jueves, 20 de octubre de 2016

Los aforismos de Santiago Ramón y Cajal


Entre cambio de pañales, nanas, gruñidos, bostezos, llantos, biberones y sueños de mi hijo recién nacido, de vez en cuando, picoteo alguna delicia en Aforismos y charlas de café de Santiago Ramón y Cajal.
            El libro ha sido editado por otro excelente aforista, Manuel Neila, que dirige la colección «A la mínima» de la editorial Renacimiento. Dicha colección tiene en su lista a  clásicos del género, como Oscar Wilde, Vauvenargues, Pessoa, Antonio Machado, Rafael Barrett, y también a algunos de los mejores aforistas contemporáneos: Dionisia García, Ramón Eder, Gabriel Insausti, incluido el propio Neila, que cada día nos regala una reflexión en su cuenta del Facebook: «La riqueza del desarrollo a costa de la miseria de sus alrededores acaba por volverse una riqueza miserable», «Lo malo de los de abajo, todo hay que decirlo, es que muchos aspiran no a ser justos, sino a ser de los de arriba». No todo lo uno que lee en las redes es desdeñable. Quién mejor que Manuel Neila para estar al frente de tan selecta colección.
Aforismos y charlas de café es un libro dividido en once capítulos, que tratan sobre la amistad, el amor, la vejez, la muerte, la inmortalidad, el talento, la conversación, la opinión, el carácter, las costumbres y las mujeres. Bastantes de los aforismos sobre la mujer son misóginos, pertenecen a una mentalidad de otra época, de la que poco a poco queremos alejarnos. Las reflexiones sobre este asunto no creo que ayuden a que el lector contemporáneo se acerque a los aforismos de Ramón y Cajal. Más bien nos hace dudar de la verdadera inteligencia del premio Nobel español. He tenido que torcer el ceño y pasar rápido de página cuando hablaba de mujeres.
Sin embargo, más allá de este tema, Aforismos y charlas de café es un librito inmenso, con reflexiones agudas, la mayoría vigentes y aplicables hoy en día, que nos abren un poco más la mente, pero también nos ayuda a entender que no hemos evolucionado demasiado en determinadas materias, sobre todo en lo que tiene que ver con las relaciones literarias, la amistad, el amor, etc. Muchas de las reflexiones que encontramos aquí son ideas que permanecen constante en el tiempo, porque bien ha dicho Ramón y Cajal, las buenas ideas son inmortales, yo agregaría que también las malas costumbres.
Qué mejor compañía para hacer más llevaderas mis obligaciones paternales. Quizá todo libro de aforismos trata de ser, en buena parte, un libro de autoayuda: «Si hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente».
Después de leer este volumen, no sé si podemos decir que salimos más sabios, pero podemos asegurar que sí nos volvemos un poco más desconfiados. He aquí algunos aforismos:

«De todas las reacciones posibles ante una injuria, la más hábil y económica es el silencio».

«Apártate progresivamente –sin rupturas violentas– del amigo para quien representas un medio en vez de un fin».

«Hay pocos lazos de amistad tan fuertes que no puedan ser cortados por un cabello de mujer».

«No huyas de las mujeres durante la juventud, si no quieres correr ridículamente tras de ellas en la vejez».

«Al modo de las cordilleras, que en días grises parecen más alejadas que en días claros, ciertos talentos se envuelven en nubes para semejar profundos».

«Conócense infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento».

«No hay mayor enemigo del ingenio que el mal genio».

«Lo que entra en la mente por vía de razonamiento, cabe ser corregido; lo admitido por fe, casi nunca».

«La verdad es un ácido corrosivo que salpica casi siempre al que lo maneja».

«Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios, cuando debieras agradecerlos; sus golpes no te hieren, te esculpen».

«Comparables a la ola, que rompe impetuosa en la playa, son muchos escritores: mucha espuma y poco fondo».

«El silencio de los envidiosos es el mejor elogio a que puede aspirar un autor».

            «Hay tres clases de políticos: los que enaltecen la Patria, los que la sirven y los que la explotan».

miércoles, 12 de octubre de 2016

A mi hijo

Acaba de nacer y lo primero que ha hecho fue bostezar. Habrá pensado: «¡Mba! ¿Y esto es la Vida?». Finalmente se puso a llorar.
Martín, no llores. Es la vida que entra en ti en cada aliento. Deja que sacuda tu corazón, que infle tus pulmones, que llene de luz tus ojos negros, que cicatrice la piel que te abriga, que fortalezca tus huesos.
Martín, hijo, deja que la vida te acaricie para que vayas acostumbrándote a su tacto. Pronto entenderás que, como las personas, la vida cambia continuamente. Un día te tratará de forma más tosca, te pinchará las manos y los pies, te pondrá corona de espinas, te empujará hasta caerte, hasta derribarte, te hará sentirte solo. Otros días, se presentará mansa como el orbayu en verano para llenarte de luz y estarás feliz sin saber porqué y sentirás que todo lo que existe en el mundo fue hecho para ti. Te ayudará a levantarte en las caídas. La vida, como las personas, tiene muchos rostros y tendrás que ir acostumbrándote a ellos. No te asustes si un día lo has perdido todo y crees que en el futuro tus sueños no están. Recuerda que llegaste desnudo al mundo y que todo lo que tienes es ganancia. Tú sigue caminando y piensa que el futuro nunca llega. Que lo más importante es haber nacido para descubrir el amor de tu madre, que juro que te quiere más que a su vida. Descubrirás que es maravilloso sentir el viento, una mirada bondadosa, la luz en la piel. Es la caricia de la vida.
Algún día visitarás la patria de tus padres y podrás escuchar el chillido de la cigarra en los naranjos, la risa de tus amigos, de tus seres queridos. Es el canto de la vida. ¿No es maravilloso sentir el olor de la cebolla frita inundando el hogar, el olor de la rosa, del pasto recién cortado, de un libro viejo, hojeado un siglo después y que fue leído por cientos de lectores? Es el olor de la vida.  Y si acaso llegaras a mi edad y siguieras preguntándote, como yo, qué es la vida. Te diré que preguntes a tu madre, ella te responderás que la vida eres tú. Algún día lo comprenderás. Ahora todavía la vida tiene un sabor nuevo para ti. Descubrirás la lluvia y la mirarás, como yo ahora, desde la ventana. No te enfades si te empapas alguna vez, la lluvia es la ducha de los días. Y quizás no pienses en la vida hasta que seas por fin, como yo, un padre, que ve a su hijo por primera vez iluminar su mundo. Ahora mismo ya sabes a qué sabe una caricia, la luz, el viento, pronto, sabrás lo que es una caída. Es un truco que usa la vida para ponernos fuertes y enseñarnos a ser independiente. Pronto sabrás a qué sabe el limón y el sabor de la manzana al horno. Sabrás lo que es, si sales a tu padre, emborracharse con la sonrisa de su amada, y a veces, solo a veces, con una botella de vino tinto y un par de poemas.
¡Dios mío, Martín! Tantas cosas te aguardan en la vida. Alegrías, llantos, viajes, sueños, amores. Aunque no los sepas aún, te digo que los días se suceden para que tú sueñes y crezcas, para que tú vuelvas a abrir los ojos cada mañana y podamos nosotros abrir los nuestros, y puedas maravillarte, como yo, con cada día. Descubrirás que algunos sueños no se cumplen durmiendo, sino que tienes que estar muy despierto para conquistarlos.
Hijo mío, no llores más y deja que la vida te acaricie con nuestras manos.

