domingo, 21 de agosto de 2016

Carlos Bazzano en busca de la musa perdida


La poesía es una búsqueda del hombre a sí mismo como también un diálogo consigo mismo. Eso es lo que nos enseña Ñasaindy, cuadernillo de dieciocho poemas (con ilustraciones de Charles Da Ponte) y una muestra de lo más nuevo que ha publicado hasta ahora el poeta paraguayo Carlos Bazzano (Asunción, 1975).
Ñasaindy (vocablo guaraní que significa “luz de luna”) describe el mundo del poeta en dos días. Nos ilustra sobre su hábitat, sus miedos, sus sueños, el transcurrir de su vida en la ciudad. Aborda temas como la muerte, la soledad, el paso del tiempo (véase el esquema del cuaderno dividido en “Noche”, “Mañana”…), el amor, la desesperación ante el vacío y el silencio, etc.
El tema predominante es la soledad, a la que describe como algo visible, palpable, como si fuera de carne y hueso. En el poema “Habitación”, nos dice la soledad que siente ante la ausencia de la amada. A eso parecen aludir las palabras: “silencio”, “sin futuro”. Destaca la omnipresencia del término “silencio” en los poemas, con él sugiere la soledad, la muerte, la ausencia de la inspiración.
En “Tiempo roto”, la soledad lo acompaña en forma de la hija que nunca tuvo su amada y él. Con la hija imaginaria desayuna todas las mañanas. Ella le despierta y le ofrece el día como algo imposible de rechazar. Se levanta porque ha de hacerlo. Bazzano sabe que la “ciudad enferma” le espera fuera. Y todas las mañanas, antes de salir a la calle, busca los ojos amados, las llaves para abrir el día y que entre la luz. Se va a la calle con las manos vacías, va a buscar poesía y vuelve con algunos versos. La realidad es su mina de oro.
La poesía de Bazzano nace de la realidad misma. En el primer poema (“Amanece”) nos quiere hacer entender que la realidad es el agua fría con que la Vida nos despierta cada amanecer. La inspiración la busca Bazzano observando el mundo sentado en una plaza y al mismo tiempo se observa a sí mismo dialogando con sus pensamientos.
Debemos destacar el lenguaje llano que utiliza Bazzano, el tono coloquial e íntimo. A veces parece que está susurrando su desesperación. Procura que la poesía se contagie del mundo real, de ahí el lenguaje de la calle.
Pero su poesía es de una sencillez engañosa. No nos dice siempre lo que creemos leer. Debemos detenernos a pensar en lo que nos sugiere cada poema. Por ejemplo, en “Una paloma” la paloma muerta no alude acaso a la paz mundial —aunque tampoco lo podemos descartar—, sino a la paz del hombre que nos escribe estos versos. La paloma simboliza para Bazzano la palabra misma. Yo llegaría a creer que el poeta muchas veces encuentra que el público o “el barrendero” desprecian, no valoran sus versos. Los tiran en la basura porque no saben su valor. ¡Cuántas cosas nos sugieren los poemas de Bazzano! Y es que muchas veces en poesía, lo que leemos es solo la punta del iceberg.
Si hablamos de realidad, no podemos olvidar Asunción, ciudad en la que vive el poeta. Una ciudad no solo estancada en la realidad, sino, como algunos repiten, estancada en el tiempo. En estos poemas, la ciudad respira como un ser humano. Esta le obliga a correr como un caballo sediento, cargando como su conciencia, hasta llegar cansado a casa. Ni siquiera su ciudad lo entiende. Por eso, el poeta se desespera. Se siente incomprendido en su terruño. Se da cuenta de que tampoco él, el poeta, entiende a su ciudad y de que para sobrevivir se ha de guiar por los instintos. La ciudad es una especie de selva donde él es un animal que para salir adelante se guía por el instinto, instinto poético, aquella voz que nace de forma innata desde lo más profundo de su ser.
            En “Oiméneko” (“Quizá”), uno de los poemas en guaraní de Ñasaindy, el poeta parece resignarse ante el paso del tiempo. Sabe que todo es pasajero aunque parezca eterna una enfermedad, el hambre o la alegría. Bazzano se pregunta por eso “Oiméneko sapy’ánte oikarãi mborayhu” (“Quizá solo a veces araña el amor”). Bazzano sabe, como diría Borges, que un idioma, en este caso el guaraní, es “un modo de sentir la realidad”. Por ese motivo usa además su otro idioma, quizá el que más le acerca a la realidad paraguaya.
            El poema “Madrugada”, prosa poética, es uno de los más logrados del libro. Aquí Bazzano, convierte la soledad, mejor dicho, la presencia invisible de la amada en poema (“me hablás, y sé que estoy ante un poema […] te miro poema, me mirás, y te susurro poema”). Quizá era eso lo que tanto buscaba, lo que lo volvía loco: la soledad en la que le deja la musa que al final aparece convertida en un poema. Destaca en estos versos el juego de contrastes: “Tus ojos que no están me observan fijamente […] tus labios que no están se acercan a mis labios […] tu piel que no está eriza mi piel […]”.
Cuando acabamos de leer Ñasaindy, nos queda en la conciencia la sensación de que los dos días que narra el poeta describen la búsqueda de la poesía. Ese era su objetivo. Nos lo dice claramente en “Monólogo”: “Quizá tras los golpes aparezca la poesía, a la vuelta de la esquina, invitando a un abrazo”. La poesía como esperanza, como salida, como camino, como la luz de luna que se extiende sobre nuestra conciencia. La poesía que Carlos Bazzano busca y encuentra como Ñasaindy.
A continuación algunos poemas del cuaderno:

Una paloma

Recuerdo una paloma muerta
aquí en esta plaza
una tarde como hoy
Estuve mirándola
hasta que un barrendero la tomó de un ala
y la arrojó al cesto
de basura
yo era un duro mendrugo de pan
todas las palabras eran una paloma
 

Insomnio

Una vez me casé
No nos casamos ante ningún dios
No nos casamos ante ningún estado
No hicimos promesas vanas
Solo fue un cruce de miradas
Y luego fue difícil no dormir juntos

 

