miércoles, 22 de junio de 2016

Un encuentro con el maestro Osvaldo González Real

Uno de los cambios que uno experimenta cuando está fuera de su tierra es la curiosidad que vuelve a tener hacia su país, hacia su gente, su cultura, su música, sus literaturas. Quizás por ese temor inconsciente a perder algo que forma parte de nuestra identidad. Es lo que me ocurrió al abandonar Paraguay en el 2007. Cuando volví, en el 2013, lo único que quería era fijarme en todo, con la intención de sentir y guardar en la memoria hasta el más mínimo detalle. Empecé a ver con otros ojos la realidad. Yo mismo me maravillaba en la forma en que me fijaba en la luz del día, en el sol y la sombra, que tanto consuela después de caminar por las calles sedientas de Asunción. Incluso desarrollamos un poco más los sentidos, y oímos con más nitidez los balbuceos, los bullicios, la noche y sus aullidos como si pasasen en nuestra conciencia misma. La curiosidad por adsorber cada momento de mi estancia en Paraguay era difícil de satisfacer. Mi estadía iba a ser corta.
En mi regreso a Paraguay, uno de mis deseos era conocer a los escritores de mi país. Recuerdo a uno especialmente, al maestro Osvaldo González Real (Asunción, 1938), que es poeta, ensayista, crítico de arte y unos de los mejores narradores —especialista en el género de ciencia-ficción—, pero ante todo es un sabio y un excelente conversador. Era la tarde del 19 de agosto y me acerqué hasta la Casa del Bicentenario “Augusto Roa Bastos”, donde González Real desempeña el cargo de Director. Todavía no había llegado y me entretuve recorriendo los rincones de la Casa cultural, que también es una biblioteca dedicada a la historia y a la literatura. Traía yo un libro de González Real, Memoria del exilio. Lo acababa de adquirir en unas de las librerías de viejos, cerca de la Plaza Uruguaya.  
Cuando le avisaron que le estaba esperando, se adelantó a invitarme a un café. No pude negarme. Era mi oportunidad de escucharlo y conversar con él. Así fue. Nos sentamos en la terraza del Café Literario que también es una librería de viejo. Yo, interesado en su literatura, le comenté que me había gustado mucho su libro El mesías que no fue y otros cuentos, en especial el relato “Otra vez Adán”. Él, con su sonrisa afable, continúo hablando de literatura paraguaya, y de su obra, claro. Recordamos a Carlos Zubizarreta y su trayectoria literaria. Me dijo que fue su vecino, los dos vivían cerca de la calle Perú. Me confesó también que existía un libro olvidado que merecería volverse a editar. Era, si no recuerdo mal, Historia de Asunción. “Fue una especie de dandy asunceno”, dijo mientras se tomaba su café. “Zubizarreta había leído mucho a Valle-Inclán, Azorín, Ortega y Gasset…”, continuó diciéndome, como si estuviera dictando a un alumno los deberes de clase. Yo lo escuchaba atento, efectivamente, como si estuviera asistiendo a una sesión de literatura paraguaya.
En su juventud había leído con atención a los poetas de la Generación del 27, sobre todo a Cernuda. Su formación académica lo llevó a estudiar a los autores anglosajones, de ahí que en su poesía se vea la influencia de T.S. Eliot, Ezra Pound; había traducido a Ray Badbury también. Los citaba como si acabara de leer y tuviera aún en su memoria algún que otro verso. Y es que algunas traducciones las incluyó en Memoria del exilio. Como ejemplo, los versos de “La figlia che piange”, de Eliot, traducidos por Osvaldo González Real, dicen así:
 
Yérguete en el piso más alto de la escalera—
recuéstate en un ánfora de jardín—
teje, teje la luz del sol en tu cabello—
ciñe tus flores con sorpresa dolorida—
arrójalas al piso y vuélvete
con un fugitivo resentimiento en los ojos:
pero teje, teje la luz del sol en tu cabello.