sábado, 8 de octubre de 2016

Cómo se llega a ser un mendigo


 
El hombre antes de saberse un mendigo de verdad, empieza soñando con una vida feliz, con casa e hijos y una esposa. Primero pasa un tiempo mendigando, solicitando un trabajo. Bueno, antes acaba los estudios, luego se pone a buscar laburo con la ilusión de que le van a abrir todas las puertas del mundo con su nuevo título. Después de un año, se tiene que marchar del país porque está cansado ya de mendigar un puesto para lo que se ha preparado toda la vida. Pero si el mendigo apenas tiene un graduado escolar o no lo tiene siquiera, entonces la cosa se pone más difícil. No puede salir siquiera de España. Ya no existe la América donde fueron sus abuelos y volvieron con algo para vivir. Así pues, después de llevar varios años al paro y de haber perdido a los amigos, a la familia y al futuro de una democracia que brillaba esperanzador para la nueva generación a la que él pertenece, después de haber pasado por varias etapas de desesperación, después de perder hasta la misma vergüenza, decide salir a mendigar como un verdadero vagabundo.
Se deja un poco de barba, coge un gorro y sale a la calle a pedir a todo el mundo unos céntimos. Después de unas semanas, pierde también la voz. Le sale ronca y seca. Las palabras se le atascan en la garganta como un pan seco. Entonces decide arrodillarse frente a una Iglesia, tendiendo las dos vacías manos y bajando la cabeza hacia el suelo. Incluso aguanta unos días de lluvia en esa incómoda posición. Pero las rodillas se le ampollan y renuncia a estar arrodillado. Decide una vez más que no se va a rendir y que va a morir parado, como un verdadero soldado. Finalmente se le ocurre escribir un pequeño cartel. Busca un trozo de cartón en un cubo de basura y, con un boli que pide prestado a uno de la ONCE, escribe: “Llevo cinco años en paro. Necesito ayuda para vivir.” Otros escriben: “Tengo cinco hijos que alimentar. Me han desahuciado. Necesito ayuda  para mantenerlos”. Se coloca junto a la entrada de un supermercado o la estación del tren.  Alguno más ingenuo se coloca junto a un banco. Si tiene suerte, un perro callejero le hará compañía. Será el único en escuchar su queja. El único en compadecerse de su situación. Será el único que le hará entender que no es el único perro abandonado.
            No todos los mendigos que vemos por las calles españolas son españoles. En realidad todos los mendigos son iguales. Es como si todos perteneciesen a un mismo país de miserias. Decía que no todos hablan castellano. Algunos vienen de otros lugares pensando que aquí la sociedad tiene un corazón más caritativo, pero no saben que por la vena de todos los seres humanos corre la misma sangre ingrata. El mendigo extranjero, lo primero que cree descubrir es que si no pone en su cartel que es de la vieja Castilla, es decir, español antiguo, quizá nadie le eche un céntimo a los pies. Sabrá que aquí en España, incluso para ser mendigo es necesario solicitar la nacionalidad. Sabrá que si no la tiene, puede que pronto se le culpe a él por el paro y la crisis del país. Así que escribirá: “Soy español, llevo en paro cinco años, me han desahuciado, tengo tres hijas…”. Cree que lo más importante de todo es que ponga que es español. Pobre de él si pone eso en las calles de Barcelona. Allí tendrá que poner que es catalán; y si está en Asturias, que es asturiano hasta la sexta generación. Pero me temo que tampoco le salvará ninguna bandera. La verdadera caridad no ve el idioma que hablas, no ve de qué lugar procedes. Solo se fija en ayudarte, aunque cada día se está volviendo más miope.  
            Al final, da igual que sea extranjero o no, el mendigo vivirá en la indiferencia, como un ente invisible, sin rostro, porque nadie se atreve a mirarle a la cara. La gente tiene miedo de ver reflejado en el vagabundo su propio futuro. El mendigo dejará que los días grises caigan sobre su cuerpo como cáscaras de otoño. Los niños le tendrán un miedo y tendrán pesadillas con él. El mendigo se despojará de todo. Solo nos quedará la sensación de que no le preocupa nada, de que no tiene ningún problema que le aqueje (renta, hipotecas, vacaciones, etc.). Tendremos la sensación de que se ha convertido en santo, que busca cada noche para dormir el recinto de un cajero automático. Sabe que allí estará más cerca del dinero. Y en sueños puede que perciba el vago olor del euro, del peso, del yen, del guaraní, del dólar… del dinero. El olor que cree había olvidado. Él no tiene dudas de que el dinero sí da la felicidad.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Omano ohóvo, se me muere mi lengua materna