 

viernes, 5 de agosto de 2016

Dios revisa su Facebook


Ayer por la tarde, mientras me sentaba a tomar mi sidra de todos los viernes —es una nueva costumbre que tengo en verano—, en la terraza de un bar, cerca de casa, escuché a una señora y a su marido quejarse de la noticia que está acaparando todos los medios: los ataques terroristas. “Estamos en guerra…Una guerra santa”, repetía la buena señora. El marido cogía unos cacahuetes y los iba metiendo en la boca mientras trataba de oír a su mujer, que buscaba conseguir su aprobación, una señal de que también él estaba asustado o al menos sorprendido por lo que está pasando en Europa y Oriente. Algo musitó el señor para corresponder a la queja de su señora. Yo no diría que sea una guerra santa, pensé. En verdad, ninguna guerra puede ser santa. Enseguida llegó mi amigo Pelayo a acompañarme con la sidra. Bueno, en realidad, a él no le va la sidra, sino la cerveza. Le comento lo que acababa de escuchar. Me dijo que se está  matando a gente en nombre de un Dios y ningún Dios hace nada para defender a las víctimas. Yo lo oía mientras se quejaba. Y es que la sociedad no ha mejorado mucho. Se sigue matando a gente como se hacía ya hace siglos. Ningún Dios dejará lo que está haciendo para resolver los conflictos de los hombres. Siempre encontrará un pretexto para esquivar todo trabajo. Solo trabajó seis días en su vida y después ha decidido descansar por toda la eternidad y dejar que los hombres se maten entre ellos. En ese momento me imaginé a Dios frente a un ordenador gigante, sentando en su sillón de nubes azules, revisando su Facebook, ese mundo virtual en el que podemos ver casi todo lo que pasa. Lo veo moviendo la pantalla táctil. Lo imagino suspirando, aburrido, con desgana, sin poner un “me gusta” o un “Me enfada” o un “me divierte”. Lo imagino riéndose de un video que muestra a uno tropezar contra una farola, intentando atrapar un Pokemon Go. Lo imagino quitándose unas pelusas de nubes que le habían quedado entre los dedos. Lo imagino limpiando los dientes con la punta de un rayo que se ha sacado de entre las blancas barbas. Mientras el mundo se cae a pedazos y las mujeres y los niños corren aterrorizados hacia un naufragio mortal y él revisando su Facebook sin desconectarse nunca, aunque en su estado ponga “No disponible”. Lo imagino sin poner nunca un “Like” o un “Dislike” para saber si nos sigue o no, o simplemente para dar señal de vida.
“No entiendo esa obsesión del hombre por lo inservible”, me dice Pelayo. Y le dicto la frase de Blas de Otero: “De tanto hablarle a Dios, se ha vuelto mudo mi corazón”. Y es verdad, el corazón del hombre no es capaz siquiera de escuchar el llanto de los niños y de las madres. Me pregunto si algún día dejaremos a la religión fuera de nuestras vidas para poder vivir realmente como hermanos, hijos de la misma madre: la madre naturaleza, la única que nos da el sustento y nos cobija antes y después de la vida.   

 

Un autor inédito: Carlos García Llera

Estas vacaciones de verano las estoy aprovechando para ayudar a la catalogación de la correspondencia que José Luis García Martín ha donado a la Biblioteca “Ramón Pérez de Ayala” de Oviedo. Son más de seiscientos corresponsales. Mi labor consiste en sintetizar los datos literarios. En este tipo de trabajo, descubres mucho más de lo que realmente son los escritores. En las cartas se sinceran y dicen lo que piensan sin máscaras. Una oportunidad que estoy aprovechando al máximo. Es un lujo leer, por ejemplo, una carta de Vicente Aleixandre o una de Eugénio de Andrade o de Dionisia García y de tantos otros escritores con los que García Martín ha mantenido correspondencia desde comienzos de los años setenta. Por suerte, cualquier investigador lo podrá hacer ahora. Solo necesitará pedir permiso al bibliotecario para acceder a la sección “Biblioteca José Luis García Martín. Poesía española siglo XX”.
Hay mucho que descubrir en esta correspondencia. De todas las cartas que hasta ahora he leído, la que más me ha llamado la atención, las que más me ha alegrado encontrar lleva la signatura "Mss 232" y está firmada por Carlos García Llera.
En su carta, mecanografiada, de 1996, menciona que había oído el nombre de José Luis García Martín leyendo un artículo de Juan Manuel de Prada. Luego averiguó su dirección y le escribió esta carta, realmente entrañable. El segundo párrafo resume su vida y un sueño conquistado, que podría devolvernos la sonrisa. Dice: “Permítame un brevísimo curriculum vitae: Tengo 86 años. El año pasado aprobé el ingreso a la Universidad para mayores de 25 años y, a continuación, obtuve plaza en la Facultad de Psicología.”  Un fragmento que nos saca sonrisa de la admiración.
Más adelante pide a García Martín algún ejemplar atrasado de la revista Clarín. “Lo recibiría con sumo agrado y aun con el temor de que pueda inducirme a más inertes reflexiones”, escribe. Unas líneas ante citaba a Séneca: “la búsqueda de la verdad deja extenuado al hombre. Y esa es mi frustrante pasión”. Estas palabras me recordaron a Alonso Quijano.
 ¿Quién es este escritor?, pensé. En seguida tecleé en google su nombre. No me aparecía nada. Excepto la referencia a que falleció en 2010. Pero no estoy seguro de que sea la misma persona. Ahora mismo tendría 106 años. En el remite pone que vive en la calle Pepín Rodríguez, de Colloto.
Pero su carta no era la única sorpresa para mí. El sobre guardaba otro papel que contenía unas líneas escritas con mayúsculas. Eran reflexiones, unos aforismos que me recordaron a Rafael Barrett, a Baroja, a Unamuno. Sentí la misma alegría que cuando leí por primera vez los textos del autor de Moralidades actuales.   
Las frases, que seguramente nunca se publicaron, las leí con suma admiración. Sabía que su autor era un sabio, aunque haya esperado 86 años para ir a la universidad. Cito a continuación algunos de los aforismos de García Llera:
“Hay seres que lo único que hacen en su vida es morirse.”
“Cuando el hombre no tiene nada que dar, se queda definitivamente solo.”
“El pueblo solo sirve para aplaudir al paso de las carrozas.”
“No esperes que nadie te eche una mano. Todos las tienen ocupadas en trepar.”  
“Un hombre puede recordar las cosas como fueron y como pudieron haber sido. Lo que no debe es permanecer en el pasado y ser su prisionero.”
“Los viejos nos lamentamos ante el peligro. Los jóvenes, ante las ruinas”.
García Llera había conquistado su sueño de ir la universidad, puede que no fuera su única conquista. Seguramente se trata de un escritor que nunca llegó a publicar nada. Me gustaría salir de la duda. A mí su carta y lo poco que sé de su vida me inspira y emociona. Estas cosas y más podemos encontrar en la biblioteca. Hoy tenemos más tesoros así, esperando que alguien los venga a descubrir: un autor desconocido u olvidado, un poema inédito, una frase que marca la vida de un hombre para siempre. “Al final de la vida no cuenta cuánto se ha soñado, sino cuánto se ha conquistado”.