En aquel encuentro, recordamos a Ernesto Cardenal, a quien había conocido en Cuba. Hablamos de Casaccia, ese precursor de la novela moderna paraguaya. También mencionó a Carlos Fuentes, quien había reseñado Yo el Supremo, creo que en el New York Time. Y antes de despedirnos, me confesó su intención de volver a reeditar Memoria del exilio. Yo no le dije que tenía en mis manos, en ese momento, ese libro, publicado por la desaparecida Alcándara. Se me pasó pedirle que me lo dedicara. Pero qué importa, cuando lo más importante es un encuentro y la conversación de tú a tú con el autor, con un poeta, con un sabio, con un maestro. Ese encuentro valía mucho más que una firma. Cuando vuelva a Paraguay, me acercaré otra vez a escucharle. Lo cierto es que lo que yo quisiera es ver una recopilación en libro de todos los artículos —algunos muy interesantes sobre literatura y arte paraguayo—. Y si fuera posible, me gustaría, si es que todavía no lo hizo, que escribiera una memoria de su vida literaria, de los escritores y artistas  que ha conocido. Sería un aporte muy importante para los lectores y estudiosos de la historia literaria del Paraguay.
Antes de abandonar el Café Literario, le entregué un ejemplar de los Cantos guaraníes, que se había publicado en Asturias. Recuerdo que lo acompañé hasta la Casa del Centenario, esa tarde se presentaba Memorial de agravios, de Francisco Pérez-Maricevich. La presentación la hizo la poeta Renée Ferrer.
Cuando vuelva a Paraguay, me tocará a mí pagar el café. En eso habíamos quedado. Espero que para entonces tenga la oportunidad de leer más obras de Osvaldo González Real.
Hoy, en esta especie de exilio voluntario que muchos nos hemos sentido obligados a elegir, releo los versos de Memoria del exilio. Algunos poemas están inspirados en la tradición mítica guaraní, rescatados por el poeta León Cadogán en el libro Ayvu Rapyta, ese canto y oración a la palabra. (Cadogán fue antropólogo, pero yo lo llamo poeta porque considero que su traducción es poesía pura, y en cualquier caso, todo traductor de poesía es poeta). En la tradición guaraní, la palabra tenía un significado capital, porque con ella cantaban y oraban y transmitían sus tradiciones. Para los mby’a guaraní, la palabra era el Universo. Como dicen unos versos de González Real: “Porque Todo es Palabra / y la Palabra es Todo”. Pero también influye en sus poemas otros libros míticos, como el Chilam Balám, y la literatura oriental. Copio aquí el poema “El gran rebelde”:
 
En los límites del mundo
—no lejos del mar—
a una escarpada roca encadenado
—ladrón de la flor resplandeciente—
            espera un hombre.
 
Su libertador no ha nacido aún.
Pero ya su gloria es eterna.

Estos versos que hablan de Prometeo y del hombre que sueña conquistar su sueño, del hombre que se ha mofado de los soñolientos dioses que se burlan con sus silencios de las oraciones del huérfano, del exiliado en su tierra, son una muestra de la voz de González Real, un poeta que trata de abarcar todas las tradiciones.

lunes, 20 de junio de 2016

El alma desnuda de Antonia Pozzi



Cuántos libros de autores extranjeros hemos leído como si fueran escritos en nuestra propia lengua. El lector no suele fijarse mucho en el traductor. Y sin embargo, cuánto le debemos a los traductores, a los que gastan sus horas trasladando, con no poco esmero, a nuestra lengua los significados que otras lenguas guardan. Qué labor más noble la de estos incansables trabajadores de los idiomas. Más aún es de valorar su esfuerzo cuando, como arqueólogos, ponen a nuestro alcance un descubrimiento, un tesoro que nos enriquece en todos los sentidos. Tal es la labor que ha llevado a cabo la poeta Herme G. Donis. En El alma desnuda (Impronta, 2015), nos ofrece los poemas de la olvidada poeta italiana Antonia Pozzi (Milán, 1912-1938), quien tuvo una vida inestable y se suicidó a los veintiséis años.    
El prólogo de Herme G. Donis nos explica que Pozzi no publicó nada en vida y que la razón más probable de ello fuera por inseguridad en lo que escribía. Quizá también por timidez o por una severa autocrítica.
Será Roberto Pozzi, padre de la poeta, quien recogerá los cuadernos en los que Antonia Pozzi escribía sus poemas y diarios, y los publicará bajo el título Parole. Diario di poesía, en 1938. Todos los poemas llevan la fecha en que fueron escritos.
También en el prólogo, la traductora nos habla de la poesía de la poeta italiana, que “se caracteriza por la emoción y la, a veces, dolorosa sensibilidad que su mirada pone al fijarse en las cosas que la rodean” (págs. 19-20). No debemos saltarnos la introducción de Herme G. Donis, que hace un análisis amenamente riguroso de la vida y obra de Pozzi.
            La antología consta de dos apartados, “Parole” / “Palabras y “La vita sognata” / “La vida soñada. Este último apartado consta de los diez poemas que la propia Antonia Pozzi seleccionó, destacándolos del resto. Los diez son poemas de amor, inspirados en la relación que tuvo con su profesor Antonio María Cervi. Son un verdadero testimonio de un amor que ha marcado de manera muy profunda la vida de Pozzi.
Esta edición bilingüe ofrece al lector una poeta que deslumbrará con la aparente claridad de sus poemas. Una poesía desnuda, despojada de todo barroquismo. A veces, los poemas parecen describir un cuadro que la poeta contempla. Destaca la descripción del paisaje, como en “Ocaso enfadado”, en el que la poeta nos transmite su melancolía. La naturaleza como retrato del sentir nos recuerda a Machado y es una característica fundamental de la poesía de Antonia Pozzi. A través del paisaje nos sugiere sus sentimientos más profundos, por eso nos llega muy hondo cada poema.
El poema “Amor en lejanía”, escrito en Milán, el 24 de abril de 1929, es un claro ejemplo del paisaje que nos muestra un sentimiento de soledad, de abandono, pero también el deseo de un amor ideal. Esa soledad le lleva a preguntarse dónde está Dios. En “Grito”, descubre que está sola, que está absolutamente sin Dios, y para ella no hay mayor miseria que eso.
            Es fácil adivinar las razones de la predilección de Herme G. Donis, a quien también le gusta la poesía clara y la presencia de la naturaleza en sus poemas (como podemos en sus haikus) por esta poeta.
El alma desnuda vale tanto no solo por Antonia Pozzi, sino porque además quien la traduce ahora al español es otra excelente poeta. Solo por eso ya merecería la pena hacerse con este libro, dejarse llevar por sus poemas, contemplar el mundo desde los ojos de Antonia Pozzi para ver mejor lo que pasa desapercibo a nuestra vista, para ver de otra manera el ocaso, la tormenta, el horizonte, la muerte, el amor, el dolor… Baste como muestra el poema “Último crepúsculo”:
El agua juega con las rocas
babeando espuma
como un caballo sudado.
Dos barcos pesqueros
regresan con las velas flojas.
Sola sobre el trampolín
con mis inoportunos delirios,
exhibo en el gris
mi jersey rojo.
Pero por dentro el alma
palidece,
como la carne reblandecida
de un niño ahogado.