Solo aquel que ha vivido muchos años en una sociedad distinta a la suya –y para sobrevivir ha tenido que adaptarse a otra cultura, a otras lenguas, a otras costumbres– sabe lo que es ir perdiendo la lengua materna. Yo creía que la mía viviría conmigo hasta el último día de mi vida, pero me temo que no va a ser. Siento decirlo, también ella me va dejando huérfano. Aún no lo ha hecho del todo, pero he perdido la costumbre de hablarla con agilidad. He olvidado algunos vocablos y he perdido la capacidad de escribir sin mirar el diccionario, como si estuviera redactando en una lengua extranjera.
La semana pasada se celebraba en mi país el “Guarani ára”, el día de la lengua guaraní, que es, junto al español, el idioma oficial del Paraguay.
No hace mucho, al decir que era bilingüe, me preguntaron si yo pensaba en guaraní o en español. Les respondí que la mayor parte del tiempo lo hago en la lengua cervantina. Esto no siempre fue así. Llevo casi nueve años en España, pero llevo fuera de Paraguay más de diez años. Desde el primer momento en que llegué a este país, lo primero que hice fue acercarme a la gente de aquí. No me encerré en mi habitación, con mi lengua. Pese a mi timidez, necesitaba salir fuera y buscar el modo de ganarme la vida. Mi primer jefe era de un pueblo de Grado, y hablaba medio español y medio bable. Y el acento asturiano es, después del aserehe, lo más pegadizo que hay. Enseguida adquirí el acento asturiano. Mi lengua materna, el guaraní, el que acaparaba mi vocabulario personal, se fue apagando poco a poco como una fogata al que le falta oxígeno. No la usaba mucho.
Hace cuatro años mi pensamiento empezó a producirse casi solo en español. Antes, cuando iba caminando solo al trabajo o paseando por la ciudad o el parque, solía ir murmurando en guaraní. Ahora lo hago en español y no me doy cuenta. Para colmo, hasta me enfado en castellano. Y como los españoles, suelo decir “tacos” o palabrotas en castellano.
Estoy seguro que la gente que nunca ha vivido fuera del Paraguay no entenderán la situación de los que estamos viviendo en el extranjero. Te empiezan a criticar y a tachar de “kupera” si por si acaso tienes acento argentino, o dices las coletillas que usan los argentinos, como “viste?”, “boludo” y cosas así. O si como en mi caso dices, al igual que los españoles, “mola un montón”, “hala”, “si, ho”, “cojones”, “Ye verdad”, o simplemente pronuncias un poco más la zeta, tus paisanos te empezarán a mirar raro y a refunfuñar como si fueras un extraño. Y es que acaso ya eres un extraño para ellos. Ay amigo, se ríe de las heridas quien no las ha sufrido jamás.
Con tal de intentar evitar sentirme un extranjero en mi tierra, lo que hago es hablar en guaraní, aunque ya lo hable mal. ¡Y yo que era tan guarango! Y aun así te critican y para colmo, lo hace gente que nunca habla en guaraní.
Muchos no entienden que quienes nos vemos obligados a salir fuera de casa tenemos que aprender diferentes formas de hablar para adaptarnos a otras culturas. Eso nos facilita la convivencia con las personas con las que convivimos habitualmente. Y no es cosa fácil dejar aquello a lo que estamos acostumbrados. Se necesita esfuerzo, romper barreras. Nos adaptamos a una sociedad para que en ella nos adopten como uno más, aunque corramos el riesgo de perder algo nuestro, como la lengua materna. Lo ideal sería aprender la lengua nueva pero sin dejar de mejorar la propia.  
La lengua no conoce de patriotismo, no tiene fronteras. No podemos imponerle barderas, ni razas. La lengua es una herramienta de comunicación y aceptarla no es cuestión de elegir o no. Es una necesidad sobre todo. La lengua sobrevive gracias a los hablantes. Y cuando mayor es el grupo de hablantes de una lengua determinada, esta sobrevive mejor. Al contrario, aunque sea tu lengua materna, la lengua de tus sentimientos primeros, si no te tiene quien la hable, quien la enseña, muere lentamente. Los hablantes somos lo primero en sentir cómo agoniza, cómo se apaga. Muere de soledad y de silencio. Dirán algunos que podemos reanimarla escuchando polka paraguaya todos los días, hablándola en casa, si es que tienes con quien, o leyendo libros escritos en guaraní. Que ocurra esto último es más difícil todavía. La lectura de libros, y menos aún si están escritos en lengua guaraní, no es nuestro fuerte. Para colmo, algunos paraguayos ni siquiera pueden oír a alguien hablar en guaraní.    
Si realmente queremos que la lengua materna de muchos paraguayos no agonice, si queremos evitar que muera rápido, tendríamos que hacer, los hablantes y el Paraguay en este caso, mucho esfuerzo e inversión. Como hicieron, por ejemplo, en los años sesenta los exiliados españoles: fundar una escuela en el país anfitrión (Francia o Alemania) para que los hijos aprendan la lengua de sus padres. Ellos sabían que no era suficiente con hablarlo en casa, si es que al menos lo hacen. Pero todos sabemos que abrir una escuela de guaraní es un proyecto casi utópico.
Cada día que pasamos fuera de nuestro país la hablamos menos y nos vamos olvidando de su abecedario, de su tono, de su música… Afortunados los que estáis en Paraguay y podéis conversar en guaraní, aprender en guaraní, escribir en guaraní, pensar en guaraní, sentir en guaraní, vivir en…  

 

domingo, 21 de agosto de 2016

Carlos Bazzano en busca de la musa perdida


La poesía es una búsqueda del hombre a sí mismo como también un diálogo consigo mismo. Eso es lo que nos enseña Ñasaindy, cuadernillo de dieciocho poemas (con ilustraciones de Charles Da Ponte) y una muestra de lo más nuevo que ha publicado hasta ahora el poeta paraguayo Carlos Bazzano (Asunción, 1975).
Ñasaindy (vocablo guaraní que significa “luz de luna”) describe el mundo del poeta en dos días. Nos ilustra sobre su hábitat, sus miedos, sus sueños, el transcurrir de su vida en la ciudad. Aborda temas como la muerte, la soledad, el paso del tiempo (véase el esquema del cuaderno dividido en “Noche”, “Mañana”…), el amor, la desesperación ante el vacío y el silencio, etc.
El tema predominante es la soledad, a la que describe como algo visible, palpable, como si fuera de carne y hueso. En el poema “Habitación”, nos dice la soledad que siente ante la ausencia de la amada. A eso parecen aludir las palabras: “silencio”, “sin futuro”. Destaca la omnipresencia del término “silencio” en los poemas, con él sugiere la soledad, la muerte, la ausencia de la inspiración.
En “Tiempo roto”, la soledad lo acompaña en forma de la hija que nunca tuvo su amada y él. Con la hija imaginaria desayuna todas las mañanas. Ella le despierta y le ofrece el día como algo imposible de rechazar. Se levanta porque ha de hacerlo. Bazzano sabe que la “ciudad enferma” le espera fuera. Y todas las mañanas, antes de salir a la calle, busca los ojos amados, las llaves para abrir el día y que entre la luz. Se va a la calle con las manos vacías, va a buscar poesía y vuelve con algunos versos. La realidad es su mina de oro.
La poesía de Bazzano nace de la realidad misma. En el primer poema (“Amanece”) nos quiere hacer entender que la realidad es el agua fría con que la Vida nos despierta cada amanecer. La inspiración la busca Bazzano observando el mundo sentado en una plaza y al mismo tiempo se observa a sí mismo dialogando con sus pensamientos.
Debemos destacar el lenguaje llano que utiliza Bazzano, el tono coloquial e íntimo. A veces parece que está susurrando su desesperación. Procura que la poesía se contagie del mundo real, de ahí el lenguaje de la calle.
Pero su poesía es de una sencillez engañosa. No nos dice siempre lo que creemos leer. Debemos detenernos a pensar en lo que nos sugiere cada poema. Por ejemplo, en “Una paloma” la paloma muerta no alude acaso a la paz mundial —aunque tampoco lo podemos descartar—, sino a la paz del hombre que nos escribe estos versos. La paloma simboliza para Bazzano la palabra misma. Yo llegaría a creer que el poeta muchas veces encuentra que el público o “el barrendero” desprecian, no valoran sus versos. Los tiran en la basura porque no saben su valor. ¡Cuántas cosas nos sugieren los poemas de Bazzano! Y es que muchas veces en poesía, lo que leemos es solo la punta del iceberg.
Si hablamos de realidad, no podemos olvidar Asunción, ciudad en la que vive el poeta. Una ciudad no solo estancada en la realidad, sino, como algunos repiten, estancada en el tiempo. En estos poemas, la ciudad respira como un ser humano. Esta le obliga a correr como un caballo sediento, cargando como su conciencia, hasta llegar cansado a casa. Ni siquiera su ciudad lo entiende. Por eso, el poeta se desespera. Se siente incomprendido en su terruño. Se da cuenta de que tampoco él, el poeta, entiende a su ciudad y de que para sobrevivir se ha de guiar por los instintos. La ciudad es una especie de selva donde él es un animal que para salir adelante se guía por el instinto, instinto poético, aquella voz que nace de forma innata desde lo más profundo de su ser.
            En “Oiméneko” (“Quizá”), uno de los poemas en guaraní de Ñasaindy, el poeta parece resignarse ante el paso del tiempo. Sabe que todo es pasajero aunque parezca eterna una enfermedad, el hambre o la alegría. Bazzano se pregunta por eso “Oiméneko sapy’ánte oikarãi mborayhu” (“Quizá solo a veces araña el amor”). Bazzano sabe, como diría Borges, que un idioma, en este caso el guaraní, es “un modo de sentir la realidad”. Por ese motivo usa además su otro idioma, quizá el que más le acerca a la realidad paraguaya.
            El poema “Madrugada”, prosa poética, es uno de los más logrados del libro. Aquí Bazzano, convierte la soledad, mejor dicho, la presencia invisible de la amada en poema (“me hablás, y sé que estoy ante un poema […] te miro poema, me mirás, y te susurro poema”). Quizá era eso lo que tanto buscaba, lo que lo volvía loco: la soledad en la que le deja la musa que al final aparece convertida en un poema. Destaca en estos versos el juego de contrastes: “Tus ojos que no están me observan fijamente […] tus labios que no están se acercan a mis labios […] tu piel que no está eriza mi piel […]”.
Cuando acabamos de leer Ñasaindy, nos queda en la conciencia la sensación de que los dos días que narra el poeta describen la búsqueda de la poesía. Ese era su objetivo. Nos lo dice claramente en “Monólogo”: “Quizá tras los golpes aparezca la poesía, a la vuelta de la esquina, invitando a un abrazo”. La poesía como esperanza, como salida, como camino, como la luz de luna que se extiende sobre nuestra conciencia. La poesía que Carlos Bazzano busca y encuentra como Ñasaindy.
A continuación algunos poemas del cuaderno:

Una paloma

Recuerdo una paloma muerta
aquí en esta plaza
una tarde como hoy
Estuve mirándola
hasta que un barrendero la tomó de un ala
y la arrojó al cesto
de basura
yo era un duro mendrugo de pan
todas las palabras eran una paloma
 

Insomnio

Una vez me casé
No nos casamos ante ningún dios
No nos casamos ante ningún estado
No hicimos promesas vanas
Solo fue un cruce de miradas
Y luego fue difícil no dormir juntos

 

 

viernes, 5 de agosto de 2016

Dios revisa su Facebook


Ayer por la tarde, mientras me sentaba a tomar mi sidra de todos los viernes —es una nueva costumbre que tengo en verano—, en la terraza de un bar, cerca de casa, escuché a una señora y a su marido quejarse de la noticia que está acaparando todos los medios: los ataques terroristas. “Estamos en guerra…Una guerra santa”, repetía la buena señora. El marido cogía unos cacahuetes y los iba metiendo en la boca mientras trataba de oír a su mujer, que buscaba conseguir su aprobación, una señal de que también él estaba asustado o al menos sorprendido por lo que está pasando en Europa y Oriente. Algo musitó el señor para corresponder a la queja de su señora. Yo no diría que sea una guerra santa, pensé. En verdad, ninguna guerra puede ser santa. Enseguida llegó mi amigo Pelayo a acompañarme con la sidra. Bueno, en realidad, a él no le va la sidra, sino la cerveza. Le comento lo que acababa de escuchar. Me dijo que se está  matando a gente en nombre de un Dios y ningún Dios hace nada para defender a las víctimas. Yo lo oía mientras se quejaba. Y es que la sociedad no ha mejorado mucho. Se sigue matando a gente como se hacía ya hace siglos. Ningún Dios dejará lo que está haciendo para resolver los conflictos de los hombres. Siempre encontrará un pretexto para esquivar todo trabajo. Solo trabajó seis días en su vida y después ha decidido descansar por toda la eternidad y dejar que los hombres se maten entre ellos. En ese momento me imaginé a Dios frente a un ordenador gigante, sentando en su sillón de nubes azules, revisando su Facebook, ese mundo virtual en el que podemos ver casi todo lo que pasa. Lo veo moviendo la pantalla táctil. Lo imagino suspirando, aburrido, con desgana, sin poner un “me gusta” o un “Me enfada” o un “me divierte”. Lo imagino riéndose de un video que muestra a uno tropezar contra una farola, intentando atrapar un Pokemon Go. Lo imagino quitándose unas pelusas de nubes que le habían quedado entre los dedos. Lo imagino limpiando los dientes con la punta de un rayo que se ha sacado de entre las blancas barbas. Mientras el mundo se cae a pedazos y las mujeres y los niños corren aterrorizados hacia un naufragio mortal y él revisando su Facebook sin desconectarse nunca, aunque en su estado ponga “No disponible”. Lo imagino sin poner nunca un “Like” o un “Dislike” para saber si nos sigue o no, o simplemente para dar señal de vida.
“No entiendo esa obsesión del hombre por lo inservible”, me dice Pelayo. Y le dicto la frase de Blas de Otero: “De tanto hablarle a Dios, se ha vuelto mudo mi corazón”. Y es verdad, el corazón del hombre no es capaz siquiera de escuchar el llanto de los niños y de las madres. Me pregunto si algún día dejaremos a la religión fuera de nuestras vidas para poder vivir realmente como hermanos, hijos de la misma madre: la madre naturaleza, la única que nos da el sustento y nos cobija antes y después de la vida.   

 

Un autor inédito: Carlos García Llera

Estas vacaciones de verano las estoy aprovechando para ayudar a la catalogación de la correspondencia que José Luis García Martín ha donado a la Biblioteca “Ramón Pérez de Ayala” de Oviedo. Son más de seiscientos corresponsales. Mi labor consiste en sintetizar los datos literarios. En este tipo de trabajo, descubres mucho más de lo que realmente son los escritores. En las cartas se sinceran y dicen lo que piensan sin máscaras. Una oportunidad que estoy aprovechando al máximo. Es un lujo leer, por ejemplo, una carta de Vicente Aleixandre o una de Eugénio de Andrade o de Dionisia García y de tantos otros escritores con los que García Martín ha mantenido correspondencia desde comienzos de los años setenta. Por suerte, cualquier investigador lo podrá hacer ahora. Solo necesitará pedir permiso al bibliotecario para acceder a la sección “Biblioteca José Luis García Martín. Poesía española siglo XX”.
Hay mucho que descubrir en esta correspondencia. De todas las cartas que hasta ahora he leído, la que más me ha llamado la atención, las que más me ha alegrado encontrar lleva la signatura "Mss 232" y está firmada por Carlos García Llera.
En su carta, mecanografiada, de 1996, menciona que había oído el nombre de José Luis García Martín leyendo un artículo de Juan Manuel de Prada. Luego averiguó su dirección y le escribió esta carta, realmente entrañable. El segundo párrafo resume su vida y un sueño conquistado, que podría devolvernos la sonrisa. Dice: “Permítame un brevísimo curriculum vitae: Tengo 86 años. El año pasado aprobé el ingreso a la Universidad para mayores de 25 años y, a continuación, obtuve plaza en la Facultad de Psicología.”  Un fragmento que nos saca sonrisa de la admiración.
Más adelante pide a García Martín algún ejemplar atrasado de la revista Clarín. “Lo recibiría con sumo agrado y aun con el temor de que pueda inducirme a más inertes reflexiones”, escribe. Unas líneas ante citaba a Séneca: “la búsqueda de la verdad deja extenuado al hombre. Y esa es mi frustrante pasión”. Estas palabras me recordaron a Alonso Quijano.
 ¿Quién es este escritor?, pensé. En seguida tecleé en google su nombre. No me aparecía nada. Excepto la referencia a que falleció en 2010. Pero no estoy seguro de que sea la misma persona. Ahora mismo tendría 106 años. En el remite pone que vive en la calle Pepín Rodríguez, de Colloto.
Pero su carta no era la única sorpresa para mí. El sobre guardaba otro papel que contenía unas líneas escritas con mayúsculas. Eran reflexiones, unos aforismos que me recordaron a Rafael Barrett, a Baroja, a Unamuno. Sentí la misma alegría que cuando leí por primera vez los textos del autor de Moralidades actuales.   
Las frases, que seguramente nunca se publicaron, las leí con suma admiración. Sabía que su autor era un sabio, aunque haya esperado 86 años para ir a la universidad. Cito a continuación algunos de los aforismos de García Llera:
“Hay seres que lo único que hacen en su vida es morirse.”
“Cuando el hombre no tiene nada que dar, se queda definitivamente solo.”
“El pueblo solo sirve para aplaudir al paso de las carrozas.”
“No esperes que nadie te eche una mano. Todos las tienen ocupadas en trepar.”  
“Un hombre puede recordar las cosas como fueron y como pudieron haber sido. Lo que no debe es permanecer en el pasado y ser su prisionero.”
“Los viejos nos lamentamos ante el peligro. Los jóvenes, ante las ruinas”.
García Llera había conquistado su sueño de ir la universidad, puede que no fuera su única conquista. Seguramente se trata de un escritor que nunca llegó a publicar nada. Me gustaría salir de la duda. A mí su carta y lo poco que sé de su vida me inspira y emociona. Estas cosas y más podemos encontrar en la biblioteca. Hoy tenemos más tesoros así, esperando que alguien los venga a descubrir: un autor desconocido u olvidado, un poema inédito, una frase que marca la vida de un hombre para siempre. “Al final de la vida no cuenta cuánto se ha soñado, sino cuánto se ha conquistado”.