 

Cristian David López

 

domingo, 31 de julio de 2016

La andanza poética de Edita Rojas

 
Edita Rojas acaba de publicar su primer libro de poemas: El tiempo andariego (Servilibro, Asunción, 2016). Un conjunto de treinta poemas que sirven para demostrar que la literatura paraguaya no nace únicamente en Asunción y sus alrededores, sino que además hay voces que se quieren hacer escuchar y lo hacen poco a poco en otras regiones del país. Es el caso de Edita Rojas, que escribe desde su residencia en Coronel Oviedo (Caaguazú), donde en estos últimos tiempos se está realizando actividades literarias que van encontrando eco por parte del público.
El tiempo andariego tiene dos caras: amor y dolor.
Estos dos temas se van alternando en el libro. Los primeros poemas tienen un tono más optimista y festivo. En “Vida”, Rojas nos dice que ya no mira hacia el pasado. Ha tornado su mirada hacia el horizonte, hacia un mañana incierto pero esperanzador. Sabe que el miedo es el único obstáculo. Aunque este poema canta a la vida, alude también a la muerte: “Si viene un soplo vegetal / para qué encerrar / mi alma”. Lo vegetal es lo perecedero, lo que muere. Para qué esperar lo que va a llegar tarde o temprano.
Al igual que el primer poema, el segundo comienza con un vocativo: Amor. En los versos de este poema se sugiere lo erótico: “En mi huerto / la tierra canta / los surcos liberan sus tristezas / y las noches se agitan”.
En “Llegas”, el acto de amor pasa a ser poesía, inspiración, algo universal. Una declaración que intenta no caer en lo cursi. Edita Rojas sorprende con el arte de saber hilar los versos para no incurrir en lo ya dicho, en lo repetitivo.
A medida que vamos avanzando en el libro, la voz que nos habla, como si ganara confianza, se libera, y el  amor, que antes era pura sugerencia, se vuelve explícito erotismo, se desnuda y expresa el fervor de la carne, como en “Grito” (“y mi cuerpo se extingue sereno / en tu cuerpo”), “La flor de la pasión” (“mi cuerpo se vuelve poderoso / en tu cima”), “Quién eres”…
Hay que destacar la habilidad de Rojas para sugerir ideas mediante metáforas. Sabe que el poeta puede sacarle mucho provecho al arte de sugerir, porque lo que se persigue es que el lector imagine, complete, es decir, que sea un autor más del poema.
Hablando de lo sugerente, las ilustraciones de Américo Piñanez que acompañan los poemas enriquecen cada texto. Como la metáfora en la poesía, la imagen (líneas, curvas, colores, etc.) sugiere un mundo imaginativo muy rico. En este libro, las ilustraciones y los poemas forman una buena combinación. Podríamos suponer que las ilustraciones fueron inspiradas en los poemas, o viceversa.
El amor, como otros temas, tiene muchas raíces. En “Vida, eternidad de un instante”, se resigna a olvidar un amor que no se puede conservar, porque nos dice que a veces amar es liberar a un amor no correspondido. O en “Quién eres?”, en el que resuena la poesía de Bécquer, explica que amar es esperar: “Eres tú?, te conozco acaso? // El que esperaba desde siempre / vestido de lejanía”.
El otro tema fundamental de este libro es el dolor. En “El dolor”, Edita Rojas nos muestra que la presencia constante del sufrimiento, del dolor que queda habitando nuestra memoria, también hiere porque es el dolor del alma. Esta misma idea se expresa en “Dolor”: “Se escucha su alarido / desde el fondo / de la tierra oscura”.
El dolor y el amor se turnan para ocupar la vida. “Brota en la tempestad” expresa que, en ocasiones, el dolor puede desterrar el amor. El dolor que causa el no poder olvidar  en “Cómo crece el dolor”. Al final, tanta lucha por querer vivir tiene a veces sus momentos de renacer, como la que se produce a partir de “Acaso eres”. El ánimo de la poeta se vuelve más optimista. Como dicen los versos finales de este poema: “Un día, perdida en el páramo / me alejé de tu jardín / y hoy vuelvo a ti”, vuelve con un amor más fuerte.
Los temas de El tiempo andariego no cambian mucho. Aunque a veces encontramos poemas escépticos ante la vida y la muerte (como el poema “Hace tiempo”), otros más optimistas, en los que se desea aprovechar el presente. No esperar nada más del futuro, sino vivir el ahora, poner en práctica el carpe diem (“Quiero vivir”), o intentar buscar en el fondo mismo de la vida ese amor que creía muerto (“porque sé que el amor / aún vive palpitante en mi corazón”).
El tema del dolor aparece junto con el de la muerte, cuyo símbolo más claro es el silencio: poemas como “Muere una paloma” y “Una muerte me ronda”. En “De mí brota la sangre”, nos dice que el silencio se va apoderando de su voz, la voz que cantaba a la vida y al amor. Otro tema, unido al de la muerte, es el del paso del tiempo. Ya el mismo título del libro “El tiempo andariego” alude al inevitable paso de los días y las horas. Pero el tiempo también es su aliado. En este poema, por ejemplo, nos dice que le abrió los ojos, le hizo saber que no era correspondida. El tiempo que todo lo arrasa, le curó las heridas y le enseñó a (re)vivir.
Los poemas de este libro están escritos en verso libre, el ritmo de la lectura fluye de manera natural y uno se deja llevar por cada verso hasta el final del libro.
Estoy seguro que El tiempo andariego irá madurando con los años y su autora escribirá más y continuará su andadura literaria y llegará a muchos lectores porque su poesía habla de la vida y de la muerte (y del amor). Unos temas que comparte todo mundo.
 

