escribe (“No es un crítico sino un fiscalizador de prestigios, un policía literario”), de los autores que admira y de tantos otros temas que ocupan su vida, como la crítica social (“El nacionalismo convierte la universidad en una escuela de patriotas”).
En este libro también encontrarnos aforismos que podrían ser microrrelatos (“Cansada de fingir, me dejó ver su versión original y estaba llena de óxido, como la chatarra”) o poemas breves.
Aforismos, frases brillantes, a veces irónicas (“La ignorancia no necesita de mapas; está plagada de referencias topológicas”), reflexivas, sugerentes, concisas, conforman Motivos personales.
En estos textos breves, cada palabra tiene una función que debe cumplir: asombrar (y educar) al lector. Con lo mínimo, disfrutar (y aprender) al máximo. En fin, impresiones, chispazos con los que José Luis Morante ilumina nuestra conciencia literaria.



[Publicada en el nº 5 de la revista Anáfora]

viernes, 28 de noviembre de 2014

¡Un libro delicioso!

El arte de freír patatas
Chelo Pineda Pizarro
Badajoz, Editora Regional de Extremadura, 2013


El arte de freír patatas es el primer libro de relatos que publica Chelo Pineda (Villanueva de la Serena, 1970). El mundo de la infancia, del hogar y la familia, del amor son los motivos de este libro. Encontramos la presencia del arte en “La cueva del tesoro”. El tema del amor aparece en “El descansillo de la escalera”, un cuento sobre un amor de juventud, un reencuentro. Una historia como la vida misma, con el que el lector podrá identificarse.  ¿Quién no se ha enamorado alguna vez de su profesora?, nos preguntaremos al leer “Fotos en duermevela”, donde solo una foto de infancia basta para despertar al primer amor, el amor más puro, el más ingenuo. En el último párrafo de “El arte de freír patatas”, podemos encontrar un consejo no solo culinario, sino de la vida y de los cuentos mismos: “El secreto de freír las patatas no radicaba en el aceite, ni en su grado de maduración, ni en la forma de pelarlas…, consistía en cocinarlas para la persona, o las personas, que más querías en este mundo”. El secreto de deleitar también lo poseen estos cuentos, con historias memorables, melancólicas, que beben de la vida. Historias que se pueden leer de una sentada. Viajes cortos, pero intensos y amenos. ¡Quién no podrá disfrutar de la lectura deliciosa de este libro!

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Tánger, una musa


Más allá, Tánger
Álvaro Valverde
Tusquets, Barcelona, 2004

            ¿Quién no se ha enamorado de una ciudad a la que no olvida y a la que desea volver siempre? Los cincuenta poemas que conforman Más allá, Tánger nos hablan de ese amor. Un libro en el que no aparece un índice que  nos guíe. Pero no hace falta porque todos los poemas hablan de Tánger y tienen una coherencia narrativa. Toda lectura es un viaje al pasado.
Como leemos en la solapa, en este libro “se entrecruzan dos voces: la que podríamos llamar del narrador y la de una mujer, protagonista del relato. Sí, un hilo narrativo gobierna estos poemas que, por otra parte, no renuncian a ser lo que son: poesía”. La poesía es la que nos guía, la que nos muestra la ciudad, la que nos pierde, las que nos confunde de voz, la que nos lleva verso a verso hasta Tánger.
            En Más allá, Tánger, el recuerdo hace presente todo lo que no se traga el olvido. Y es que, como decía Gibran, el recuerdo es una forma de reencuentro.
Tánger renace en la memoria, como en el poema 1 (ninguno lleva título); y en el 4, donde leemos: “Como a Venecia, Valparaíso o Estambul, / sólo hay un modo de llegar a Tánger”, y no nos dice cuál es ese único modo. Tal vez sea el recuerdo, esa especie de mar donde va a parar muchas cosas de lo que vivimos. Ese mar que nunca muere.
            Se nos presenta la ciudad, siempre blanca, como si quisiera purificarla el poeta hasta el punto de llegar a santificarla: “Una sábana al sol” (poema 5), “El blanco se serena entre lo azul” (poema 8), etc.
            ÁlvaroValverde a veces recurre a las referencias clásicas. Como en el poema 11: “Cualquier calle da al mar. / Cualquiera, en consecuencia, / da al morir”, evocación manriqueña. Pero por mar es la forma más fácil de llegar a Tánger.
            El tono narrativo de los poemas se adapta perfectamente a las descripciones de la ciudad. En el poema 18, una simple avispa revolotea sobre una copa de ámbar dulce y que huele a azahar, y le trae al poeta un recuerdo de la ciudad añorada. Cada avispa le pica en el corazón, diría Rubén Darío.
            En el poema 23, leemos la historia de la familia relacionada con Tánger. La madre era la que más quería a la ciudad y el padre el que siempre deseaba irse de allí. El narrador y la protagonista heredaron de la madre ese amor. Más adelante, en el 35, se puede leer que es la madre la que se acuerda todos los días “de su ciudad perdida”. Pero el padre es uno de los protagonistas destacados del relato, en el poema 25: “Vuelvo a ver a mi padre / con la cámara en el hombro / a las puertas del Minzah. […] Aunque no veo su cara, / me mira con los ojos encendidos”. El 31 nos cuenta que el padre llegó a Tánger a finales de los treinta. “Como otros, venía / de perder una guerra.”. Es la historia de un destierro este poema, como el 38, “Vinieron de un destierro / para exiliarse en otro”. También el 48  nos narra la historia de la Guerra Civil española, la separación de los seres queridos y, finalmente, la huída. 
            En el 44, en la habitación de un hotel, donde “la noche es un lugar interminable”, rodeado de lujo y de mosquitos, el narrador piensa en Tánger y en el tiempo (como Garcilaso): “[…] Lo bastante / para evocar al clásico y pararme / a contemplar mi pobre estado”. Pero no es el sitio ni el momento adecuado para eso, reflexiona. Decide aguardar al sueño que le ha de llevar a la ciudad que añora tanto.
            Como Lorca, como Juan Ramón Jiménez y tantos otros, Álvaro Valverde dedica un libro de poemas a una ciudad. Más allá, Tánger es una forma de ver esa ciudad, de volver a ella, de quedarse allí para siempre.  