 

Cristian David López

 

domingo, 31 de julio de 2016

La andanza poética de Edita Rojas

 
Edita Rojas acaba de publicar su primer libro de poemas: El tiempo andariego (Servilibro, Asunción, 2016). Un conjunto de treinta poemas que sirven para demostrar que la literatura paraguaya no nace únicamente en Asunción y sus alrededores, sino que además hay voces que se quieren hacer escuchar y lo hacen poco a poco en otras regiones del país. Es el caso de Edita Rojas, que escribe desde su residencia en Coronel Oviedo (Caaguazú), donde en estos últimos tiempos se está realizando actividades literarias que van encontrando eco por parte del público.
El tiempo andariego tiene dos caras: amor y dolor.
Estos dos temas se van alternando en el libro. Los primeros poemas tienen un tono más optimista y festivo. En “Vida”, Rojas nos dice que ya no mira hacia el pasado. Ha tornado su mirada hacia el horizonte, hacia un mañana incierto pero esperanzador. Sabe que el miedo es el único obstáculo. Aunque este poema canta a la vida, alude también a la muerte: “Si viene un soplo vegetal / para qué encerrar / mi alma”. Lo vegetal es lo perecedero, lo que muere. Para qué esperar lo que va a llegar tarde o temprano.
Al igual que el primer poema, el segundo comienza con un vocativo: Amor. En los versos de este poema se sugiere lo erótico: “En mi huerto / la tierra canta / los surcos liberan sus tristezas / y las noches se agitan”.
En “Llegas”, el acto de amor pasa a ser poesía, inspiración, algo universal. Una declaración que intenta no caer en lo cursi. Edita Rojas sorprende con el arte de saber hilar los versos para no incurrir en lo ya dicho, en lo repetitivo.
A medida que vamos avanzando en el libro, la voz que nos habla, como si ganara confianza, se libera, y el  amor, que antes era pura sugerencia, se vuelve explícito erotismo, se desnuda y expresa el fervor de la carne, como en “Grito” (“y mi cuerpo se extingue sereno / en tu cuerpo”), “La flor de la pasión” (“mi cuerpo se vuelve poderoso / en tu cima”), “Quién eres”…
Hay que destacar la habilidad de Rojas para sugerir ideas mediante metáforas. Sabe que el poeta puede sacarle mucho provecho al arte de sugerir, porque lo que se persigue es que el lector imagine, complete, es decir, que sea un autor más del poema.
Hablando de lo sugerente, las ilustraciones de Américo Piñanez que acompañan los poemas enriquecen cada texto. Como la metáfora en la poesía, la imagen (líneas, curvas, colores, etc.) sugiere un mundo imaginativo muy rico. En este libro, las ilustraciones y los poemas forman una buena combinación. Podríamos suponer que las ilustraciones fueron inspiradas en los poemas, o viceversa.
El amor, como otros temas, tiene muchas raíces. En “Vida, eternidad de un instante”, se resigna a olvidar un amor que no se puede conservar, porque nos dice que a veces amar es liberar a un amor no correspondido. O en “Quién eres?”, en el que resuena la poesía de Bécquer, explica que amar es esperar: “Eres tú?, te conozco acaso? // El que esperaba desde siempre / vestido de lejanía”.
El otro tema fundamental de este libro es el dolor. En “El dolor”, Edita Rojas nos muestra que la presencia constante del sufrimiento, del dolor que queda habitando nuestra memoria, también hiere porque es el dolor del alma. Esta misma idea se expresa en “Dolor”: “Se escucha su alarido / desde el fondo / de la tierra oscura”.
El dolor y el amor se turnan para ocupar la vida. “Brota en la tempestad” expresa que, en ocasiones, el dolor puede desterrar el amor. El dolor que causa el no poder olvidar  en “Cómo crece el dolor”. Al final, tanta lucha por querer vivir tiene a veces sus momentos de renacer, como la que se produce a partir de “Acaso eres”. El ánimo de la poeta se vuelve más optimista. Como dicen los versos finales de este poema: “Un día, perdida en el páramo / me alejé de tu jardín / y hoy vuelvo a ti”, vuelve con un amor más fuerte.
Los temas de El tiempo andariego no cambian mucho. Aunque a veces encontramos poemas escépticos ante la vida y la muerte (como el poema “Hace tiempo”), otros más optimistas, en los que se desea aprovechar el presente. No esperar nada más del futuro, sino vivir el ahora, poner en práctica el carpe diem (“Quiero vivir”), o intentar buscar en el fondo mismo de la vida ese amor que creía muerto (“porque sé que el amor / aún vive palpitante en mi corazón”).
El tema del dolor aparece junto con el de la muerte, cuyo símbolo más claro es el silencio: poemas como “Muere una paloma” y “Una muerte me ronda”. En “De mí brota la sangre”, nos dice que el silencio se va apoderando de su voz, la voz que cantaba a la vida y al amor. Otro tema, unido al de la muerte, es el del paso del tiempo. Ya el mismo título del libro “El tiempo andariego” alude al inevitable paso de los días y las horas. Pero el tiempo también es su aliado. En este poema, por ejemplo, nos dice que le abrió los ojos, le hizo saber que no era correspondida. El tiempo que todo lo arrasa, le curó las heridas y le enseñó a (re)vivir.
Los poemas de este libro están escritos en verso libre, el ritmo de la lectura fluye de manera natural y uno se deja llevar por cada verso hasta el final del libro.
Estoy seguro que El tiempo andariego irá madurando con los años y su autora escribirá más y continuará su andadura literaria y llegará a muchos lectores porque su poesía habla de la vida y de la muerte (y del amor). Unos temas que comparte todo mundo.
 