jueves, 28 de julio de 2016

Palabras sobre el esfuerzo

El día 9 de este mes asistí en Valencia a la Fiesta del Libro y de la Amistad, organizada por Liternauta. He aquí las palabras que dije entonces:
Una de las ventajas de viajar por el mundo es que hoy en día el mundo es pequeño y todos los caminos conducen a casa y en cualquier parte puedes encontrar a gente cercana a ti, a gente a quien le gusta lo que haces. Los paraguayos, aunque no seamos demasiado, nos hemos esparcido por el mundo, como semillas que el país expulsa en el aire. Y con nosotros hemos traído lo nuestro, nuestro idioma, nuestros dos idiomas: el español y el guaraní. Nuestra guarania y nuestra polka, nuestra polka jahe’o y el arpa que siempre cautiva. Nuestras galoperas que con “sus cántaros de amor” nos sacian la sed tan lejos de nuestra tierra. Pero también hemos traído con nosotros lo artesanal, el a’o po’i, que vestimos orgulloso; el Ñandutí, un símbolo que nos une a todos en una red invisible, tejido con las manos de penélopes, que esperan siempre, como en Ítaca, nuestro regreso. Todo esto ofrecemos al mundo. Pero la literatura paraguaya es la que menos llevamos con nosotros. En Paraguay también tenemos buenos artistas en este campo. Tenemos nuestra poesía guaraní. Desde que León Cadogán volvió del monte y nos trajo el Ayvu Rapyta (El Fundamento de la palabra), hemos vuelto a recuperar la verdadera poesía guaraní, la que nace de la misma música, de la misma oración que cantaban los guaraníes a la naturaleza, la que está cargada con bellas sugerencias ancestrales y verdaderas y originales metáforas. La poesía guaraní ha renacido y quiere fortalecerse. Pero necesita voz, necesita lectores. Ñamoñe’eva’era jaha jahápe ñane ñe’ê. Nosotros debemos ser los divulgadores de nuestra literatura, los mejores conocedores a ser posible. Debemos esforzarnos. Si no nos gusta la literatura, intentemos aprender nuestro idioma. Jareko ko’ape Luisa Pereira-pe ñanembo’ehagua.
En estos días estuve releyendo el libro ¿Para qué sirve realmente la Ética?, de Adela Cortina (Paidós, 2013). Un libro fundamental en estos tiempos de disturbio y malestar sociológico. Os lo recomiendo. Una de las ideas que más me ha llamado la atención y me ha hecho pensar dice: «Tampoco está de más aprender a hablar y escribir para poder expresar lo que se lleva dentro, no sea que en la vida corriente acabemos diciendo como en la escuela “me lo sé pero no lo sé decir”» (pág. pág. 102). Adela Cortina se refería a los distintos tipos de libertades que ha conquistado el ser humano. Estoy completamente de acuerdo con ella, la ignorancia, el analfabetismo son una forma terrible de opresión. No saber escribir, no saber expresar lo que uno piensa, lo que uno lleva dentro (sus ideas, sus emociones, sus malestares) es una forma de cárcel. Es como si tuviéramos la boca cosida y las manos del pensamiento atadas. La incapacidad de expresión afecta a todos los niveles sociales, pero en especial a la clase más pobre. Adela Cortina explica que esta especie de parálisis expresiva no se “debe a una incapacidad genética, sino a falta de esfuerzo”.
Muchos no tendremos la suerte de nacer en una cuna con la vida y el futuro resueltos, no hemos ido a buenas escuelas, si es que al menos hemos podido ir a la escuela. Pero tenemos la suerte hoy de estar en un país que nos puede ofrecer muchas posibilidades para mejorar. Eso debería motivarnos para mejorar nuestro nivel de vida, nuestra formación. Como dice, Adela Cortina, la libertad se conquista. La facultad de poder hablar y escribir correctamente es la base de la libertad de expresión, por tanto, de la literatura.
En nuestro país. tenemos la suerte de poder expresarnos en dos idiomas: el guaraní y el español. Tenemos así más posibilidades. Pero eso nos exige también un esfuerzo extra para mejorar nuestra expresión, tanto en lo hablado como en lo escrito. Debemos exigirnos aprender bien tanto el español como el guaraní, para poder expresar a todo el mundo lo que somos, lo que pensamos, etc. Así nos entenderán mejor y nos conocerán mejor. Y que nadie me diga que con el guaraní no podemos expresar las ideas más nobles y científicas. Como el español, el guaraní es una lengua viva, capaz de adaptarse, de evolucionar a la par que nuestra sociedad y con la cual podemos expresar lo inexpresable. La poesía más bella resuena en este idioma.
De ahí la importancia de la lectura. Que no digan de nosotros que somos tímidos, porque somos sociables, solo que muchos no podemos expresarnos bien. Y no hace falta ser escritor para saber escribir bien, ni ser político para saber hablar bien. A nuestra gente todavía le falta un poco para conquistar una de las libertades de la que hablaba Adela Cortina en su libro: la libertad de expresión. Por eso debemos esforzarnos en aprender bien nuestros dos idiomas.
Queridos amigos y amigas, hoy me siento feliz de estar aquí. Creo que en esta vida he aprendido que el trabajo es el secreto para conseguir los sueños. Bueno, trabajo y un poco de inteligencia y buena organización y un poco, solo un poco, de suerte. Y que las decisiones que uno toma en la vida pueden marcarlo todo. Por eso es bueno tener presente qué es lo que uno quiere ser el día de mañana. Los sueños crecen en secreto, poco a poco, y como las gotas de agua que caen en un vaso, nos van llenando. Yo soñaba de pequeño con leer libros, y hoy leo un montón de libros, tengo una biblioteca en el barrio donde vivo, a doscientos metros de mi casa. Y creo que estoy aprendiendo a escribir. Puede que un día escriba un gran poema, o un gran relato. Ojalá. Otro de mis sueños era ir a la universidad. Para mí era el sueño más imposible de todos. Pero hoy estoy acabando una carrera. Yo soñaba con conocer Valencia algún día. Ahora mismo estoy en el corazón mismo de Valencia con personas que me hacen sentir feliz. Los sueños son importantes en ese sentido, porque nos guían. Pero vuelvo a reiterar, el esfuerzo es la base de todo. Muchas gracias.

domingo, 24 de julio de 2016

Un cuentero paraguayo: Marco Flecha Torres


            Oriundo de Tacuati (Paraguay), Marco Flecha Torres debuta con su primer libro Chorritos (Cospel, Resistencia, Argentina), un volumen de catorce microrrelatos. 
La historia de Marco Flecha Torres es también la historia de muchos niños paraguayos, niños que crecieron al calor de las historias que les contaba el abuelo, la abuela (como en el relato “Superstición”) o viajeros sedientos que recorren de a pie todo el país, buscando ese algo que nunca encuentran y cuentan historias a cambio de un vaso de agua. El autor nos explica todo eso en el prólogo al libro: “Me hice comunicador, animador y sobre todo cuentero. Y contando cuentos llegué a Sevilla a seguir transitando por estas geografías de la ficción y la realidad…” (pág. 9). Nada más leerlo nos damos cuenta de que el autor parece realmente un personaje más de la literatura. Su biografía también es una historia apasionante y merece ser contada y escrita.
Con los relatos de este breve libro, descubrimos a un autor que al parecer no solo es bueno en la narración oral; también descubrimos a un escritor que tiene madera de narrador, que ha leído y vivido mucho.
Marco Flecha Torres, como una especie de rapsoda, bebe del origen mismo de la literatura, de la oralidad. Y como un verdadero cuentero ha viajado por el mundo, como los sedientos caminantes que recorrían todo el Paraguay. Marco Flecha Torres ha tenido el mismo destino. Solo que él parece saber lo que está buscando, que es deleitar al oyente. En este caso, al lector que no puede asistir a los encuentros que organiza. Justamente en el mes de agosto volverá a Paraguay y pasará también por Argentina para seguir contando cuentos.
Un detalle que quiero anotar antes de seguir. En Paraguay, el término “cuentero” (como en España “cuentista”) tiene connotaciones peyorativas, se dice de la persona chismosa. Pero Marco Flecha Torres es un cuentero en el buen sentido de la palabra, claro está.  
Algunos de los relatos que componen Chorritos (Un gotero de relatos) hablan de la emigración, como “Ostracismo” y “Los oficios de la vida”. Contados con un tono irónico, a veces anecdótico, podemos ver en ellos una crítica a la sociedad.
Unos de los personajes muy recurrentes de la literatura paraguaya es sin duda Alfredo Stroessner, que aparece muchas veces como villano, por más que tome otra apariencia, como la del Doctor Francia, en Yo el Supremo. En el relato “El gran cartel”, de Flecha Torres, se hace hincapié en la influencia de Stroessner que aún existe en la sociedad paraguaya, sobre todo en lo político. Lo que este relato nos quiere decir es que la sombra del dictador es alargada y sigue oscureciendo el rostro del país. El pueblo no ha podido liberarse por completo de sus tentáculos. Se hace referencia a la destrucción de aldeas para construir sojales: el tema de la soja suele estar relacionado con la figura del dictador, o al menos con los que siguen hoy en día su política. Lo cierto es que Flecha Torres demuestra que se preocupa ante todo por los temas sociales. De ahí que en muchos de sus relatos se inspire en cuestiones que aquejan a la sociedad desfavorecida, de ahí que a veces su literatura parezca anecdótica. Pero su relato solo es la punta de iceberg de lo que nos quiere decir. Su mirada objetiva va más allá de lo acontecido. Tiene un trasfondo histórico muchas veces, como el caso de “El gran cartel”.
En mi opinión, los relatos más cortos de este libro son los más logrados; los que más nos sugieren y nos hacen pensar e imaginar. El autor pretende que el lector complete la historia, quiere que nosotros también participemos. Destaco, por ejemplo, “Aleteos”, un relato con un final que da sentido y encaja y se une con el principio del relato. Léanlo ustedes mismo:

“Cruzaron mariposas negra sobre nuestras cabezas. Cientos, miles iban aleteando, como si salieran de alguna aldea de mariposas negras. Trazamos con la mirada un camino hacia su naciente. Vimos el humo tras su vuelo, y más abajo, al terminar la parábola, el fuego sobre el techo de paja de nuestra vecina. De allí brotaban”.     
 
Hay otros microrrelatos que tienen imágenes metafóricas que suenan a poesía, como “Abril”:
 
“La primavera llegó con un temporal. Los vientos agitaron árboles y nos empapamos de flores”.
 
Marco Flecha Torres, un artista hecho a sí mismo, un trotamundos, un viajero de la palabra, de la literatura esencial, pero también una voz que quiere hacernos pensar, pero sin olvidar sacarnos alguna sonrisa en cada cuento. Vale la pena buscarlo y leerlo. Puede que un día pase por vuestra casa y os cuente su historia, su historia de caminante.

 

martes, 19 de julio de 2016

Sandra García Rodríguez lee "La patria del hombre"

     Sandra García Rodríguez acaba de reseñar "La patria del hombre". Creo que es uno de los comentarios más sinceros que se ha hecho sobre el libro. Ha destacado lo que le gustó de la obra pero también lo que no le agradó mucho. Le estoy muy agradecido por su atenta lectura.
     Se puede leer la reseña aquí.

lunes, 11 de julio de 2016

Inventario de lugares propicios a la felicidad

 

El poeta y crítico literario José Luis García Martín nos ofrece una guía casi completa de dónde ser feliz en su Inventario de lugares propicios a la felicidad. Una preciosa edición preparada por una jovencísima editorial, la Fundación Newcastle, dirigida por Javier Castro Flórez.
Aunque haya recorrido medio mundo, José Luis García Martín se considera hogareño. Nunca ha estado fuera de casa más de una semana. Es lo que repite en sus diarios, que publica los domingos en El Comercio (y en su blog: http://cafearcadia.blogspot.com.es/). Y es que a él le gustan “los amores eternos que duran una noche”, o dos o tres días si no lo puede remediar.  
Inventario de lugares propicios a la felicidad recoge los lugares en los que el autor fue feliz, donde la literatura es un viaje que no acaba nunca, donde nosotros también podemos ser felices.
Sentado en una cafetería de El Fontán, de Los Prados o de las Salesas, con un libro en la mano, José Luis García Martín viaja por el mundo. Un libro siempre lo acompaña vaya donde vaya. Y es que su literatura tiene muchos caminos, muchos andares y por todas ellos el lector disfruta, sin llegar a aburrirse porque el que nos guía nos contagia su energía y emoción ante cada lugar que recorre.
            Las historias que nos cuenta de cada sitio sirven para adornar el centro de cada historia: la ciudad, un parque, un hotel, un centro comercial, etc. Al menos eso es lo que parece, porque muchas veces lo que prima es la descripción del paisaje, del escenario y no se nos cuenta todo de la historia. El narrador deja algo sin decir para que el lector se imagine lo que pueda haber ocurrido, como, por ejemplo, en “Un domingo en parque Monceau”. No sabemos si hubo algo o no entre el protagonista y la misteriosa poeta con quien se encuentra.
Antes de haber visitado el parque Monceau, José Luis García Martín ya lo había conocido leyendo a Azorín. La literatura es siempre la primera en enseñarle el mundo. Luego él lo redescubre, pero sin dejar nunca de asombrarse. Lo dice en una de sus historias que transcurre en Francia, “La lección de Baroja”: “Siempre he venido a Biarritz siguiendo las huellas de algún escritor; siempre he andado por el mundo detrás de unos pasos de tinta y de papel” (pág. 93).
La estrategia de no contarlo todo es común en García Martín. Esto también se puede apreciar en sus diarios. No pretende aburrirnos con detalles, pero a veces, nos deja con una inquietante duda. Supongo que es para mantener la expectativa y la intriga en el lector. En otras historias, aparece un personaje misterioso, del que no se nos dice nada, pero intuimos que es mejor para el misterio del relato (como en “Un café en Union Square”). Hay también historias en el que el lugar se difumina, como en “Ladrón de guante blanco” o en “Hansel y Gretel en un figón de Syros”, y en los que nos encontramos con un relato dinámico, con más acción que descripción. En ellos se ve mejor al buen narrador que es José Luis García Martín, el que podría —aunque dudo que lo quiera— escribir un bestseller, mejor aún que los mejores novelistas contemporáneos.
            Unos de los lugares favoritos en los que está feliz García Martín son los Cafés. Los cafés y la literatura tienen una relación muy estrecha desde hace mucho tiempo. Cualquier café es su lugar favorito para leer y para charlar o discutir, que es lo que más le más gusta.
            Cada lugar que se cita en este libro tiene su protagonismo. En Montealegre, descubrió un secreto, el secreto de la felicidad. Nos dice que hay lugares que nos cambian la vida. Una vez los visitamos ya no somos los mismos de siempre. En Ischia, no solo descubrió la felicidad, sino también la vio, la acarició y se acostó con ella. Génova es un lugar ideal para soñar. En Ginebra, conversa con Borges y discuten de poesía. En Venecia, su lugar favorito, como un gato más, le gusta pasear y perderse para reencontrarse. En Oviedo, sus librerías de viejo siempre le esperan. En Aldeanueva del Camino (o en Hervás), José Luis García Martín siempre vuelve a la infancia, y también en Avilés. Todas ellos son escenarios de su felicidad.
            Estos lugares en que ha sido feliz García Martín se nos presentan desde el recuerdo y por eso la realidad se ficcionaliza. La balanza entre realidad y ficción se inclina más hacia la ficción, pero el autor dota a cada historia con datos verídicos. Cita lugares que existen, escritores conocidos (Ángel González, José Luis Piquero, Abelardo Linares, etc.), algún acontecimiento histórico, etc. Todo ello hace verosímil las historias que nos cuenta. Por eso es muy fácil dudar de si lo que estamos leyendo aconteció o no. Pero una vez nos dejamos llevar por las historias, ya no pensamos en si es un hecho biográfico o una invención. Solo leemos y leemos sin parar, nos dejamos llevar como unos niños a quien se les cuenta una historia de fantasmas y aparecidos. Así pasamos de una historia a otra hasta la última página. Y nos quedamos con la sensación de que al día siguiente la historia continuará… Algunas de las narraciones de su Inventario están cerca de la magia de la literatura oral.
            Después de viajar por estas ciudades de tinta y de papel, comprendemos mejor que recorrer el mundo, como dicen los orientales, empieza con un paso. Yo añadiría, que a veces comienza con la lectura de un libro. Inventario de lugares propicios a la felicidad, de José Luis García Martín, por ejemplo.
           