            Se nota que la voz que habla en los poemas es la de alguien que siempre está contemplando algo como si estuviera detrás de una vidriera, encarcelada, y nos describiera solamente lo que ve. Lo mejor, lo que ella desea no está a su alcance. Quien habla es un ente pasivo, que no participa del mundo que anhela, de la felicidad.
            A los veintiséis años se suicidó Antonia Pozzi. En “Canción a mi desnudez”, escrito en 1929 —cuando la poeta tenía diecisiete años—, vemos que el tema central es la muerte y la soledad. En 1930, cuando escribe “Noviembre”, insiste otra vez en ese tema:

Y luego, cuando me haya ido,
algo quedará
de mí
en mi mundo:
una fina estela de silencio
entre voces,
un tenue aliento blanco
en el corazón del azul…

Como dice Herme G. Donis, “la poesía de Pozzi es alma y cuerpo, magia y terrenalidad, dolor y gozo…” (pág. 21). En este libro, no solo encontrará el lector poemas desgarradores, sino también otros que ofrecen un candor especial, una alegría y optimismo que nos revelan una Antonia Pozzi que tenía momentos de alegría, de emoción. No estaba arrepentida de haber nacido. Esa luz alegre se puede percibir en “Agua alpina”:
Alegría de cantar, como tú, torrente;
alegría de reír,
sintiendo en la boca los dientes
blancos como tus guijarros;
alegría de haber nacido
simplemente en una mañana soleada
entre las violetas
de un prado;
de haber olvidado la noche
y el mordisco del hielo.

            Como Herme G. Donis, que se sintió encandilada cuando se encontró por primera vez con los versos de Antonia Pozzi, así se encuentra uno cuando lee El alma desnuda. Satisfacción, alegría, tristeza, emoción, ternura, todo entremezclado, como una cesta de frutas, este libro, los poemas de Pozzi, a veces espirituales, a veces carnales, a ras de suelo, nos agarran y nos mantienen en un estado completamente ajeno a lo que solemos sentir habitualmente. Esa variedad de tonos, de paisajes, de colores, de momentos, es lo que caracteriza a la poesía de Pozzi. Y asimismo a la propia vida.

 

domingo, 19 de junio de 2016

En "guaydelparaguay"


               Hace unos días publiqué un comentario sobre El alma desnuda  (Impronta), de Antonia Pozzi, libro de poemas traducido por la poeta Herme G. Donis. Se puede leer en: http://guaydelparaguay.org/el-alma-desnuda-de-antonia-pozzi/

               Y ayer nomás, en la misma página, apareció un artículo mío sobre mi encuentro con el escritor paraguayo Osvaldo González Real, que se puede leer en: http://guaydelparaguay.org/un-encuentro-con-el-maestro-osvaldo-gonzalez-real/