domingo, 9 de noviembre de 2014

La luz de Adela Sainz Abascal

Esa extraña, la luz
Adela Sainz Abascal
Renacimiento, Sevilla, 2014

      Adela Sainz Abascal (Saro, Cantabria, 1965) acaba de publicar su tercer libro, Esa extraña, la luz, que consta de treinta y nueve poemas y, está dividido en cuatro partes. El núcleo del volumen es esa búsqueda que la poeta, con un lenguaje visual, sugerente, enigmático a veces, hace sobre el papel en blanco, esa otra luz “donde [se] hospeda el silencio”,  donde ella quiere dejar o encontrar un poco de su oscuridad. De ese momento de la escritura nos hablan algunos poemas, como “La batalla” o “El fulgor del rayo”. Otros, como la punta de un iceberg, dicen mucho más de lo que parecen decir, por eso hay que leerlos entre líneas para encontrar su sentido e interpretarlos. También se inspira en el recuerdo de la infancia, esa fuente inagotable. Sainz Abascal utiliza indistintamente la primera y la segunda persona del singular, con la que la poeta parece dirigirse a sí misma. Con este libro descubrimos que escribir es buscar en una hoja en blanco lo que no sabemos aún qué es. La poesía es descubrimiento. Como dice en el poema “Buscando qué”: “Y si me pusiera a escarbar la tierra, / buscando ¿qué?, y encontrase”. Este libro es sin duda un placentero encuentro con la poeta buscando también ese algo que no sabemos qué es.
      Copio a continuación un poema:

                El fulgor del rayo

            Emborronas,
            antes de comenzar,
            una letra de la cabecera.
            Y sabes,
            con certeza
            similar al fulgor del rayo,
            que la página está,
            como otras,
            condenada al fracaso.


 [El comentario se publicó en el número dos de la revista Anáfora]

martes, 5 de agosto de 2014

Poemas sin una gota de alcohol


Decía Ortega y Gasset que el poeta empieza donde el hombre acaba. Pero la línea que divide uno y otro es difícil de precisar. Hay poetas que no buscan crear un mundo nuevo (que no se sienten dioses), sino solamente ilustrarnos sobre los deseos, los sueños, las vigilias, los viajes, es decir, sobre la vida misma. Este es quizá el caso de Pablo Núñez (Langreo, 1980), cuyo libro Lo que dejan los días fue galardonado con el XII Premio de Poesía Dionisia García y acaba de ser publicado por la Universidad de Murcia.
Abundan las referencias literarias, pero el autor no se permite un atisbo de ironía en todo el libro. El poeta parece buscar idéntico tono sobrio para el conjunto de sus poemas.
Encontramos como temas la evocación del pasado –el poema es también memoria, disco duro–, de la vida como algo cíclico, según ocurre en el poema “Vidas”: “la mar que vuelve y vuelve sin dejar de irse”. Vemos cómo el poeta busca romper el tópico de Heráclito de que ningún hombre se baña dos veces en el mismo río. También en el poema “Plenitud”  contradice el tópico horaciano collige, virgo, rosas. Pablo Núñez nos dice que no nos preocupemos por coger las rosas, que nunca nos haga sufrir aquello que se ha ido, “porque la plenitud / la alegría más pura de este instante / se esconde en aceptar el tiempo y su camino”. No todo se ha perdido del pasado, pequeños paraísos quedan en el recuerdo. “No canto lo perdido porque aún siguen / bien presentes su imagen y el designio / que habremos de cumplir.”, leemos en el poema “El calor de la sombra”.
Los poemas son espejos de quien los escribe. Y en este libro podemos ver a un gran lector de poemas, a uno que conversa con sus poetas favoritos, los cita y los recita y piensa en ellos mientras camina. Porque la literatura es un libro que cuando se abre acapara la vida misma del lector.
Es difícil no amar más la vida después de leer Lo que dejan los días