Cristian David López
 

sábado, 25 de junio de 2016

Dos poetas paraguayas en una antología española


La presencia de la literatura paraguaya en publicaciones internacionales está ganando espacio. En este siglo XXI, al menos, se ve el interés hacia nuestros poetas por parte de otros países, en especial de España. La presencia de autores paraguayos en las antologías importantes solía ser escasa y también, comparado con los de otros autores hispanoamericanos, los estudios sobre sus obras solían ser escasos.
Pero esta ausencia parece ir quedando atrás. En este nuevo siglo, las letras paraguayas van ocupando el lugar que le corresponde. El milagro de que nuestras letras lleguen a ver la luz en este siglo se debe al papel fundamental de las nuevas tecnologías que facilitan a los críticos buscar nombres nuevos, desconocidos, olvidados, para sus publicaciones. Pese a que las editoriales paraguayas no consiguen despegar y renovarse comercialmente para ofrecer sus productos a todo el mundo, algún que otro eco traspasa las fronteras de nuestra tierra y llega, gracias a Internet, a los oídos de los estudiosos.
El caso es que acaba de aparecer Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (1886-1960), publicada por la editorial Visor. Una antología preparada por Raquel Lanseros y Ana Merino, en la que recogen una muestra de la poesía que escriben las mujeres de los países de habla hispana. Para las antólogas es “imprescindible el trabajo de rescate y visibilización” de las poetas. Quieren contribuir a la “mayor divulgación de la obra de sus autoras, así como a instigar a la investigación y descubrimiento de otras muchas” (pág. 10).  Y esta vez sí, podemos abrir el libro de casi mil páginas, e ir al índice de autores –de más ochenta poetas– y buscar y encontrar, por fin, no una sino dos autoras de nuestra tierra: Josefina Plá y Renée Ferrer. Sonreír entonces y continuar leyendo, maravillado por la variedad de voces, de tonos, de autoras. Esta antología ofrece sin duda alguna una muestra de la gran variedad de poetas, desconocidas y olvidadas algunas, que en esta publicación resuenan con una fresca y renovada voz. Merece ser subrayado que nuestras poetas se codeen con poetas como Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Violeta Parra, Gloria Fuertes, Ida Vitale, Claribel Alegría y tantas otras que enriquecen y elevan la literatura escrita en español.
Aunque Josefina Plá nació en Isla de Lobos (España) en 1903, desarrolló toda su actividad artística en Paraguay, donde vivió desde 1927. Es considerada como la madre de la literatura moderna paraguaya, en especial en el ámbito poético. Su labor artística abarca muchas facetas, desde el periodismo, el teatro, la traducción, el ensayo (destacan los trabajos en defensa del guaraní y la mujer), hasta las artes plásticas. Falleció en Asunción, en 1999. Su influencia en la cultura paraguaya es equiparable a la del Rafael Barrett. Los dos tuvieron el mismo destino de desarrollar sus carreras literarias en tierras paraguayas. Sus obras siguen enseñándonos, siguen vivas. Tuvimos suerte los paraguayos de tener tan buenos maestros. Copio “Libre”, uno de los poemas de Plá seleccionados en Poesía soy yo:

Libre para nacer sin elegir el día
libre para besar sin saber el por qué esta boca y no otra
libre para engendrar y concebir lo que ha de traicionarte
libre para pedir lo que después te será inútil
libre para buscar lo que mañana ya no tendrá significado
libre para morir sin elegir el día
libre para pudrirse sin escoger el sitio
libre para volver al polvo sin memoria
libre para seguir el rumbo de la raíz pequeña
libre para mirar al sol que no te mira
 
Libre para nacer sin elegir el día
 
 Renée Ferrer (Asunción, 1944) no solo es una poeta de renombre, sino también destaca como narradora y dramaturga. Es posible acceder a gran parte de su obra literaria visitando la página www.cervantesvirtual.com, donde además se pueden leer libros de otros autores paraguayos, como Elvio Romero, Susy Delgado, etc.
            La variedad temática caracteriza a la obra poética de Renée Ferrer. El tema del amor, el paso del tiempo, la muerte alterna con reflexiones sobre la guerra y las injusticias humanas, como se puede ver claramente en su último libro de poemas Ignominia – Tras las huellas del holocausto, publicado en España por la editorial Torremozas, en el 2015. De este libro es el poema “Dame la mano”, que se recoge en Poesía soy yo, y que narra el viaje, el definitivo viaje hacia la luz de una niña, acompaña por un ángel. Llaman también mi atención los poemas “No soy como quisiera” y “Limpieza”. Escribió asimismo poemas para niños. Yo, especialmente, recuerdo que en mi infancia había leído en algún suplemento escolar, publicado en un periódico, un poema infantil titulado “Pildoritas”, y que copio aquí:

            Las estrellas brillando
            están en el cielo;
            los niños en sus cunas,
            duermen sus sueños.

            Una flor muy temprano
            se levantó;
            me susurró al oído:
            el sol salió.

            En la mesa las tazas
            del desayuno,
            esparcen en el aire
            cintas de humo.

            Mientras mamá prepara
            para comer,
            panecitos de azúcar,
           manteca y miel.