martes, 31 de mayo de 2016

Las breverías de Aitor Francos

Aunque Aitor Francos ya había ofrecido en revistas algunas muestras de su capacidad aforística (como la aparecida en el número 5 de Anáfora), Fuera de plano (Cuaderno de Vigía, 2016) es su primer libro de aforismos y ha sido premiado con el iii Premio Internacional José Bergamín de Aforismos, el único concurso de este género que  se organiza en España.
Están en auge los libros de aforismos. Impulsado quizás por las redes sociales, este género goza al parecer de muy  buena salud. Pero, como en todas las cosas, muchos son quienes lo cultivan, pero pocos los aforistas que nos logran convencer. Para ser un buen aforista se necesita muchos ingredientes para no cansar con lo monótono. Gusta al lector la variedad temática, lo irónico, lo poético, lo chistoso —pero sin pasarse—, lo inteligente —sin pretender ser filósofo—, lo anecdótico, etc.
Aitor Francos ha entrado con buen pie en estas breverías. Maneja muy bien los trucos, las técnicas y el arte de los aforismos, en los que descubrimos al poeta, al lector, al crítico, al observador de la sociedad, al ser humano, preocupado por la literatura, pero también por lo social, por la política incluso. En algunos casos, los aforismos de Aitor Francos son una confesión al lector. Y no pretende ser moralista en ningún momento. Solo busca ofrecer un punto de vista distinto a los demás.  
Destaca la variedad temática del libro. Abundan los aforismos donde se reflexiona sobre la poesía. Aitor Francos es, ante todo, poeta. En su libro Las dimensiones del teatro, se puede encontrar algún que otro verso aforístico. En Fuera de plano, el autor nos ofrece todo lo que piensa sobre la poesía. Podríamos seleccionar lo que escribe sobre este género y tendríamos su poética y los principios fundamentales. Cito algunos: “La poesía es la esterilización de la realidad”, “La poesía que dice lo que es, especula”, “En poesía las cosas hablan como en una confidencia policial”. Para el autor, la poesía es el fin y no el medio del quehacer literario, es lo que más le motiva escribir.
En algunos aforismos, se deja traslucir la vena crítica de Aitor Francos: “Hay poetas que consiguen lo imposible: borrar la poesía del poema”. Lástima que no nos diga quiénes son esos poetas. Reflexiona asimismo sobre el propio acto de la escritura: “Saber lo que no hay que escribir es una forma superior de corrección”. O este otro: “Escribir es como buscar a un prisionero en un espejo; cuando lo encuentras no tienes posibilidad de liberarlo”.  
Destaca en sus aforismos la presencia de la palabra “espejo”, sobre la que el poeta reflexiona bastante. Y es que nuestro autor no duda en observarse a sí mismo. Se deja ver que en el acto de razonar hay una forma contemplación del yo, o más bien, una forma de diálogo con nuestra conciencia que es otra forma de mirarse uno mismo: “Mantenía tal devoción por los espejos que su doble ya había solicitado una orden de alejamiento”. Tiene que ver con el juego de espejos también lo paradójico de algunos de sus aforismos: “El lector que sabe lo que busca es ese que aún sigue buscando”.
Aitor Francos sabe que lo mejor de la lectura y del viaje es la lectura y el viaje mismos. Al final, la presencia de los espejos no es más que una forma de buscar un punto de vista distinto.
La variedad temática, el tono irónico, la inteligencia clara, aunque a veces nos parece algo rebuscadamente filosófico y místico (“Hay dos posibilidades de llegar a la luz, no viendo lo claro y no viendo lo oscuro”). En estos casos nos apresuramos a saltar de línea.  
Como en todo libro aforístico, también en Fuera de plano encontramos aforismos sobre aforismos: “Los aforismos son como granos de maíz echados en una sartén con aceite hirviendo. Sabes que antes o después algunos de ellos van a saltar a tus ojos en forma de palomitas, y que otros no explotarán y quedarán tristemente quemados”. Pero lo mismo podríamos decir de otros géneros. En el caso de Aitor Francos, de la sartén de Fuera de plano podemos asegurar que la gran mayoría explotarán hechos palomitas y dejarán en el paladar y en la inteligencia un buen sabor.

 

jueves, 28 de abril de 2016

La senda recorrida


La senda recorrida
Candela de las Heras
Ediuno, Oviedo, 2015

 Candela de las Heras (Alicante, 1994) debuta con este libro que ha merecido el V Premio de Poesía de la Universidad de Oviedo. Certero título ha elegido sin duda alguna porque la literatura y, en particular, la poesía no es otra cosa que un recorrido, un viaje por la conciencia y los sueños. Su poemario está dividido en cuatro secciones que llevan como título nombres de mujeres: Ella Jane, Patricia Lee, Polly Jean y Amy Jade. Entendemos el simbolismo de los títulos, un homenaje, una reivindicación de la figura femenina. Estas mujeres guían a la poeta, la acompañan en cada poema, y suponemos que también sus voces y letras le sirven de inspiración.
            Los cuatro apartados contienen poemas que no se diferencian mucho en el tono ni en el estilo. Prioritariamente se da más importancia al contenido. La forma no es lo relevante, sino que lo que la poeta nos quiere comunicar en cada poema. En muchos casos como un monólogo que se acerca a la queja, un monólogo en el que no podemos asegurar quién habla ni a quién se dirige. ¿Es la propia conciencia la que dialoga consigo misma o con la que escribe, como en "Times takes a cigarette"? Es interesante el juego de buscar la ambigüedad cambiando las voces; por ejemplo, en las dos primeras estrofas de este poema se usa la segunda persona y en la última estrofa, la primera. Le da un toque de misterio a los poemas no saber quién está hablando y a quién se dirige en los distintos momentos. Se acercan a lo borgiano estos juegos de espejos, estos juegos del doble. Poesía psicológica llamaría yo a la poesía de Candela de las Heras.
             El tiempo que todo lo ha consumido, la muerte y la soledad que pesa y que a veces puede llegar a ser corpórea (como en "El frío") son los temas que más le importan a nuestra poeta. El abandono que alude a la muerte invade de un color fúnebre algunos pasajes del  libro. ¿Conviene no abusar de lo dramático para evitar que los lectores se pongan muy serios? "Piensa todos los días en la muerte –decía Rafael Barrett–, y tu obra resplandecerá de vida." La poesía de Candela De las Heras solo respira vida, y es su vida la que nos cuenta en cada poema. En el fondo ama la vida y se aferra a ella. "Lo peor de la muerte es saber que vas a morir. / Pero qué difícil es decirle adiós a la vida". 
No todo es negro en este libro, podemos encontrarnos un refugio al que se vuelve y al que se resiste a abandonar. Ese refugio vital son los recuerdos de la infancia que aparecen en "Marques", "Niños en mi tiempo" o "Salinas", poemas que guardan también una figura paternal, la compañía de un ser querido. En este libro no se habla casi de amor –al menos de forma explícita–, pero un poema basta para no quedarnos con las ganas. "Si quieres, podemos irnos" es un bello texto amoroso, en el que no aparece la palabra "amor". Y es que De las Heras maneja bien el arte de aludir. 
La senda recorrida encierra ciertamente lo que la autora ha recorrido en su aún corta vida. Sin embargo, a pesar de su juventud, podemos percibir un cúmulo de vivencias (y lecturas) que demuestran una madurez prematura.
                                                            