jueves, 28 de julio de 2016

Palabras sobre el esfuerzo

El día 9 de este mes asistí en Valencia a la Fiesta del Libro y de la Amistad, organizada por Liternauta. He aquí las palabras que dije entonces:
Una de las ventajas de viajar por el mundo es que hoy en día el mundo es pequeño y todos los caminos conducen a casa y en cualquier parte puedes encontrar a gente cercana a ti, a gente a quien le gusta lo que haces. Los paraguayos, aunque no seamos demasiado, nos hemos esparcido por el mundo, como semillas que el país expulsa en el aire. Y con nosotros hemos traído lo nuestro, nuestro idioma, nuestros dos idiomas: el español y el guaraní. Nuestra guarania y nuestra polka, nuestra polka jahe’o y el arpa que siempre cautiva. Nuestras galoperas que con “sus cántaros de amor” nos sacian la sed tan lejos de nuestra tierra. Pero también hemos traído con nosotros lo artesanal, el a’o po’i, que vestimos orgulloso; el Ñandutí, un símbolo que nos une a todos en una red invisible, tejido con las manos de penélopes, que esperan siempre, como en Ítaca, nuestro regreso. Todo esto ofrecemos al mundo. Pero la literatura paraguaya es la que menos llevamos con nosotros. En Paraguay también tenemos buenos artistas en este campo. Tenemos nuestra poesía guaraní. Desde que León Cadogán volvió del monte y nos trajo el Ayvu Rapyta (El Fundamento de la palabra), hemos vuelto a recuperar la verdadera poesía guaraní, la que nace de la misma música, de la misma oración que cantaban los guaraníes a la naturaleza, la que está cargada con bellas sugerencias ancestrales y verdaderas y originales metáforas. La poesía guaraní ha renacido y quiere fortalecerse. Pero necesita voz, necesita lectores. Ñamoñe’eva’era jaha jahápe ñane ñe’ê. Nosotros debemos ser los divulgadores de nuestra literatura, los mejores conocedores a ser posible. Debemos esforzarnos. Si no nos gusta la literatura, intentemos aprender nuestro idioma. Jareko ko’ape Luisa Pereira-pe ñanembo’ehagua.
En estos días estuve releyendo el libro ¿Para qué sirve realmente la Ética?, de Adela Cortina (Paidós, 2013). Un libro fundamental en estos tiempos de disturbio y malestar sociológico. Os lo recomiendo. Una de las ideas que más me ha llamado la atención y me ha hecho pensar dice: «Tampoco está de más aprender a hablar y escribir para poder expresar lo que se lleva dentro, no sea que en la vida corriente acabemos diciendo como en la escuela “me lo sé pero no lo sé decir”» (pág. pág. 102). Adela Cortina se refería a los distintos tipos de libertades que ha conquistado el ser humano. Estoy completamente de acuerdo con ella, la ignorancia, el analfabetismo son una forma terrible de opresión. No saber escribir, no saber expresar lo que uno piensa, lo que uno lleva dentro (sus ideas, sus emociones, sus malestares) es una forma de cárcel. Es como si tuviéramos la boca cosida y las manos del pensamiento atadas. La incapacidad de expresión afecta a todos los niveles sociales, pero en especial a la clase más pobre. Adela Cortina explica que esta especie de parálisis expresiva no se “debe a una incapacidad genética, sino a falta de esfuerzo”.
Muchos no tendremos la suerte de nacer en una cuna con la vida y el futuro resueltos, no hemos ido a buenas escuelas, si es que al menos hemos podido ir a la escuela. Pero tenemos la suerte hoy de estar en un país que nos puede ofrecer muchas posibilidades para mejorar. Eso debería motivarnos para mejorar nuestro nivel de vida, nuestra formación. Como dice, Adela Cortina, la libertad se conquista. La facultad de poder hablar y escribir correctamente es la base de la libertad de expresión, por tanto, de la literatura.
En nuestro país. tenemos la suerte de poder expresarnos en dos idiomas: el guaraní y el español. Tenemos así más posibilidades. Pero eso nos exige también un esfuerzo extra para mejorar nuestra expresión, tanto en lo hablado como en lo escrito. Debemos exigirnos aprender bien tanto el español como el guaraní, para poder expresar a todo el mundo lo que somos, lo que pensamos, etc. Así nos entenderán mejor y nos conocerán mejor. Y que nadie me diga que con el guaraní no podemos expresar las ideas más nobles y científicas. Como el español, el guaraní es una lengua viva, capaz de adaptarse, de evolucionar a la par que nuestra sociedad y con la cual podemos expresar lo inexpresable. La poesía más bella resuena en este idioma.
De ahí la importancia de la lectura. Que no digan de nosotros que somos tímidos, porque somos sociables, solo que muchos no podemos expresarnos bien. Y no hace falta ser escritor para saber escribir bien, ni ser político para saber hablar bien. A nuestra gente todavía le falta un poco para conquistar una de las libertades de la que hablaba Adela Cortina en su libro: la libertad de expresión. Por eso debemos esforzarnos en aprender bien nuestros dos idiomas.
Queridos amigos y amigas, hoy me siento feliz de estar aquí. Creo que en esta vida he aprendido que el trabajo es el secreto para conseguir los sueños. Bueno, trabajo y un poco de inteligencia y buena organización y un poco, solo un poco, de suerte. Y que las decisiones que uno toma en la vida pueden marcarlo todo. Por eso es bueno tener presente qué es lo que uno quiere ser el día de mañana. Los sueños crecen en secreto, poco a poco, y como las gotas de agua que caen en un vaso, nos van llenando. Yo soñaba de pequeño con leer libros, y hoy leo un montón de libros, tengo una biblioteca en el barrio donde vivo, a doscientos metros de mi casa. Y creo que estoy aprendiendo a escribir. Puede que un día escriba un gran poema, o un gran relato. Ojalá. Otro de mis sueños era ir a la universidad. Para mí era el sueño más imposible de todos. Pero hoy estoy acabando una carrera. Yo soñaba con conocer Valencia algún día. Ahora mismo estoy en el corazón mismo de Valencia con personas que me hacen sentir feliz. Los sueños son importantes en ese sentido, porque nos guían. Pero vuelvo a reiterar, el esfuerzo es la base de todo. Muchas gracias.