 
            Sí, la poesía paraguaya está abriéndose camino, pese al mar que no le llega, pese a la tierra que le rodea, pese a los pocos lectores que la leen. La poesía paraguaya se sacude del olvido y el silencio y se abre camino en gran medida gracias al esfuerzo de antólogas como Raquel Lanseros y Ana Merino. ¡Gracias!

 

miércoles, 22 de junio de 2016

Un encuentro con el maestro Osvaldo González Real

Uno de los cambios que uno experimenta cuando está fuera de su tierra es la curiosidad que vuelve a tener hacia su país, hacia su gente, su cultura, su música, sus literaturas. Quizás por ese temor inconsciente a perder algo que forma parte de nuestra identidad. Es lo que me ocurrió al abandonar Paraguay en el 2007. Cuando volví, en el 2013, lo único que quería era fijarme en todo, con la intención de sentir y guardar en la memoria hasta el más mínimo detalle. Empecé a ver con otros ojos la realidad. Yo mismo me maravillaba en la forma en que me fijaba en la luz del día, en el sol y la sombra, que tanto consuela después de caminar por las calles sedientas de Asunción. Incluso desarrollamos un poco más los sentidos, y oímos con más nitidez los balbuceos, los bullicios, la noche y sus aullidos como si pasasen en nuestra conciencia misma. La curiosidad por adsorber cada momento de mi estancia en Paraguay era difícil de satisfacer. Mi estadía iba a ser corta.
En mi regreso a Paraguay, uno de mis deseos era conocer a los escritores de mi país. Recuerdo a uno especialmente, al maestro Osvaldo González Real (Asunción, 1938), que es poeta, ensayista, crítico de arte y unos de los mejores narradores —especialista en el género de ciencia-ficción—, pero ante todo es un sabio y un excelente conversador. Era la tarde del 19 de agosto y me acerqué hasta la Casa del Bicentenario “Augusto Roa Bastos”, donde González Real desempeña el cargo de Director. Todavía no había llegado y me entretuve recorriendo los rincones de la Casa cultural, que también es una biblioteca dedicada a la historia y a la literatura. Traía yo un libro de González Real, Memoria del exilio. Lo acababa de adquirir en unas de las librerías de viejos, cerca de la Plaza Uruguaya.  
Cuando le avisaron que le estaba esperando, se adelantó a invitarme a un café. No pude negarme. Era mi oportunidad de escucharlo y conversar con él. Así fue. Nos sentamos en la terraza del Café Literario que también es una librería de viejo. Yo, interesado en su literatura, le comenté que me había gustado mucho su libro El mesías que no fue y otros cuentos, en especial el relato “Otra vez Adán”. Él, con su sonrisa afable, continúo hablando de literatura paraguaya, y de su obra, claro. Recordamos a Carlos Zubizarreta y su trayectoria literaria. Me dijo que fue su vecino, los dos vivían cerca de la calle Perú. Me confesó también que existía un libro olvidado que merecería volverse a editar. Era, si no recuerdo mal, Historia de Asunción. “Fue una especie de dandy asunceno”, dijo mientras se tomaba su café. “Zubizarreta había leído mucho a Valle-Inclán, Azorín, Ortega y Gasset…”, continuó diciéndome, como si estuviera dictando a un alumno los deberes de clase. Yo lo escuchaba atento, efectivamente, como si estuviera asistiendo a una sesión de literatura paraguaya.
En su juventud había leído con atención a los poetas de la Generación del 27, sobre todo a Cernuda. Su formación académica lo llevó a estudiar a los autores anglosajones, de ahí que en su poesía se vea la influencia de T.S. Eliot, Ezra Pound; había traducido a Ray Badbury también. Los citaba como si acabara de leer y tuviera aún en su memoria algún que otro verso. Y es que algunas traducciones las incluyó en Memoria del exilio. Como ejemplo, los versos de “La figlia che piange”, de Eliot, traducidos por Osvaldo González Real, dicen así:
 
Yérguete en el piso más alto de la escalera—
recuéstate en un ánfora de jardín—
teje, teje la luz del sol en tu cabello—
ciñe tus flores con sorpresa dolorida—
arrójalas al piso y vuélvete
con un fugitivo resentimiento en los ojos:
pero teje, teje la luz del sol en tu cabello.

En aquel encuentro, recordamos a Ernesto Cardenal, a quien había conocido en Cuba. Hablamos de Casaccia, ese precursor de la novela moderna paraguaya. También mencionó a Carlos Fuentes, quien había reseñado Yo el Supremo, creo que en el New York Time. Y antes de despedirnos, me confesó su intención de volver a reeditar Memoria del exilio. Yo no le dije que tenía en mis manos, en ese momento, ese libro, publicado por la desaparecida Alcándara. Se me pasó pedirle que me lo dedicara. Pero qué importa, cuando lo más importante es un encuentro y la conversación de tú a tú con el autor, con un poeta, con un sabio, con un maestro. Ese encuentro valía mucho más que una firma. Cuando vuelva a Paraguay, me acercaré otra vez a escucharle. Lo cierto es que lo que yo quisiera es ver una recopilación en libro de todos los artículos —algunos muy interesantes sobre literatura y arte paraguayo—. Y si fuera posible, me gustaría, si es que todavía no lo hizo, que escribiera una memoria de su vida literaria, de los escritores y artistas  que ha conocido. Sería un aporte muy importante para los lectores y estudiosos de la historia literaria del Paraguay.
Antes de abandonar el Café Literario, le entregué un ejemplar de los Cantos guaraníes, que se había publicado en Asturias. Recuerdo que lo acompañé hasta la Casa del Centenario, esa tarde se presentaba Memorial de agravios, de Francisco Pérez-Maricevich. La presentación la hizo la poeta Renée Ferrer.
Cuando vuelva a Paraguay, me tocará a mí pagar el café. En eso habíamos quedado. Espero que para entonces tenga la oportunidad de leer más obras de Osvaldo González Real.
Hoy, en esta especie de exilio voluntario que muchos nos hemos sentido obligados a elegir, releo los versos de Memoria del exilio. Algunos poemas están inspirados en la tradición mítica guaraní, rescatados por el poeta León Cadogán en el libro Ayvu Rapyta, ese canto y oración a la palabra. (Cadogán fue antropólogo, pero yo lo llamo poeta porque considero que su traducción es poesía pura, y en cualquier caso, todo traductor de poesía es poeta). En la tradición guaraní, la palabra tenía un significado capital, porque con ella cantaban y oraban y transmitían sus tradiciones. Para los mby’a guaraní, la palabra era el Universo. Como dicen unos versos de González Real: “Porque Todo es Palabra / y la Palabra es Todo”. Pero también influye en sus poemas otros libros míticos, como el Chilam Balám, y la literatura oriental. Copio aquí el poema “El gran rebelde”:
 
En los límites del mundo
—no lejos del mar—
a una escarpada roca encadenado
—ladrón de la flor resplandeciente—
            espera un hombre.
 