EL HACEDOR

Me gustaba observarte concebir el mundo con las manos.
Tú, creador, hacedor de milagros.
Lo que tocabas era ya tu obra:
prolongaciones
de ti, hijos bastardos de tu energía.
 
Qué autoridad mostrabas sin darte cuenta
cuando, desenvuelto, hacías algo para mí.   
 

 

[Reseña publicada en la revista Anáfora, nº 7]

viernes, 11 de marzo de 2016

Entrevista en "Y..."

       Hace unas semanas, me hicieron una entrevista en el programa asturiano "Y...". Me preguntaron sobre Paraguay, mi experiencia en Asturias, literatura y otras cosas. Creo que ha quedado muy bien, pese a mis nervios. Podéis verla en el siguiente video:

lunes, 7 de marzo de 2016

Poesía póstuma de José Luis Parra

 
Una hora aproximadamente me ha llevado leer Hojarasca (Renacimiento, Sevilla, 2016), el libro póstumo de José Luis Parra (Madrid, 1944 – Valencia, 2012). Y mientras escribo esta pequeña nota, lo vuelvo a releer sin dejar de sentir su frescura, como si cada poema fuera ofreciéndome a cuentagotas lo que en la primera lectura no me había dado. Y es que todo lector de poesía sabe que el universo del poema se descubre en varias expediciones, no importa si ese universo es aparentemente pequeño como una isla o como un haiku.
Hojarasca se compone de dos partes. La primera, la más extensa, está constituida de haikus; la segunda, de tankas. Pero no solo la brevedad de este tipo de poemas nos invita a leerlo de un tirón. La temática de los haikus es muy variada: los hay que tienen que ver con las estaciones del año (los más acordes con la tradición), otros hacen referencia a situaciones cotidianas, la muerte, la vida urbana, el amor y el desamor. Algunos simplemente parecen mostrar una imagen fugaz de la vida:
En su honda noche,
el olor de la fruta
alumbra al ciego.
En algunas composiciones predominan un fondo pesimista, la vida de un hombre resignado a contemplar el pasado como algo muy lejano. En estos casos, destaca sobre todo la añoranza de la infancia: “Cuánto daría / por tener aquí aquel brasero / de mi infancia”. Pero en otros poemas, nos dice que a veces, pese a la vejez y al desgaste de la vida, la felicidad es lo único que vale la pena conquistar:
Voy para viejo.
Ya no hay mayor hazaña
que la alegría.
Los poemas de Hojarasca fueron escritos en Valencia durante los años 1999 y 2000 y lo único que he echo en falta en este libro póstumo es una breve presentación que nos hable tal vez del origen de estos poemas, porque no sabemos si el libro fue preparado por el autor antes de su muerte, o si fueron recopilados estos poemas por otra persona. Al final, un buen puñado de Hojarasca nos recuerda que lo fundamental son los breves pero intensos poemas por los que aún fluye la perenne verdad lírica de José Luis Parra. La pervivencia de su poesía se resumiría en los siguientes versos:
Rompe la frágil
hierba la losa firme
del pavimento.
 

viernes, 12 de febrero de 2016

"La patria del hombre" en EsAsturiasTV

En el programa "Magazine Y" del canal "EsAsturiasTV", Leo Prado ha recomendado libros de Paul Auster, Beatriz Rodríguez y Rafael Chirbes, y además ha tenido la generosidad de dedicar unos minutos a La patria del hombre (hacia el minuto 53). Ha sido una agradable sorpresa para mí. Muchas gracias. 