jueves, 31 de julio de 2014

Monedas para disfrutar el verano


Me gusta que un libro de poemas me acompañe en estos días de verano en que parece que la ciudad se toma un respiro y la gente se va a la playa a darse un chapuzón. Me gustan los poemas breves (los que te permiten suspirar), con imágenes sugerentes, los que te invitan a volver a leerlos, los que invocan las estaciones, los ríos, la vida que pasa... Sentado en un banco cualquiera, en una parque cualquiera, bajo una sombra fresca, leo Monedas sueltas (Huerga & Fierro, 2014), una selección de haikus del poeta santanderino Juan Antonio González Fuentes. Se trata de poemas escritos entre los años 2009 y 2013.
            El autor explica en una nota a la edición que sus haikus “no son verdaderos haikus ni desde el punto de vista temático y conceptual, ni desde el métrico, pues mis agudas y esdrújulas finales en ocasiones ni suman ni restan lo que las reglas de nuestro idioma exigen en su uso normalizado”. Entendemos que lo que nos quiere decir es que pretende que sus haikus sean esencialmente poemas, respeten o no unas normas métricas, y no una forma vacía, versos sin alma.
            Les dejo, como ejemplo, algunos poemas de Juan Antonio González Fuentes:

Un gorrión gris
baila sobre la nieve:
punto de fuga
            *
Soy gota quieta
que a la luna pregunta
por su reflejo
            *
El árbol solo:
paisaje inagotable
en cientos de hojas
            *
Aprende el fuego
la lección de las aguas:
lame su herida
                        *
            Muy malherida
            se refleja la sangre
            en el cuchillo
                        *
            Confunde el mirlo
            la luna y la farola
            entre sus alas
                        *
            Cantan las ramas:
            lee el viento en sus hojas
            la partitura
                        *
            Queda el rocío
            esperando a la muerte
            en la flor seca




domingo, 24 de noviembre de 2013

Cruzar la Línea roja

            José Luis García Martín
            Línea roja
            Impronta, Gijón, 2013.

Cuando los libros ocupan nuestros días, la vida puede ser una soledad elegida, placentera, un acierto. «Los libros me han acompañado siempre –diría Javier Almuzara–. En los buenos tiempo, embelleciendo mi alegría; y en los malos, enriqueciendo mi soledad con otras vidas». No conozco a otro hombre cuya soledad sea más rica que la de José Luis García Martín; siempre que lo veo va acompañado, abrazado a un libro. 
Una foto machadiana de JLGM
(Maria Jesús Florez)

He cruzado la Línea roja, último diario de José Luis García Martín, que acaba de publicar la editorial gijonesa Impronta. Me sorprende la capacidad que tiene de llenar cada día de su vida con nuevas historias, y no repetirse. Y si acaso lo hace, procura que no se note demasiado.
En este diario leemos comentarios del autor sobre temas de historia, inquietudes políticas, anécdotas, recuerdos… todo ello en forma de literatura. Nos encontramos con aforismos, a veces desparramados de aquí para allá en su prosa. También reflexiones religiosas: «Dios te ama, pero hay amores que matan». El autor se nos declara ateo, pero siempre habla de Dios.
Una frase perfecta para el que es un poco veleta: «Quien solo se ha enamorado una vez no se ha enamorado nunca». Yo he perdido la cuenta de cuantas veces me ha sucedido. Pero como diría yo, un hombre que tiene un gran corazón no puede tener solo un amor, no le bastaría.
José Luis García Martín sabe cómo no aburrir a sus lectores. Antes de que nos aburramos, ya cambia de tema. Por eso nos ofrece, en cada fecha, una entrada distinta. Cada una de ellas tiene nombre y apellido, y no todas las entradas siguen el mismo esquema. A veces podemos encontrarnos con una series de haikus, que suele escribirlos cuando se aburre: «Ese ladrón / cada día que pasa / roba un día». Al comienzo del libro ya nos advierte que podemos leer el libro de dos maneras: «Comenzando por cualquier parte o comenzando por la primera página. Ambas maneras resultan igualmente válidas».
Al leer Línea roja parece que estamos leyendo varios libros a la vez: uno de poesía, de ensayos, de relatos, de historias…
            La literatura de este escritor, como la de todos, es tradición. Y la historia de la literatura es la historia de la vida de José Luis García Martín. De la literatura hace su cada día. Pero el diario es solo la forma que utiliza García Martín para volcar en ello toda su literatura.
            Quien cruce por la Línea roja comprobará que es una antología literaria, y al cruzarla ya no habrá marcha atrás.