Su libertador no ha nacido aún.
Pero ya su gloria es eterna.

Estos versos que hablan de Prometeo y del hombre que sueña conquistar su sueño, del hombre que se ha mofado de los soñolientos dioses que se burlan con sus silencios de las oraciones del huérfano, del exiliado en su tierra, son una muestra de la voz de González Real, un poeta que trata de abarcar todas las tradiciones.

lunes, 20 de junio de 2016

El alma desnuda de Antonia Pozzi



Cuántos libros de autores extranjeros hemos leído como si fueran escritos en nuestra propia lengua. El lector no suele fijarse mucho en el traductor. Y sin embargo, cuánto le debemos a los traductores, a los que gastan sus horas trasladando, con no poco esmero, a nuestra lengua los significados que otras lenguas guardan. Qué labor más noble la de estos incansables trabajadores de los idiomas. Más aún es de valorar su esfuerzo cuando, como arqueólogos, ponen a nuestro alcance un descubrimiento, un tesoro que nos enriquece en todos los sentidos. Tal es la labor que ha llevado a cabo la poeta Herme G. Donis. En El alma desnuda (Impronta, 2015), nos ofrece los poemas de la olvidada poeta italiana Antonia Pozzi (Milán, 1912-1938), quien tuvo una vida inestable y se suicidó a los veintiséis años.    
El prólogo de Herme G. Donis nos explica que Pozzi no publicó nada en vida y que la razón más probable de ello fuera por inseguridad en lo que escribía. Quizá también por timidez o por una severa autocrítica.
Será Roberto Pozzi, padre de la poeta, quien recogerá los cuadernos en los que Antonia Pozzi escribía sus poemas y diarios, y los publicará bajo el título Parole. Diario di poesía, en 1938. Todos los poemas llevan la fecha en que fueron escritos.
También en el prólogo, la traductora nos habla de la poesía de la poeta italiana, que “se caracteriza por la emoción y la, a veces, dolorosa sensibilidad que su mirada pone al fijarse en las cosas que la rodean” (págs. 19-20). No debemos saltarnos la introducción de Herme G. Donis, que hace un análisis amenamente riguroso de la vida y obra de Pozzi.
            La antología consta de dos apartados, “Parole” / “Palabras y “La vita sognata” / “La vida soñada. Este último apartado consta de los diez poemas que la propia Antonia Pozzi seleccionó, destacándolos del resto. Los diez son poemas de amor, inspirados en la relación que tuvo con su profesor Antonio María Cervi. Son un verdadero testimonio de un amor que ha marcado de manera muy profunda la vida de Pozzi.
Esta edición bilingüe ofrece al lector una poeta que deslumbrará con la aparente claridad de sus poemas. Una poesía desnuda, despojada de todo barroquismo. A veces, los poemas parecen describir un cuadro que la poeta contempla. Destaca la descripción del paisaje, como en “Ocaso enfadado”, en el que la poeta nos transmite su melancolía. La naturaleza como retrato del sentir nos recuerda a Machado y es una característica fundamental de la poesía de Antonia Pozzi. A través del paisaje nos sugiere sus sentimientos más profundos, por eso nos llega muy hondo cada poema.
El poema “Amor en lejanía”, escrito en Milán, el 24 de abril de 1929, es un claro ejemplo del paisaje que nos muestra un sentimiento de soledad, de abandono, pero también el deseo de un amor ideal. Esa soledad le lleva a preguntarse dónde está Dios. En “Grito”, descubre que está sola, que está absolutamente sin Dios, y para ella no hay mayor miseria que eso.
            Es fácil adivinar las razones de la predilección de Herme G. Donis, a quien también le gusta la poesía clara y la presencia de la naturaleza en sus poemas (como podemos en sus haikus) por esta poeta.
El alma desnuda vale tanto no solo por Antonia Pozzi, sino porque además quien la traduce ahora al español es otra excelente poeta. Solo por eso ya merecería la pena hacerse con este libro, dejarse llevar por sus poemas, contemplar el mundo desde los ojos de Antonia Pozzi para ver mejor lo que pasa desapercibo a nuestra vista, para ver de otra manera el ocaso, la tormenta, el horizonte, la muerte, el amor, el dolor… Baste como muestra el poema “Último crepúsculo”:
El agua juega con las rocas
babeando espuma
como un caballo sudado.
Dos barcos pesqueros
regresan con las velas flojas.
Sola sobre el trampolín
con mis inoportunos delirios,
exhibo en el gris
mi jersey rojo.
Pero por dentro el alma
palidece,
como la carne reblandecida
de un niño ahogado.

            Se nota que la voz que habla en los poemas es la de alguien que siempre está contemplando algo como si estuviera detrás de una vidriera, encarcelada, y nos describiera solamente lo que ve. Lo mejor, lo que ella desea no está a su alcance. Quien habla es un ente pasivo, que no participa del mundo que anhela, de la felicidad.
            A los veintiséis años se suicidó Antonia Pozzi. En “Canción a mi desnudez”, escrito en 1929 —cuando la poeta tenía diecisiete años—, vemos que el tema central es la muerte y la soledad. En 1930, cuando escribe “Noviembre”, insiste otra vez en ese tema:

Y luego, cuando me haya ido,
algo quedará
de mí
en mi mundo:
una fina estela de silencio
entre voces,
un tenue aliento blanco
en el corazón del azul…

Como dice Herme G. Donis, “la poesía de Pozzi es alma y cuerpo, magia y terrenalidad, dolor y gozo…” (pág. 21). En este libro, no solo encontrará el lector poemas desgarradores, sino también otros que ofrecen un candor especial, una alegría y optimismo que nos revelan una Antonia Pozzi que tenía momentos de alegría, de emoción. No estaba arrepentida de haber nacido. Esa luz alegre se puede percibir en “Agua alpina”:
Alegría de cantar, como tú, torrente;
alegría de reír,
sintiendo en la boca los dientes
blancos como tus guijarros;
alegría de haber nacido
simplemente en una mañana soleada
entre las violetas
de un prado;
de haber olvidado la noche
y el mordisco del hielo.

            Como Herme G. Donis, que se sintió encandilada cuando se encontró por primera vez con los versos de Antonia Pozzi, así se encuentra uno cuando lee El alma desnuda. Satisfacción, alegría, tristeza, emoción, ternura, todo entremezclado, como una cesta de frutas, este libro, los poemas de Pozzi, a veces espirituales, a veces carnales, a ras de suelo, nos agarran y nos mantienen en un estado completamente ajeno a lo que solemos sentir habitualmente. Esa variedad de tonos, de paisajes, de colores, de momentos, es lo que caracteriza a la poesía de Pozzi. Y asimismo a la propia vida.