sábado, 9 de enero de 2016

Sin sueño y sin pan

           
            Soy un amante del pan, de la "galleta", como decimos en Paraguay. Siempre que voy a la panadería compro dos, uno para casa y el otro para comerlo de camino. Y es que el primer arma para defender la vida es el pan. Una amiga paraguaya, que también vive en Oviedo, me envía un pan casero que ella misma ha hecho. Mientras preparo una pava de cocido negro, pruebo un trozo, y en ese mismo instante, su aroma ha despertado en mí un recuerdo que creía olvidado, que pensaba enterrado por miles de lunas y que en alguna ocasión solo era un sueño. Eso creía. Pero como por arte de magia, me lleva este aroma al año 1994, y a un pueblo llamado Nueva Esperanza (Caaguazú). El sol está punto de ponerse. El niño que fui recorre un tape po'i (o sendero) que cruza como un arroyito en medio de naranjos, limoneros, paraísos, entre oscuros árboles de níspero. Voy conducido por el mismo aroma que ahora siento. Me lleva hasta una silenciosa casita de madera y techo de pajas de estero. La casita está escondida en medio de unos árboles de moras, cuyos frutos estallan al caer y dibujan en la negra tierra estrellas moradas. El aliento del pan me detiene junto a una puerta entreabierta de donde viene el aroma. Una anciana sale a recibirme con un dorado pan en las manos. Ni una palabra me dice, solo sonríe. Yo le digo "Dios te lo pague". Vuelvo a casa sin fijarme en las negras sombras que van creciendo a mi alrededor como un futuro que pronto me va alcanzar, acaso para devorarme. Pero yo sigo caminando, sintiendo el cálido pan entre mis pequeñas manos de niño hambriento.
            No tengo miedo, llevo un arma en las manos para defenderme. Al menos por este día, pienso.
            El primer arma para defender la vida es el pan. Cuántos hombres y mujeres, niños y niñas, viven sin su pan para protegerse. Cuántos, en este año que empieza, caminarán mendigando por nuestras calles. Cuántos dormirán sin cama, sin sueños, porque hasta los sueños les hemos negado. Cuántos jóvenes de mi tierra dejarán sus estudios y su casa familiar para buscarse el pan fuera del país en este año que empieza con el agua hasta el cuello.  

sábado, 2 de enero de 2016

Las costumbres vacías - Sara A. Palicio


    En los Siglos de Oro, en el Romanticismo y hasta el Modernismo, el verso era la forma que utilizaban los dramaturgos para escribir sus obras. Aunque no todo lo que se escribía en verso es poesía, el hecho de utilizar el verso hizo que el teatro tuviera una estrecha relación con la poesía, al menos en lo que se refiere a la música y al ritmo.
     Sara A. Palicio (La Felguera, Langreo, 1991) acaba de publicar  Las costumbres vacías (Trabe), su primer libro de poemas, que mereció el Premio de Poesía Asturias Joven 2014. En este volumen, la poeta hace especial homenaje al teatro, ese maravilloso género que durante siglos llenó nuestra conciencia de poesía. El lector se quedará sorprendido ante una obra en la que se nota que la autora se ha dedicado a depurarla hasta reducirla a lo esencial, y en el que en los títulos aparecen los rasgos del mundo del teatro: «Solo el autor», «Dramatis personae», «Actos de ausencias», «Acotaciones» y «Solo el poeta».
     Los poemas que más nos conmueven son los de tinte autobiográfico, como el entrañable poema «La espera», inspirado en la madre ausente pero presente al mismo tiempo en el recuerdo. Destacan los temas amorosos y los que cantan, de alguna manera, al cuerpo, como «Pequeña poética ausente», «Fracciones en un punto» o «Filemón a Baucis». Asimismo sobresalen los poemas breves (algunos irónicos) que llevan como título principal «Acotaciones». Véanse las definiciones de «Infancia» («Emulación de uno mismo / en cualquier circunstancia / feliz y momentánea») o «Amor» («Dolor intenso y punzante. / (A combinar con otros fármacos)».
    La poesía de Sara A. Palicio se inspira en una tradición que incluye a los mejores maestros, desde Borges, Lorca, Blas de Otero, Vallejo hasta los más contemporáneos, como García Montero, Julio Rodríguez, Martín López-Vega...
    Quien se adentre en estos poemas se encontrará con una voz que busca transparentarnos para salir de ella con la sensación de haber leído la vida misma. Y es que acaso lo que nos enseña Las costumbres vacías es que el teatro y la poesía alimentan nuestros sueños, deseos, miedos, recuerdos, nuestra vida entera, en la que todos tenemos un papel y en el que todos somos protagonistas de nuestras costumbres, las que nos dicen realmente quiénes somos.
               
                                                                     [Reseña publicada en la revista Anáfora, nº 6]