domingo, 24 de julio de 2016

Un cuentero paraguayo: Marco Flecha Torres


            Oriundo de Tacuati (Paraguay), Marco Flecha Torres debuta con su primer libro Chorritos (Cospel, Resistencia, Argentina), un volumen de catorce microrrelatos. 
La historia de Marco Flecha Torres es también la historia de muchos niños paraguayos, niños que crecieron al calor de las historias que les contaba el abuelo, la abuela (como en el relato “Superstición”) o viajeros sedientos que recorren de a pie todo el país, buscando ese algo que nunca encuentran y cuentan historias a cambio de un vaso de agua. El autor nos explica todo eso en el prólogo al libro: “Me hice comunicador, animador y sobre todo cuentero. Y contando cuentos llegué a Sevilla a seguir transitando por estas geografías de la ficción y la realidad…” (pág. 9). Nada más leerlo nos damos cuenta de que el autor parece realmente un personaje más de la literatura. Su biografía también es una historia apasionante y merece ser contada y escrita.
Con los relatos de este breve libro, descubrimos a un autor que al parecer no solo es bueno en la narración oral; también descubrimos a un escritor que tiene madera de narrador, que ha leído y vivido mucho.
Marco Flecha Torres, como una especie de rapsoda, bebe del origen mismo de la literatura, de la oralidad. Y como un verdadero cuentero ha viajado por el mundo, como los sedientos caminantes que recorrían todo el Paraguay. Marco Flecha Torres ha tenido el mismo destino. Solo que él parece saber lo que está buscando, que es deleitar al oyente. En este caso, al lector que no puede asistir a los encuentros que organiza. Justamente en el mes de agosto volverá a Paraguay y pasará también por Argentina para seguir contando cuentos.
Un detalle que quiero anotar antes de seguir. En Paraguay, el término “cuentero” (como en España “cuentista”) tiene connotaciones peyorativas, se dice de la persona chismosa. Pero Marco Flecha Torres es un cuentero en el buen sentido de la palabra, claro está.  
Algunos de los relatos que componen Chorritos (Un gotero de relatos) hablan de la emigración, como “Ostracismo” y “Los oficios de la vida”. Contados con un tono irónico, a veces anecdótico, podemos ver en ellos una crítica a la sociedad.
Unos de los personajes muy recurrentes de la literatura paraguaya es sin duda Alfredo Stroessner, que aparece muchas veces como villano, por más que tome otra apariencia, como la del Doctor Francia, en Yo el Supremo. En el relato “El gran cartel”, de Flecha Torres, se hace hincapié en la influencia de Stroessner que aún existe en la sociedad paraguaya, sobre todo en lo político. Lo que este relato nos quiere decir es que la sombra del dictador es alargada y sigue oscureciendo el rostro del país. El pueblo no ha podido liberarse por completo de sus tentáculos. Se hace referencia a la destrucción de aldeas para construir sojales: el tema de la soja suele estar relacionado con la figura del dictador, o al menos con los que siguen hoy en día su política. Lo cierto es que Flecha Torres demuestra que se preocupa ante todo por los temas sociales. De ahí que en muchos de sus relatos se inspire en cuestiones que aquejan a la sociedad desfavorecida, de ahí que a veces su literatura parezca anecdótica. Pero su relato solo es la punta de iceberg de lo que nos quiere decir. Su mirada objetiva va más allá de lo acontecido. Tiene un trasfondo histórico muchas veces, como el caso de “El gran cartel”.
En mi opinión, los relatos más cortos de este libro son los más logrados; los que más nos sugieren y nos hacen pensar e imaginar. El autor pretende que el lector complete la historia, quiere que nosotros también participemos. Destaco, por ejemplo, “Aleteos”, un relato con un final que da sentido y encaja y se une con el principio del relato. Léanlo ustedes mismo:

“Cruzaron mariposas negra sobre nuestras cabezas. Cientos, miles iban aleteando, como si salieran de alguna aldea de mariposas negras. Trazamos con la mirada un camino hacia su naciente. Vimos el humo tras su vuelo, y más abajo, al terminar la parábola, el fuego sobre el techo de paja de nuestra vecina. De allí brotaban”.     
 
Hay otros microrrelatos que tienen imágenes metafóricas que suenan a poesía, como “Abril”:
 
“La primavera llegó con un temporal. Los vientos agitaron árboles y nos empapamos de flores”.
 
Marco Flecha Torres, un artista hecho a sí mismo, un trotamundos, un viajero de la palabra, de la literatura esencial, pero también una voz que quiere hacernos pensar, pero sin olvidar sacarnos alguna sonrisa en cada cuento. Vale la pena buscarlo y leerlo. Puede que un día pase por vuestra casa y os cuente su historia, su historia de caminante.

 

martes, 19 de julio de 2016

Sandra García Rodríguez lee "La patria del hombre"

     Sandra García Rodríguez acaba de reseñar "La patria del hombre". Creo que es uno de los comentarios más sinceros que se ha hecho sobre el libro. Ha destacado lo que le gustó de la obra pero también lo que no le agradó mucho. Le estoy muy agradecido por su atenta lectura.
     Se puede leer la reseña aquí.

lunes, 11 de julio de 2016

Inventario de lugares propicios a la felicidad

 

El poeta y crítico literario José Luis García Martín nos ofrece una guía casi completa de dónde ser feliz en su Inventario de lugares propicios a la felicidad. Una preciosa edición preparada por una jovencísima editorial, la Fundación Newcastle, dirigida por Javier Castro Flórez.
Aunque haya recorrido medio mundo, José Luis García Martín se considera hogareño. Nunca ha estado fuera de casa más de una semana. Es lo que repite en sus diarios, que publica los domingos en El Comercio (y en su blog: http://cafearcadia.blogspot.com.es/). Y es que a él le gustan “los amores eternos que duran una noche”, o dos o tres días si no lo puede remediar.  
Inventario de lugares propicios a la felicidad recoge los lugares en los que el autor fue feliz, donde la literatura es un viaje que no acaba nunca, donde nosotros también podemos ser felices.
Sentado en una cafetería de El Fontán, de Los Prados o de las Salesas, con un libro en la mano, José Luis García Martín viaja por el mundo. Un libro siempre lo acompaña vaya donde vaya. Y es que su literatura tiene muchos caminos, muchos andares y por todas ellos el lector disfruta, sin llegar a aburrirse porque el que nos guía nos contagia su energía y emoción ante cada lugar que recorre.
            Las historias que nos cuenta de cada sitio sirven para adornar el centro de cada historia: la ciudad, un parque, un hotel, un centro comercial, etc. Al menos eso es lo que parece, porque muchas veces lo que prima es la descripción del paisaje, del escenario y no se nos cuenta todo de la historia. El narrador deja algo sin decir para que el lector se imagine lo que pueda haber ocurrido, como, por ejemplo, en “Un domingo en parque Monceau”. No sabemos si hubo algo o no entre el protagonista y la misteriosa poeta con quien se encuentra.
Antes de haber visitado el parque Monceau, José Luis García Martín ya lo había conocido leyendo a Azorín. La literatura es siempre la primera en enseñarle el mundo. Luego él lo redescubre, pero sin dejar nunca de asombrarse. Lo dice en una de sus historias que transcurre en Francia, “La lección de Baroja”: “Siempre he venido a Biarritz siguiendo las huellas de algún escritor; siempre he andado por el mundo detrás de unos pasos de tinta y de papel” (pág. 93).
La estrategia de no contarlo todo es común en García Martín. Esto también se puede apreciar en sus diarios. No pretende aburrirnos con detalles, pero a veces, nos deja con una inquietante duda. Supongo que es para mantener la expectativa y la intriga en el lector. En otras historias, aparece un personaje misterioso, del que no se nos dice nada, pero intuimos que es mejor para el misterio del relato (como en “Un café en Union Square”). Hay también historias en el que el lugar se difumina, como en “Ladrón de guante blanco” o en “Hansel y Gretel en un figón de Syros”, y en los que nos encontramos con un relato dinámico, con más acción que descripción. En ellos se ve mejor al buen narrador que es José Luis García Martín, el que podría —aunque dudo que lo quiera— escribir un bestseller, mejor aún que los mejores novelistas contemporáneos.
            Unos de los lugares favoritos en los que está feliz García Martín son los Cafés. Los cafés y la literatura tienen una relación muy estrecha desde hace mucho tiempo. Cualquier café es su lugar favorito para leer y para charlar o discutir, que es lo que más le más gusta.
            Cada lugar que se cita en este libro tiene su protagonismo. En Montealegre, descubrió un secreto, el secreto de la felicidad. Nos dice que hay lugares que nos cambian la vida. Una vez los visitamos ya no somos los mismos de siempre. En Ischia, no solo descubrió la felicidad, sino también la vio, la acarició y se acostó con ella. Génova es un lugar ideal para soñar. En Ginebra, conversa con Borges y discuten de poesía. En Venecia, su lugar favorito, como un gato más, le gusta pasear y perderse para reencontrarse. En Oviedo, sus librerías de viejo siempre le esperan. En Aldeanueva del Camino (o en Hervás), José Luis García Martín siempre vuelve a la infancia, y también en Avilés. Todas ellos son escenarios de su felicidad.
            Estos lugares en que ha sido feliz García Martín se nos presentan desde el recuerdo y por eso la realidad se ficcionaliza. La balanza entre realidad y ficción se inclina más hacia la ficción, pero el autor dota a cada historia con datos verídicos. Cita lugares que existen, escritores conocidos (Ángel González, José Luis Piquero, Abelardo Linares, etc.), algún acontecimiento histórico, etc. Todo ello hace verosímil las historias que nos cuenta. Por eso es muy fácil dudar de si lo que estamos leyendo aconteció o no. Pero una vez nos dejamos llevar por las historias, ya no pensamos en si es un hecho biográfico o una invención. Solo leemos y leemos sin parar, nos dejamos llevar como unos niños a quien se les cuenta una historia de fantasmas y aparecidos. Así pasamos de una historia a otra hasta la última página. Y nos quedamos con la sensación de que al día siguiente la historia continuará… Algunas de las narraciones de su Inventario están cerca de la magia de la literatura oral.
            Después de viajar por estas ciudades de tinta y de papel, comprendemos mejor que recorrer el mundo, como dicen los orientales, empieza con un paso. Yo añadiría, que a veces comienza con la lectura de un libro. Inventario de lugares propicios a la felicidad, de José Luis García Martín, por ejemplo.
           