sábado, 26 de diciembre de 2015

La luz de Rafael Barrett

El pasado 17 de diciembre se cumplían 105 años de la muerte de Rafael Barrett. Conocí su figura ya en España, cuando tuve la ocasión de poder acceder a libros que en mi patria no tenía. En una antología de literatura paraguaya, había un artículo suyo titulado “Emigración”. Hablaba en él de cómo los paraguayos se están yendo a otros países. “El Paraguay ofrece un ejemplo único –escribe Barrett–; es un país americano que se despuebla”. Si ya en julio de 1910, la gente salía de Paraguay, es que hoy no ha cambiado nada. Cuánta gente necesitada abandona Paraguay, “el país más feliz del mundo”. Yo había hecho lo mismo que los paraguayos de principio del siglo XX.
El artículo me había maravillado y tuve que conseguir otro libro suyo, El dolor paraguayo, que él mismo había preparado pero que no llegó a verlo publicado. Libro que describiría, como ningún otro escritor lo hizo antes, la desilusión, la pena y el dolor de nuestra gente.
Después fui indagando sobre su obra y vida. Leí el libro de Gregorio Morán y allí descubrí a Vladimiro Muñoz, el primer biógrafo de Barrett.  Muñoz es natural de una ciudad asturiana llamada Gijón, a 30 kilómetros de Oviedo, donde vivo.
Desde aquella primera lectura fui buscando más obras suyas. Y un día, José Luis García Martín me regaló las Obras completas de Rafael Barrett. Su lectura me fascinaba, me iba alumbrando. Su punto de vista era original porque decía tanta verdad. Todo su texto es resultado de una reflexión muy humana y de elevada cultura.
Barrett, como el Cid campeador, se exilió porque fue calumniado y, como Apolonio, intentó perderse por el mundo. Y la misma frase que cierra aquel primer artículo que leí se podría decir aplicar a él: “El derecho supremo es vivir, y cuando no se puede vivir en un sitio, el deber supremo es irse a vivir a otra parte”. Él había hecho exactamente eso cuando se marchó de Europa. Pisó tierra paraguaya, como quien llega a su casa después de un largo viaje. Allí aprendió de los más pobres la nobleza y por los pobres fue aceptado como un hermano más.
En Hispanoamérica se hizo escritor, maestro, proletario, agrimensor, sindicado y padre de familia, además fundó el semanario Germinal, en honor a Zola. En el Paraguay, Barrett es considerado el padre del pensamiento crítico, impulsor del periodismo objetivo, realista, porque, como diría él, para decir la verdad “cualquier boca sirve”. Como los de Zola, sus escritos fueron el arma con que defendía a los de abajo. Sin temblarle el pulso, revelaba las injusticias y abuso del poder y los acusaba públicamente.
De alguna forma me sentí en deuda con él. Es verdad que en Paraguay han publicado sus obras completas, han creado un premio literario de ensayo que lleva su nombre y tantos otros honores. Pero en España, como paraguayo, sentí la necesidad de hacerme un alumno suyo, su lector. Fue el mejor favor que me pude hacer.   
En una conferencia del 2013 en la universidad de Oviedo, Antonio Muñoz Molina había dicho que “en una democracia escribir en libertad no supone valentía. Donde se es valiente es en una dictadura.” Sus palabras me hicieron recordar a Barrett. Él sí fue un escritor valiente por antonomasia. Había denunciado sin miedo en sus escritos la barbarie a la que estaba sometido el pueblo paraguayo, sobre todo los abusos y la esclavitud que sufrían los obreros en los yerbales. Además, quizá fue el primer escritor en defender a la mujer en la sociedad paraguaya. En su artículo “Oro sellado” podemos leer esa defensa:
 
“Aquí las valientes, las que trabajan, son sobre todo las mujeres. Son ellas las que afrontan, indefensas, la dura realidad. Son ellas, heroicas, las que despiertan la fecundidad de los campos, las que preparan lo indispensable a la vida, el pedazo de pan, el jarro de leche, la legumbre y la fruta; las que hilan y tejen y cosen; las que tienden al dueño de su alma el limpio lecho, y no se atreven a despertarle, y le espantan las moscas. Hambre, dolor, incertidumbre, soledad, guardan todo lo malo para ellas. Placer, orgullo, mesa y techo y ropa seguros, y algún dinerito para divertirse, todo lo bueno lo reservan para ellos, hijos, hermanos, esposos. Pero en verdad que son tan sólo hijos suyos y hasta la muerte. En verdad que estas mujeres amamantan a su patria”.

Leer a Barrett es un placer exquisito. Uno tiene la sensación de que de cada artículo suyo que lee sale más sabio. Barrett es un maestro de todos los tiempos, de todas las generaciones. Él fue el primer ilustrado, una especie de guerrero de la luz, que nos sacó de la oscuridad, de la ignorancia en la que vivíamos los paraguayos.
Barrett era pura idea, pura razón, infatigable y brillante. Sus ideas creadoras nutren, ennoblecen y fecundan hasta hoy día el pensamiento. Hoy y siempre la luz de su inteligencia nos seguirá iluminando.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

José Luis Morante lee "Permiso de residencia"

No hace una semana que apareció publicado mi libro de poemas Permiso de residencia en la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Hoy hace justamente ocho días que me llegaron a casa los ejemplares llenando de alegría cada rincón de mi hogar. Hoy también recibo la primera crítica sobre este libro. Es una reseña de José Luis Morante, poeta y crítico literaria que siempre acoge con buenos ojos a los poetas que estamos adentrándonos al mundo literario. Se puede leer su reseña en el siguiente enlace: http://puentesdepapel56.blogspot.com.es/2015/12/cristian-david-lopez-permiso-de.html

sábado, 28 de noviembre de 2015

Permiso de residencia

Acaba de publicarse mi libro de poemas La patria del hombre en la editorial Sevilla La Isla de Siltolá. Posiblemente estará en las librerías a mediado de diciembre; también se puede descargar en formato ebook.