Cristian David López
 

sábado, 25 de junio de 2016

Dos poetas paraguayas en una antología española


La presencia de la literatura paraguaya en publicaciones internacionales está ganando espacio. En este siglo XXI, al menos, se ve el interés hacia nuestros poetas por parte de otros países, en especial de España. La presencia de autores paraguayos en las antologías importantes solía ser escasa y también, comparado con los de otros autores hispanoamericanos, los estudios sobre sus obras solían ser escasos.
Pero esta ausencia parece ir quedando atrás. En este nuevo siglo, las letras paraguayas van ocupando el lugar que le corresponde. El milagro de que nuestras letras lleguen a ver la luz en este siglo se debe al papel fundamental de las nuevas tecnologías que facilitan a los críticos buscar nombres nuevos, desconocidos, olvidados, para sus publicaciones. Pese a que las editoriales paraguayas no consiguen despegar y renovarse comercialmente para ofrecer sus productos a todo el mundo, algún que otro eco traspasa las fronteras de nuestra tierra y llega, gracias a Internet, a los oídos de los estudiosos.
El caso es que acaba de aparecer Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (1886-1960), publicada por la editorial Visor. Una antología preparada por Raquel Lanseros y Ana Merino, en la que recogen una muestra de la poesía que escriben las mujeres de los países de habla hispana. Para las antólogas es “imprescindible el trabajo de rescate y visibilización” de las poetas. Quieren contribuir a la “mayor divulgación de la obra de sus autoras, así como a instigar a la investigación y descubrimiento de otras muchas” (pág. 10).  Y esta vez sí, podemos abrir el libro de casi mil páginas, e ir al índice de autores –de más ochenta poetas– y buscar y encontrar, por fin, no una sino dos autoras de nuestra tierra: Josefina Plá y Renée Ferrer. Sonreír entonces y continuar leyendo, maravillado por la variedad de voces, de tonos, de autoras. Esta antología ofrece sin duda alguna una muestra de la gran variedad de poetas, desconocidas y olvidadas algunas, que en esta publicación resuenan con una fresca y renovada voz. Merece ser subrayado que nuestras poetas se codeen con poetas como Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Violeta Parra, Gloria Fuertes, Ida Vitale, Claribel Alegría y tantas otras que enriquecen y elevan la literatura escrita en español.
Aunque Josefina Plá nació en Isla de Lobos (España) en 1903, desarrolló toda su actividad artística en Paraguay, donde vivió desde 1927. Es considerada como la madre de la literatura moderna paraguaya, en especial en el ámbito poético. Su labor artística abarca muchas facetas, desde el periodismo, el teatro, la traducción, el ensayo (destacan los trabajos en defensa del guaraní y la mujer), hasta las artes plásticas. Falleció en Asunción, en 1999. Su influencia en la cultura paraguaya es equiparable a la del Rafael Barrett. Los dos tuvieron el mismo destino de desarrollar sus carreras literarias en tierras paraguayas. Sus obras siguen enseñándonos, siguen vivas. Tuvimos suerte los paraguayos de tener tan buenos maestros. Copio “Libre”, uno de los poemas de Plá seleccionados en Poesía soy yo:

Libre para nacer sin elegir el día
libre para besar sin saber el por qué esta boca y no otra
libre para engendrar y concebir lo que ha de traicionarte
libre para pedir lo que después te será inútil
libre para buscar lo que mañana ya no tendrá significado
libre para morir sin elegir el día
libre para pudrirse sin escoger el sitio
libre para volver al polvo sin memoria
libre para seguir el rumbo de la raíz pequeña
libre para mirar al sol que no te mira
 
Libre para nacer sin elegir el día
 
 Renée Ferrer (Asunción, 1944) no solo es una poeta de renombre, sino también destaca como narradora y dramaturga. Es posible acceder a gran parte de su obra literaria visitando la página www.cervantesvirtual.com, donde además se pueden leer libros de otros autores paraguayos, como Elvio Romero, Susy Delgado, etc.
            La variedad temática caracteriza a la obra poética de Renée Ferrer. El tema del amor, el paso del tiempo, la muerte alterna con reflexiones sobre la guerra y las injusticias humanas, como se puede ver claramente en su último libro de poemas Ignominia – Tras las huellas del holocausto, publicado en España por la editorial Torremozas, en el 2015. De este libro es el poema “Dame la mano”, que se recoge en Poesía soy yo, y que narra el viaje, el definitivo viaje hacia la luz de una niña, acompaña por un ángel. Llaman también mi atención los poemas “No soy como quisiera” y “Limpieza”. Escribió asimismo poemas para niños. Yo, especialmente, recuerdo que en mi infancia había leído en algún suplemento escolar, publicado en un periódico, un poema infantil titulado “Pildoritas”, y que copio aquí:

            Las estrellas brillando
            están en el cielo;
            los niños en sus cunas,
            duermen sus sueños.

            Una flor muy temprano
            se levantó;
            me susurró al oído:
            el sol salió.

            En la mesa las tazas
            del desayuno,
            esparcen en el aire
            cintas de humo.

            Mientras mamá prepara
            para comer,
            panecitos de azúcar,
           manteca y miel.

 
            Sí, la poesía paraguaya está abriéndose camino, pese al mar que no le llega, pese a la tierra que le rodea, pese a los pocos lectores que la leen. La poesía paraguaya se sacude del olvido y el silencio y se abre camino en gran medida gracias al esfuerzo de antólogas como Raquel Lanseros y Ana Merino. ¡Gracias!