sábado, 21 de noviembre de 2015

La ausencia de la literatura paraguaya en España


 
“¿Por qué sabemos tan poco de Paraguay? ¿De literatura paraguaya?” es una de las preguntas que me hicieron no hace mucho en Gijón (Asturias). Intuía que esa era la pregunta que no podía faltar en la presentación de un libro paraguayo. No sabría explicarlo con certeza, pero lo voy a intentar.
            No sé si es por falta de apoyo de las entidades gubernamentales, encargadas de representar al país en el exterior, o por la falta de interés de los lectores y editores españoles. Porque no es que en Paraguay no tengamos buenos poetas, buenos narradores, buena literatura en general.
            Contamos con una gran cantidad de excelentes escritores que han publicado libros que se están leyendo en los países latinoamericanos. Son muchos los nombres nuevos que llaman mi atención ahora mismo: autores como Mónica Laneri, Sebastián Ocampos, Christian Kent, Mónica Bustos.. Pero también están los que pertenecen a una generación anterior sin los que no sería posible entender la literatura paraguaya del siglo XX, voces como la de Renée Ferrer, Susy Delgado, Feliciano Acosta, Osvaldo González Real, Víctor Casartelli, Rubén Bareiro Saguier y tantos otros que merecen sin duda estar y destacar en el mundo literario internacional.
Pero en España a todos ellos se les ignora casi por completo. Es muy difícil encontrar libros paraguayos en las librerías españolas. Recuerdo que, cuando yo llegué a España en el 2008, tuve la ocasión de acceder por primera vez a una biblioteca y de leer la más variada literatura. Siempre que podía buscaba un libro de autores paraguayos, pero no los encontraba.
Enfada un poco cuando se publica una antología de poesía o narrativa latinoamericana y no se incluye a escritores de mi país. ¿Acaso los antólogos no miran más allá, más al fondo, en los más profundo de América Latina, al corazón? Yo no sé qué decir. “Es un país y una literatura bastante ignorada, los críticos no miran hacia ella”, suelo pensar.
En estos quince años, solo se ha tenido noticia de dos publicaciones importantes en España. Uno, la antología Contra la vida quieta, de Elvio Romero, el poeta paraguayo más internacional, publicado por la editorial Candaya en el 2003. El otro, quizá la que yo más esperaba y que me ha hecho feliz, fue la antología La poesía del siglo XX en Paraguay (Visor, 2014) [y comentada en este blog], preparada por Mar Langa Pizarro.
¿Mostró algún interés por estas maravillosas publicaciones la sociedad paraguaya que vive fuera y dentro del Paraguay? Me temo que no. ¿Las han recibido con orgullo? Lo dudo.
Hace bastante tiempo que he llegado a la conclusión de que el boom de la literatura paraguaya debe nacer de la mano de los propios paraguayos y paraguayas. El interés debe empezar en ellos. La mayoría de los libros de autores extranjeros que se publica en España fueron primero muy bien recibido y leído con interés en el país de origen, en cierta manera fueron bestsellers. El mercado español se fija en ese detalle fundamentalmente.
Suena utópica la idea de que los paraguayos que vivimos en el extranjero tengamos interés por adquirir los libros de autores de nuestra tierra. Pero cuánto impulso daríamos a las editoriales paraguayas, a nuestros autores y autoras con nuestras lecturas. Daríamos voz, nuestra voz, nuestro acento, daríamos vida a una literatura enmudecida por el desinterés. Que las embajadas  y las asociaciones en los distintos países se encarguen de organizar actividades literarias, que promuevan presentación de libros, que formen bibliotecas, que financien publicaciones de libros paraguayos en los demás países. ¡Qué cosa tan noble sería eso! Es lo que deberían hacer para “promocionar lo nuestro”, nuestra cultura.

               

 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Lorenzo Roal lee "La patria del hombre"

        Lorenzo Roal, joven poeta y director de la Revista Maremágnum, había reseñado en su blog "La patria del hombre" y yo ni me había enterado. Acabo de leerlo. Su comentario me ha alegrado el día y no sabe de qué manera. Me honra.
       Se puede leer la reseña en: http://trayectosdepapel.blogspot.com.es/2015/10/la-crudeza-del-mundo-en-los-ojos-de-un.HTML

martes, 10 de noviembre de 2015

Museo James Joyce


Busco el Museo James Joyce. Recorro las calles Street Parnell y Street Summerhill. Entre la brisa flora un aroma conocido, “Oh María, mi dulce María”, pienso y suspiro. Dejo que entre un poco en mi alma los átomos que contienen el secreto de la paz. Encuentro el museo, pero ya han cerrado. Me quedo a sentarme enfrente mismo del museo y contemplo el edificio, que no se distingue de los demás, como la vida mía.
 

domingo, 8 de noviembre de 2015

"La patria del hombre", Cristian David López (video)

             El día 31 de octubre había presentado en La Revoltosa (Gijón) mi libro "La patria del hombre". Ya pasaron una semana, y no colgué ni siquiera una foto de ese encuentro y charla con el joven poeta Diego Solís. La verdad, fue una tarde agradable. Esa que uno no quisiera que acabara nunca. Lo digo por la compañía. Por si acaso, aquí les dejo un fragmento de lo que fue la presentación.






Estrellas y volteretas


              En el parque del Trinity College, un joven irlandés hace volteretas y estrellas una y otra vez. Sonríe porque sabe que el resto del mundo lo está mirando. Lleva unas gafas negras para disimular. Un puñado de monedas plateadas y doradas cae de sus bolsillos, monedas que quedan brillando sobre el verde pasto. La gente aplaude y el joven recoge las monedas como si acabara de recibirlas por sus acrobacias.